V. Suelo inglés.

597 22 0
                                        

5

Ya vestida con unas ropas algo desgastas, respiré profundo antes de abrir la puerta tratando de calmar mis nervios y afrontar lo que sea que me espere detrás de esta puerta.

Cuando salí del pequeño cuarto, mi mente evocó las últimas palabras que logré escuchar antes de caer en el profundo sueño. Dios, Mari. ¿Era cierto que tenía un bebé? Y más curioso aun ¿Con Dexter McCain? Me sentía cohibida, tenía tantas cosas que deseaba hacer, pero ahora me encontraba aquí, atrapada en el siglo XVIII.

Algo muy descabellado.

Lo último que recuerdo es mi desmayo inexplicable ¿Será aquel desmayo el causante de mi salto en el tiempo?

No Tenía sentido. Pero era mi única pista hasta el momento.

Había ideado un plan en mi cabeza para recuperar mi ropa. Suponía que dejarlo por ahí tirado causaría problemas. Mi vestido poseía mi nombre en unos de los bordes de la manga como toque personalizado, y también Tenía escrito en letra pequeña 2021.

Debía encontrarlo a cómo dé lugar.

Observé el pasillo por ambos lados, pero no había nadie. Solo me encontré con algunas velas con la misma característica de la anterior en la habitación. Empecé avanzando con pasos lentos y pausados. El pasillo estaba totalmente desolado, pero sabía que no estaba sola. Podía escuchar desde mi lugar jaleo y algunas voces femeninas en la planta de abajo.

Empecé a abrir las puertas que iba encontrando conforme avanzaba. El plan era buscar de puerta en puerta hasta encontrar una oficina o cualquier cuarto donde podrían haber guardado mi vestido, pero todas las puertas estaban cerradas con llave. Tan solo quedaba una puerta al final dónde justo al lado de esta estaba una escalera que conducía a la planta de abajo.

Me acerqué cautelosamente mirando por las escaleras de que nadie esté cerca. Avancé con cuidado y justo cuando mi mano tocó la rústica madera escuché una voz a mis espaldas.

―No haría eso si fuera tú ―Volteé lentamente con el corazón a punto de salir de mi pecho. Justo a unos pocos metros se encontraba una chica de algunos veinte años parada al pie de la escalera. Estaba recostada en el barandal con un vestido idéntico al mío, solo que pude apreciar que el suyo era más nuevo. ―Sí no deseas quedarte en la calle sin ninguna posibilidad de conseguir otro empleo y morirte de hambre poco a poco, te recomiendo que no abras esa puerta ―Concluye terminando de subir el último escalón para posicionarse frente a mí.

―Y-yo, solo...

―Descuida, aquí nos protegemos unos con otros, a excepción de Heather ―Se acerca un poco ―. Sí te cree una amenaza para ella, te destruirá.

Fruncí el ceño, pero justo cuando iba hablar la puerta detrás de nosotras se abrió sin previo aviso. La señora blaid dió la vuelta no sin antes asegurarse de que la puerta se haya cerrado bien y, Al vernos, nos dedicó su ceño fruncido arrugado. Era claro que nuestra presencia le era desagradable.

―Indignante señorita Jhonson, ¿No estará tratando de entrar a mi oficina de nuevo?

Dijo... ¿Johnson? ¿Ya habrá visto mi nombre en el vestido? ―Pensé a punto de estallar de nervios.

─No, señora Bell, venía a buscar a la nueva para ayudarla a orientarse ―Se adelanta a contestar la chica con la mirada hacia el suelo y sus manos cruzadas delante de su estómago.

Ella era Jhonson.

―Pues me enorgullece que al fin esté comportándose como una dama, pero nunca olvide cuál es su lugar en la sociedad. Yo doy órdenes y usted las cumple sin excusas cuando se las pida. ―Dice autoritaria. Sentí impotencia al escuchar esas palabras. Olvidaba que en este siglo y por mucho tiempo más, las personas de bajos recursos eran tratados como una basura ―, y en cuanto a usted ―Me mira y tiende al mismo tiempo un pequeño saco que hasta ahora no había visto ―Espero que no vuelva a usar esa vulgaridad de vestido que llevaba, el Castillo Pembroke no acepta escándalos por parte de su servidumbre y, mucho menos yo, con permiso ―Y se retira bajando las escaleras.

Entreabrí un poco el saco y, ¡Allí estaba! Mi vestido se encontraba perfectamente doblado dentro del saco.

―Creo que acabo de salvarte el pellejo, me deberás un favor ―Escucho otra vez a la chica, y sin que lo note, cierro disimuladamente el saco para que no viera su contenido.

―T-te agradezco que no me delataras...

―Mari ─Me interrumpe ―Me llamo María, pero no me gusta ese nombre, solo dime Mari ―Un nudo se me forma en la garganta al recordar a mi amiga ¿Estará buscándome?

―De acuerdo, Mari. A mí me puedes llamar Janne.

―Lo sé, en realidad, todos aquí sabemos tu nombre. No se ha hablado otra cosa que no sea tu misteriosa aparición al lado del camino tarde de la noche. ―Finaliza moviendo sus manos para dar un toque de misterio a su comentario.
― ¿Por qué estabas en esas condiciones?
―Pregunta.

Mi mente rápidamente iba a inventar algún escenario dónde yo era la víctima de algún robo, pero cuando iba a contestar, el sonido de una campana me interrumpió; La chica que ahora sé, se llama Mari, sostenía mi mano mientras me arrastraba por toda la planta baja hasta la salida de la vivienda, me guió a una carreta grande que estaba estacionada en la entrada, dónde ya, había varías chicas con el mismo atuendo.

Un vestido Gris con los bordes del cuello de un color blanco al igual que las mangas.

Mari subió primero, mientras que yo la imitaba con un poco más de dificultad, ya que era una neoyorquina acostumbrada a subir taxis, no a esto.

―Bienvenida a tu primer día de esclavitud eterna al castillo Pembroke. ―Exclama mi acompañante con la respiración igual de acelerada que la mía por nuestra acción.

―Gracias, ¿Dónde queda exactamente ese castillo? ―Pregunté tratando de no sonar muy extraña, aunque falló. Todas las chicas de la carreta me observaron como si tuviera un tercer ojo en la cara.

―Que despistada eres ―Respondió con asombro ―Todo el que llega a la casa de contrataciones Pembroke sabe que nos dirigimos a Londres.

Suelo inglés

La ViajeraDonde viven las historias. Descúbrelo ahora