Capítulo treinta y tres

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Capítulo treinta y tres.

Habían pasado tres días.

Tres días en los que Rodrigo no me hablaba.

Tres días en los que Trina ha estado en cama porque se siente mal.

Tres días en los que por fin medio le hable a Ricardo.

Tres días desde aquel beso.

No había salido del departamento para nada y fue hace poco tiempo que me di cuenta que mi vida era aburrida. E intentado de todo, desde tener que hacer las cosas normales como hacer cosas no normales, pero siempre volvía a la misma rutina: sentarme en el sofá.

No tenía ganas de nada y cada vez que me estiraba un dolor fuerte se instalaba en mi espalda. Cada vez estoy peor. Tuve que cambiar la venda de la mano cada hora ya que hice esfuerzo, las puntadas se rompieron y la sangre no paraba de salir. Pero eso no era lo peor.

Hoy íbamos a volver a ver al jefe y con él a su mercancía y los tontos lugares a los que había que ir a recogerla.

Fueron como unas mini vacaciones nada duraderas.

Trina y Ricardo se van en su auto mientras que Rodrigo y yo nos vamos en el mío.

Nadie habla en el camino y un silencio incomodo se hace presente en el vehículo.

—Rodrigo yo...

—Solo conduce, Elizabeth —me interrumpe, no me mira cuando lo dice.

Aprieto los labios hasta que el color de mi piel se hace blanco en esa zona. No pienso seguir así, pero tampoco sabía cómo remediarlo.

Llegamos y él baja sin decir nada, se dirige al almacén mientras que yo salía del coche. Esto es un asco.

No quiero pensar que esto se ha acabado. Tengo que solucionarlo.

Entro al almacén, Rodrigo se encuentra parado en el marco de la puerta que va directo a la habitación del jefe. El motor de un auto se escucha afuera y segundos después Ricardo y Trina me alcanzan.

Cuando estamos detrás de Rodrigo él se adentra a la habitación y nos deja pasar.

Frunzo el ceño y arrugo un poco la nariz.

— ¿Quién eres? —pregunto bruscamente.

—Tú debes ser Elizabeth, me han contado sobre ti —ella ríe y no le veo la gracia.

— ¿Quién eres? —repito.

—Soy su nueva jefa.

—Ja, esta de broma —suelta Trina.

—No, no lo estoy. Al parecer su antiguo jefe ya no podía trabajar más con ustedes y bueno, yo era su reemplazo.

—Ya puede decirnos que esto es una locura. —le doy una sonrisa tensa. Esto no puede estar pasando.

—No, no es una locura.

—Por supuesto que sí. —alzo los brazos exasperada y digo fuerte: —Acabamos de llegar después de tres días. Tres. Ahora resulta que ya no hay más jefe, pero si tenemos una jefa. ¿Qué clase de broma es esta?

—Como he dicho, anteriormente, esto no es una broma ni nada por el estilo. Van a tener que aprender mis nuevas reglas.

— ¿Reglas? ¿Habla enserio? —ella me mira enojada y asiente hacia sus nuevos guardaespaldas, ellos salen de la habitación y cierran la puerta.

—Completamente. —a mi lado Trina bufa.

El escaneo de cabeza a cintura porque el escritorio no me deja ver más allá de sus horribles vestimentas. Ella es castaña y bajita con ojos cafés oscuros casi negros, tiene una cara estilizada que podría deberse a los bótox o a una operación, ha de tener unos cincuenta y algo, a mí no me miente, pero por alguna razón me parece familiar y no me agrada eso.

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