39. Eternal Lap

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Michael

Los segundos subsecuentes fueron confusos. Imágenes rápidas que no entendía mucho, una mujer rubia, un chico muy parecido a mi y una chica de edad cercana a él. Un hombre de casi dos metros de altura, refinado y de cabello oscuro con gran sonrisa jugando al ajedrez conmigo en un avión, imágenes que parecían sacadas de otra época que en nada se parecían a la actualidad.

Un viejo rechoncho y refinado que era amable y me cuidaba tanto como mi padre... y alguien muy parecido a mi, podría jurar que era mi hermano.

Monoplazas antiguos, yo estaba ganando un campeonato, y luego otros más, había fiestas, una villa en Suiza, caballos, personas que parecían mi familia y yo esquiando en la nieve, Ferrari de nuevo, Benetton, Mercedes Benz... ¿Ayrton? ¿Ratzenberger? Pero, ¿qué hacían ellos ahí?

Nada tenía sentido, era como si sueños extraños se mezclaran con la realidad actual, desdibujando los bordes, mezclándose como pinturas al óleo creando nuevos matices que ni yo comprendía.

Todo fue tan rápido, que casi olvido respirar, tomé una gran bocanada de aire... y entonces, todo había terminado.

***

"Está reescribiendo los códigos" recordé que Jules mencionó. Eso, eso debía ser, de pronto no recordaba mucho de esas imágenes borrosas, solo pequeños destellos fugaces, personas sin rostro, como fotografías viejas a las cuales las caras se les habían desdibujado y no significaban más.

En el búnker, por primera, se respiraba en calma.

La vibración se había extinguido; lo que quedaba era silencio. Pero no el de la muerte, sino el de la vida después del caos.
Uno que invitaba a sonreír sin miedo y nos dispusimos a salir de ahí.

A lo lejos pudimos ver dos siluetas de cabello rizado caminando en nuestra dirección, los Haas habían regresado, confusos pero vivos.

Paletti y Stomelen se miraban el uno al otro sin entender del todo qué había pasado, hasta que Gartner, con su sonrisa de siempre, los abrazó de golpe.

—¡Eh! —rió Stomelen, tambaleándose— ¡Te extrañamos, loco!

—Yo también a ustedes, malditos ingratos —respondió Gartner entre risas y lágrimas—. No vuelvan a desaparecer, que me dejan sin con quién apostar.

El grupo estalló en carcajadas.
Incluso Lauda, siempre tan serio, esbozó una sonrisa que sorprendió a todos... sobre todo a Hunt, que se acercó con pasos inseguros.

El inglés tragó saliva.
Su voz temblaba. Se dirigía a todos quienes estábamos ahí, robándose la atención por unos segundos: —Yo... lo siento. Por todo. No hay excusa que baste, lo sé, pero quiero decirlo igual.

Se le notaba avergonzado, rendido, pero con la firme convicción de hacer lo correcto.

Nadie habló por un segundo.
Hasta que Niki, sin previo aviso, se acercó, lo tomó del cuello de la chaqueta... y lo abrazó con fuerza.
Un abrazo seco, torpe, pero lleno de significado que impactó en todos quienes lo observábamos.

—Solo asegúrate de no volver a ser un idiota —dijo Lauda con su tono gruñón.
Y el paddock estalló en risas, incluso Villeneuve, que se cubría la cara avergonzado.

Ratzenberger se acercó y, sin decir nada, le puso un brazo sobre los hombros.
—Tranquilo, hermano. Todos tenemos vuelta rápida y vuelta lenta. Lo importante es que sigues en pista.

Villeneuve lo miró, conmovido, con los ojos vidriosos diciéndole con gran aprecio —Gracias... de verdad.

Ascari, apoyado en una barandilla, observaba la escena con una sonrisa tenue.
Su alma, al fin, parecía haber encontrado reposo.

Cuando sus ojos se cruzaron con los de Ellio y Jules —que se reían abrazados tiernamente felices de tenerse—, sintió un nudo dulce en el pecho.
Una nostalgia antigua, la de quien amó intensamente y aún guardaba el eco de aquel amor.

Fangio y Pedro, desde el muro, brindaban con tazas de café.
—Lo lograron —dijo Fangio, con un orgullo sereno.
—Lo logramos —corrigió Pedro, chocando suavemente su taza contra la suya—. Aunque algunos casi nos matan del susto.

Y la risa volvió a llenar el aire, ligera, auténtica.

***

La niebla comenzó a disiparse, poco a poco.
El circuito de Mónaco resplandecía bajo una luz nueva.
No era sol, ni reflejo. Era algo más profundo: un amanecer pintado por acuarelas divinas.
Destellos dorados, azules, rosas y lilas danzaban en el cielo, extendiéndose sobre el mar como si el universo quisiera celebrar junto a ellos.

Pedro silbó.
—Vaya... creo que hasta Dios está aplaudiendo, ¿no?

Todos rieron, mirando el cielo que ahora se abría ante ellos.

Sin previo aviso, Ayrton se acercó a Michael quien en ese momento se encontraba completamente hipnotizado por el hermoso cielo que desplegaba sobre ellos.
El alemán observaba el horizonte, la mirada tranquila, sin el peso de la ambición o la duda. Solo paz.

—¿Ves eso? —preguntó Ayrton, señalando el firmamento que parecía latir.
—Sí... nunca lo había visto tan hermoso— Michael se giró, encontrándose con los ojos oscuros de Ayrton y su sonrisa tranquila contemplándolo con paz.

Ayrton sonrió.
—Así se ve cuando el alma se libera.

Michael lo miró, con ternura.
—¿Entonces esto es el final?

—No, Michael. —Ayrton tomó su mano—. Es solo la vuelta eterna.
Ya no hay podios, ni puntos, ni tiempos que romper. Solo nosotros... y la promesa de seguir corriendo, juntos.

—¿Sabes Ayrton?... a veces siento que te conozco de otra vida— dijo Michael sin pensarlo, y sin saber por qué había pronunciado exactamente esas palabras.

Ayrton se echó a reír —no lo diría, pero sabía a lo que Michael se refería—, abrazándolo y Michael río junto con el, dejándose apapachar por el tierno abrazo del brasileño, sin querer volver a soltarlo jamás.

El silencio se hizo suave entre ellos, envuelto por el rumor del mar.
Ayrton lo miró con esa intensidad que quemaba y curaba al mismo tiempo.

—Te amo —dijo Ayrton, sin adornos, sin prisa.
Michael sonrió, con los ojos brillando bajo la luz dorada.
—Y yo a ti. Más allá del circuito, más allá del tiempo.

Ayrton acercó su frente a la de él.
—Entonces prométemelo... que si todo esto volviera a empezar, o si nuestro mundo se ve amenazado otra vez, me encontrarás.

Michael asintió.
—Aunque tenga que cruzar todos los planos, todas las épocas... siempre te encontraré.

El viento sopló con un murmullo cálido, arrastrando el eco de las risas, de las máquinas dormidas, del amor que sobrevivió a la muerte y al olvido.

Y mientras el cielo de Mónaco se encendía con mil colores imposibles, Ayrton y Michael se fundieron en un beso que selló más que una historia: selló una eternidad.

FIN

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Esperen el epílogo de esta historia que aún no está todo contado.

Con amor
Elin 🏎️

Michael Schumacher: A second lifeHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora