Una leve luz que se colaba por las ventanas me hizo abrir mis ojos. Sin tener que verme frente al espejo sabia que tenia ojeras. Cada vez que alcanzaba el sueño venían las pesadillas y veía una y otra vez como james me violaba. Eran incontables las veces que había llorado. Estaba llena de impotencia, me sentía desolada, marcada por una violencia que no quiero nombrar y en medio de la noche, ese silencio que me dejo sola con mi dolor, no dejo que pudiera pegar un ojo.
Pose mis brazos en la cama para ayudarme a recostarme de la espalda de la gran cama. Todo a mi alrededor decía que me encontraba en una habitación de invitados, lo sabía por los cientos de habitaciones que limpie mientras estuve en...
Sacudí mi cabeza.
Como pude me levanté de la cama, el camisón que tenia permitía que pudiera moverme con libertad, pero me sentía adolorida por el largo viaje. No tenia idea de donde estaba, y justo en ese momento los recuerdos de como escapé de ese lugar golpearon mi mente.
Alec.
Mi corazón se sacudió con violencia ¿Qué sucederá ahora? Me va entregar de vuelta a james? No olvidaba que era su fiel amigo. Sentí por un instante como mis piernas empezaron a flaquear. No quería volver a ese lugar. Que clase juego seria que me ayudara a salir de ese infierno y me devolviera a mi verdugo en menos de lo que canta un gallo.
─ ¿Mi lady, se encuentra bien?
Una chica yacía de pie en la puerta. Se veía que era una mujer joven, su piel pálida y cabello recogido le daban un aspecto adorable, aunque su semblante era recto, como si guardara toda reacción.
─S-si
─ Los señores Ferguson la están esperando en el gran comedor. Mientras este aquí en el castillo estaré a su servicio señorita y es mi deber ayudarla a vestirse.
Acepte que la chica me ayudara a asearme en una tina que reposaba en una de las esquinas de la habitación. La doncella no hizo preguntas. Solo dejo que el silencio hablara mientras el agua tibia recorría mi piel. Había señales que no necesitaban nombre: sombras violáceas trazos irregulares, huellas que ni todo el tiempo del mundo podrán borrar. Con manos suaves, casi temerosas, la doncella limpiaba sin invadir, como si cada gesto fuera una promesa muda de cuidado.
No parecía yo.
El reflejo me devolvía a una joven compuesta, casi serena, envuelta en telas que no entendía del todo, ajustadas donde no deberían y suaves donde menos importaba. El vestido caía con una elegancia ajena a mí, como si perteneciera a otra vida... o a otra mujer. Por un instante, si no miraba demasiado, podía fingir que todo estaba en orden.
Pero sabía que no.
Bajo la tela, mi piel aún guardaba memoria. No era algo que el espejo pudiera mostrar abiertamente, y, sin embargo, yo lo veía. En la forma en que sostenía los hombros, en la rigidez de mis manos, en ese leve temblor que ni el cuidado de la doncella había logrado borrar del todo. Me habían peinado, perfumado, vestido como si el mundo siguiera intacto, como si yo también lo estuviera.
Tragué saliva.
No entendía este lugar. Ni sus reglas. Ni a él.
Me estaban ayudando, sí... pero no sabía por qué. No sabía qué esperaba de mí, ni qué se suponía que debía hacer cuando cruzara esa puerta. La idea de enfrentarme a alguien más, a cualquier mirada, me tensaba el pecho de una forma difícil de disimular.
Aun así, ahí estaba: limpia, arreglada, casi presentable.
Casi entera.
Apoyé los dedos en la mesa frente al espejo, como si necesitara asegurarme de que algo seguía siendo real. Respiré hondo, despacio, intentando convencer a mi propio cuerpo de que debía moverse, de que debía salir.
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La Viajera
Ficción históricaLa vida monótona de Janne Jhonson dará un giro inesperado luego de encontrar una misteriosa joya que llegó a su tienda por error. Sin predecirlo, viajará al año 1799 dónde deberá aprender a ser astuta para sobrevivir como una simple criada bajo el d...
