CAPÍTULO 2

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No podía creer lo que veía ante mis ojos, el desastre que había en la habitación no era nada comparable al desastre de pensamientos e ideas precipitadas que había en mi cabeza— Me vuelto loca...acabaré en un manicomio...me darán pastillas —retiré las sábanas y tiré la rosa y los pétalos a la basura.

Rápido me apresuré hacia el baño, el cual se encontraba dentro de mi habitación, mis padres decían que era más práctico. Abrí el grifo del lavabo y me lavé las heridas, los cortes parecían profundos pero no eran demasiado graves, también me lave la cara retirando las pequeñas gotitas de sudor producidas por la pesadilla. Miré al espejo a unos ojos negros que me observaban, a mis ojos que reflejaban la perplejidad y el miedo— ¿Qué estaba pasando? —pensé.

Volví a la habitación y observé las sábanas, miré boquiabierta al amasijo de sábanas completamente blancas que se arrinconaban en la esquina de la habitación, no había resto de sangre. Me acerqué a la basura y no había nada en ella.

Volví al baño y me froté los ojos, después me apoyé con ambas manos en el lavabo, estaba alucinando, eso estaba claro, puede que el ibuprofeno me causara unos efectos secundarios extraños, al no haber tenido nada en el estómago.

Observé cuidadosamente mis heridas pero no podía saber si eran arañazos de aquellas rosas o de mis propias uñas, las llevaba largas.

Empecé a recordar el sueño fijándome en cada cosa que pasaba en él , lo recordaba con todo tipo de detalles, el ruido de grillos en el bosque, la luz que había y el olor , un olor extraño y asqueroso que procedía de aquellas rosas y que no podía soportar.

Volví a mirarme en el espejo y observé mi cara más pálida de lo normal y también a mi pelo castaño oscuro y ondulado, que estaba revuelto y caía sobre mis hombros. Me curé y me vendé los brazos con vendas y me puse unos guantes de dedos para que nadie viera las heridas, si mi madre me veía así se pondría histérica y empezaría a preguntar qué me había pasado y no sabría qué responderle.

Fui al salón y encendí el televisor y baje el volumen al mínimo, no hacían más que anuncios de tele tienda. Hice zapping con el mando, pero solo había películas viejas o programas de tarot, en algún momento me quedé dormida.

— Eh, despierta —una voz empezó a llamarme susurrando— cariño levántate— la voz de mi madre me llamaba e insistía en que me levantase— vamos Ayla, vas a llegar tarde —la mano de mi madre sujeto mi brazo para levantarme.

— ¡Ah! —gemí, una punzada aguda de dolor me recorría el brazo y comenzaba a escocer.

— ¿Qué te pasa? —preguntó. Y yo ya incorporada y despierta respondí— Nada, me has asustado.

— ¡Pues sí que tienes el sueño profundo!

— No podía dormir, así que vine aquí a ver la tele y me quedé dormida.

— Bueno venga que llegas tarde, muy tarde —dijo mi madre algo alterada— Desayuna, ahí lo tienes preparado, y rápido si quieres que te lleve — añadió metiéndome prisa. Me vestí con lo primero que pillé del armario y me arreglé lo máximo que uno se puede arreglar en menos de diez minutos. Después me subí al coche de mi madre el cual arrancó con velocidad, antes si quiera que me pusiera el cinturón. Mi madre tenía una mano puesta en el móvil y otra en el volante.

— Mamá —dije yo— Deberías dejar el móvil.

— Lo sé cariño es importante —respondió. Entonces comenzó a hablar por él— Sí, no se preocupe, lo tengo todo controlado. Ajam... sí, vale espera un momento —entonces me indicó que apuntara algo en el teléfono— 533 128 234. Sí, entendido lo haré ahora en llegar a la oficina. Colgó el teléfono y siguió conduciendo.

AYLA © Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora