Capítulo dieciocho

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Capítulo dieciocho.

Las cosas estaban marchando mal.

Todo estaba mal, completamente. ¿Cuál era mi definición de malo? Absurdamente todo. Bueno puede que esté siendo un poco dramática, pero ¿Qué pasaría si Ricardo te dice que él va a solucionar el problema del dinero y no lo hace? ¿Qué pasa si tienes solamente 24 horas para conseguir el dinero y tú no tienes ni un centavo? Bueno creo que ahora si entienden cuál es mi definición de malo.

— ¡Nos van a golpear y bien bonito! —grito ya desesperada. Tenemos una hora esperando la aparición de Ricardo con el dinero que se suponía seria de la mercancía, pero no ha llegado y eso me pone histérica.

— ¡Mujer, deja de esperar todo lo malo por una vez en tu vida!

—Déjame, Trina, como si tú no lo dijeras— necesito relajarme. Me estoy comportando como una niña.

—Contigo no se puede. — me lanza una última mirada antes de meterse a su habitación. Lo que me faltaba.

— ¿Y Rodrigo? —pregunto después de unos segundos. — ¿Dónde está Rodrigo? Rodrigo.

—Ya cállate Elizabeth, ahora uno no puede dormir en paz porque la casa se llena de gritos tuyos.

—Ah y porque no le dices nada a Ricardo cuando se pone a gritarnos para despertarnos todas las mañanas. — me mira y se queda en silencio porque sabe que es verdad. — Verdad que eso no te pareció.

—Sí, bueno. ¿Quieres hacer el favor de callarte? Él llegara, ya te lo dije.

—Pero, ¿a dónde fue? — me acerco a la ventana como he estado haciendo durante la última hora y fijo mi vista en la acera de enfrente. Nada. —No hay señal de él

—Contigo no se puede — alza los brazos exasperado, y los deja caer de nuevo a los costados. Da media vuelta y se va, dejándome sola.

— ¡Oye! ¡Es la segunda vez que escucho eso! — se asoma por la puerta de su habitación y levanta el dedo corazón en mi dirección.

En el momento en que se escucha la cerradura de la puerta principal me levanto de un salto del sillón en donde estaba segundos antes y corro hacia Ricardo.

—Todo arreglado— anuncia. Me relajo, todo mi cuerpo se relaja completamente. —Pero...—mis hombros vuelven a tensarse y ya no se hace raro. —El jefe quiere verte. Hoy. En la noche. Por un asunto de no sé qué cosa que quiere encargarte para mañana

— ¿Un asunto? —pregunto.

—Sí.

— ¿Para mañana? — inclino mi cabeza a un lado.

—Sí.

— ¿Por qué yo?

— No lo sé. Deja de hacerme preguntas — grita exasperado.

— ¿Qué tengo hoy que todo el mundo me grita? — doy media vuelta y me dirijo a mi habitación.

— ¡Eso mismo! ¿Qué tienes? — ignoro esto último porque está más que claro que no tengo nada y que los que tienen algo son ellos no yo. Tengo que relajarme. Tengo que dormir un rato, si eso.

Un asunto de no sé qué cosa.

-

Bueno ahora me encuentro sentada enfrente de un escritorio gigante que jamás había visto por aquí y por aquí me refiero a que en el almacén del jefe nunca se había visto algo tan de madera pura.

—Eli, ¿qué tal?

—Elizabeth, soy Elizabeth no Eli.

—Lo siento. Él llegara en un momento. — se sitúa en una esquina de la habitación y cruza los brazos.

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