Capitulo 34: Ángel caído.

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Nunca había visto a la madre de Mark en persona, pero no me costó reconocerla. Sus ojos, hundidos en su rostro, eran del mismo azul cielo que los de él. A pesar de no conocerla pude notar que estaba demacrada. Era sólo piel y huesos, un aura gris alrededor.

Ella, en cambio, sí me conocía a mí. Fue ella quien me llevó al hospital luego del ataque de Mark en su habitación. En cuanto me vió, se levantó de su asiento y fue a mi encuentro abrazándome sorpresivamente.

–Gracias... gracias por venir –sollozaba.

Yo estaba paralizada, no me esperaba ese recibimiento.

–Estaremos sólo un momento, Mailen debe volver al hospital –aclaró Thomas en seguida, con su profunda voz.

Eché un vistazo alrededor, mientras la mujer seguía sollozando débilmente sobre mi hombro. Al parecer, ya habían bajado el ataúd. Había una pequeña tarima con un micrófono, pero no había nadie sobre ella. Bajo un toldo que protegía de la nevazón, un montón de gente resguardada, vestidos de negro.

Nadie lloraba. Todos tenían una expresión cansada en el rostro, como si estuvieran ahí por obligación. Nadie quería realmente estar en ese funeral. No reconocí a nadie, pero había muchos que se parecían entre sí. Familiares, supongo. Tenían un aire a Mark.

En un rincón, bajo el toldo, había un montón de fotos enmarcadas. Eran retratos, de muchas personas distintas. Eran sus fotos. Logré distinguir algunas mías de la secundaria, que me había tomado sin mi consentimiento cuando éramos novios. Tragué en seco. No sé por qué, pero apoyé mis manos sobre la espalda de la mujer, consolándola. Al fin y al cabo, ella perdió a su hijo. La mujer se separó de mí y me miró con los ojos brillantes. Acarició mi mejilla suavemente con sus esqueléticos dedos. Sentí la mano de Thomas en mi baja espalda, como si quisiera tomarme en brazos y sacarme de ahí.

–Estás tan linda...–comentó ausente–. Lamento tanto todo esto –Se mordió el labio ahogando un sollozo–. Jamás pensé que podría... Nunca me imaginé que...

No pudo terminar la frase.

–Lo sé –La ayudé–. Nadie se lo esperaba.

Ella me observó por un momento, como estudiándome. Luego apretó los labios, algo complicada.

–Yo sé que no debería... –musitó–. Sé que es una locura que te pida esto, pero... Nadie quiso hablar –Soltó otro sollozo–. Mi hijo está muerto, y nadie quiso decir unas palabras. Todos lo odian, a mi niño... Mi pobre niño...

La sangre dejó mi rostro ¿Me estaba pidiendo que dijera unas palabras por Mark? ¿En serio?

–¿Está loca? –Se interpuso Thomas–. Casi la mató ¿Y ahora quiere que hablé en su funeral? – Estaba enfadado, pero mantenía un tono de voz bajo, ya que había absoluto silencio alrededor, a parte de los sollozos de la mujer, que se tapaba el rostro avergonzada–. Olvídelo, nos vamos de aquí. Vamos, Mailen.

Colocó su mano en mi hombro, intentando guiarme hacia la salida, pero yo no me moví. Estaba congelada en mi lugar, viendo a la mujer llorar con las manos tapando su rostro, temblando en silencio, llena de vergüenza. La pobre infeliz... Volví a echar un vistazo alrededor. Los asistentes a la ceremonia estaban echados en sus asientos, miraban sus relojes en sus muñecas de vez en cuando, cuchicheaban a escondidas, y la mujer seguía llorando en silencio.

–Está bien –dije y Thomas me miró frunciendo el ceño, la mujer se destapó el rostro y me observaba sorprendida–. Lo haré.

–No tienes que hacerlo...–comenzó a hablar Thomas, algo impaciente.

–Está bien, Thomas–Lo interrumpí. Él tensionó la mandíbula–. Quiero hacerlo.

La mujer tomó mis manos entre las suyas temblorosamente, y me observó agradecida.

Maldito destinoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora