Huellas del tiempo.

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Tres meses después.

El invierno en Madrid era frío, pero no gélido, como si el viento acariciara la ciudad en lugar de golpearla con fuerza. Tres meses habían pasado desde que sus vidas tomaron caminos separados. Para Malú, el tiempo había sido un maestro paciente y liberador. Para Pablo, un espectador indiferente que lo arrastraba sin rumbo.

Malú había aprendido a florecer de nuevo. Su mudanza a las afueras de Madrid había sido el primer paso para recuperar el control de su vida. En su nueva casa, rodeada de silencio y naturaleza, había encontrado un espacio donde respirar y pensar sin interrupciones. Al principio, los días se sentían pesados, pero cada pequeño cambio sumaba. Hace mes y medio, comenzó con la terapia, un proceso que la enfrentó a todas las sombras de su pasado, pero también la ayudó a descubrir su fortaleza.
Ahora, mientras caminaba por las calles de la ciudad tras salir de un evento del periódico, no podía evitar sonreír al sentir el frío en su rostro. Su vida había dado un giro radical. Sus artículos no solo triunfaban, sino que la posicionaban como una figura influyente en el mundo del periodismo. Cada reconocimiento era un recordatorio de que estaba construyendo algo propio, algo que nadie podría arrebatarle.
El pasado seguía ahí, claro. Pablo seguía ahí, en algún rincón de su mente. Pero con el tiempo, sus recuerdos habían dejado de doler. Había aprendido a mirarlos con cariño, como si pertenecieran a otra vida. "Fue bonito mientras duró", se decía a veces, y lo decía con sinceridad. Pero lo que una vez compartieron no era algo en lo que quisiera quedarse atrapada. Ahora miraba hacia adelante, con los pies firmemente plantados en el presente.

Mientras tanto, en Londres, Pablo había tomado un camino completamente distinto. Durante los primeros días, su cabeza no podía apartarse de Malú. Su ausencia era como una herida abierta que no dejaba de sangrar. Cada canción que escribía, cada acorde que tocaba, llevaba su nombre. Pero en la tercera semana, harto de ese ciclo de dolor, tomó una decisión radical: bloqueó a Malú en redes sociales y borró su número. No lo hizo por odio ni resentimiento; lo hizo por pura supervivencia.
Sin embargo, el Pablo que emergió de ese acto de ruptura no era el mismo. Su melancolía dio paso a un vacío que llenó con noches de alcohol, mujeres y superficialidad. Se acostumbró a salir, a buscar compañía que le ofreciera un reflejo distorsionado de lo que había perdido. Se acostaba con mujeres que, de algún modo, le recordaban a Malú, pero nunca buscaba nada más allá. Era un ciclo frío y calculado, que lo alejaba de cualquier emoción real.
En diciembre, lanzó su primera canción en solitario, Vi. Fue un éxito inmediato, y aunque le trajo un breve momento de orgullo, no logró llenar el vacío que sentía. Incluso Malú tuvo que escribir sobre la canción para el periódico, destacando su sensibilidad y autenticidad. Fue una experiencia profesional para ella, y aunque reconoció su talento, no dejó que el artículo removiera sus emociones. Era solo una canción más, de un artista más.
Pablo, por su parte, no supo nada de ese artículo. Desde el principio, había pedido a sus amigos y familiares que no le hablaran de ella.
Días antes de Navidad, regresó a Madrid. La ciudad, con sus luces y decoraciones festivas, le resultó opresiva. Todo le recordaba a Malú, a los momentos compartidos, a lo que ya no podía recuperar. Después de dos días, se marchó a Málaga, donde pasó las fiestas con su familia. Allí tomó una decisión: compraría una nueva casa en Madrid. Necesitaba un nuevo comienzo, lejos de los fantasmas de su anterior hogar.

9 de enero de 2013.

Malú salía del evento del periódico con una sensación de satisfacción. Había sido un éxito, como casi todo lo que tocaba últimamente. Mientras caminaba hacia su coche, sus pasos la llevaron, casi sin querer, por una calle que no recorría desde hacía meses. Allí estaba, el antiguo bar de Pablo, con la persiana a medio subir y la luz encendida.

Se detuvo, curiosa. No sabía nada del lugar desde que Pablo cerró. Estaba a punto de seguir caminando cuando la puerta se abrió, y Luis salió con una caja de herramientas.

—¡Malú! —exclamó, sorprendido.

—Hola, Luis. —Ella señaló el bar con una ceja levantada—. ¿Estáis reformando?

Luis dejó la caja en el suelo y asintió.

—Sí, bueno ya casi terminando... Mi hermano quería convertir esto en un pub con música en directo. Algo más íntimo, para que la gente presente sus canciones, sus discos y tenga su espacio.

Malú asintió, procesando la información.

—¿Ha vuelto a Madrid?

—Desde Navidad. Está... adaptándose.

Ella no dijo nada, pero Luis añadió con una sonrisa.

—Por cierto, leí tu artículo sobre Vi. Fue un texto muy bonito.

—Gracias. Solo hice mi trabajo.

Luis la miró con curiosidad, como si quisiera decir algo más, pero finalmente no lo hizo.

—Bueno, si quieres pasarte un día, ya sabes dónde estamos. Siempre habrá una cerveza esperándote.

—Quizás lo haga. Gracias, Luis.

Cuando Malú llegó a su coche, se permitió un instante de calma. La conversación con Luis había removido algo dentro de ella, pero ya no la inquietaba como antes. Su terapeuta le había enseñado a aceptar las emociones sin quedarse atrapada en ellas, y ahora entendía que esos sentimientos eran simplemente ecos de un pasado que, aunque hermoso, ya no formaba parte de su presente.

Cuándo llegó a su urbanización, algo inesperado llamó su atención. Un camión de mudanza estacionado a dos casas de la suya. Frente al vehículo, un hombre alto dirigía a los trabajadores con gestos tranquilos. Aunque no podía verle el rostro, su silueta era inconfundible. Era Pablo.
Un escalofrío recorrió su espalda, pero no de dolor, sino de sorpresa. Hacía meses que no lo veía, y verlo ahí, a escasos metros de su casa, era tan inesperado como extraño. Por un momento, su mente trató de interpretar el significado de esa coincidencia, pero pronto desechó la idea.
Respiró hondo y mantuvo el volante firme, recordándose quién era ahora. Esa etapa de su vida había sido importante, sí, pero también estaba cerrada. Había aprendido a no buscar señales donde no las había.
Al pasar junto al camión, evitó mirar directamente, aunque sintió un leve cosquilleo en el pecho al pensar que quizá sus ojos se encontrarían. Sin embargo, no se permitió detenerse ni darle más vueltas. Había trabajado demasiado para llegar a este punto como para volver atrás por algo que ya no le pertenecía.
Cuando aparcó en su garaje, se permitió un momento para cerrar los ojos y ordenar sus pensamientos. La visión de Pablo había sido inesperada, pero no la perturbaba. El pasado era el pasado, y ella estaba en un lugar completamente distinto ahora.
Sonrió suavemente para sí misma mientras salía del coche. Quizá era el destino, quizá solo una coincidencia, pero no importaba. Lo único que tenía claro era que esta vez, ella no volvería al pasado.

Pablo, por su parte, estaba frente a su nueva casa, observando cómo descargaban las últimas cajas del camión de mudanza. Encendió un cigarro y se cruzó de brazos, indiferente a lo que ocurría a su alrededor. Había elegido este lugar por su tranquilidad, lejos del caos del centro de Madrid. No sabía que, a solo dos casas de distancia, vivía alguien que había sido una parte esencial de su vida.

Horas después, ya en el interior de su casa, con cajas apiladas por todos lados, encendió el televisor. Cambiaba de canal sin rumbo, buscando algo que le distrajera. De repente, la pantalla mostró un programa de entrevistas musicales. Cuando enfocaron al entrevistador, sintió cómo el aire se le escapaba de los pulmones.

Era Malú.

Por un instante, no pudo apartar la mirada. Su rostro, su voz, su manera de sonreír mientras hacía preguntas... Todo en ella era demasiado familiar. Demasiado doloroso.
Agarró el mando con fuerza y apagó el televisor de golpe, como si eso pudiera borrar la imagen de su mente.

Luis le envió un mensaje poco después.
"Vi a Malú esta tarde. Pasó por el bar."

Pablo leyó el mensaje sin responder. Cerró los ojos y tomó un trago de vino, intentando convencerse de que no le importaba. Pero, por primera vez en meses, sintió que su fachada de frialdad estaba a punto de romperse.

Entre notas y secretos.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora