treinta y cuatro - él

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Estoy sentado en la cama de mi habitación cuando escucho la puerta de entrada cerrarse. Se ha ido.

Es muy tonta la manera en la que ese tío ha intentado convencerme de que haga algo que no quiero, pero sin embargo no paro de darle vueltas al asunto de lo de mi madre. No es que me importe, pero se me hace raro que un desconocido me hable de los problemas que puede haber en esta casa como si yo no fuese lo suficientemente listo para darme cuenta. Porque sí, sé que no soy una persona muy solidaria, ni muy amable ni mucho menos cariñosa, pero no soy tonto.
Y sé que mi madre está jodida por mí, pero también sé que no le importo tanto como todo el mundo dice; y que lo de querer que vaya al colegio es solamente parte de la imagen que quiere dar a los vecinos y a la gente de su alrededor para que nadie descubra la verdad de mi vida.

Porque después de tanto tiempo teniendo que mentir a cada momento me he dado cuenta de que cuando mientes a la gente, la gente habla de ti, y eso sólo te hunde más de lo que ya estás y provoca que sigas mintiendo. Estoy seguro de que todos mienten, pero más los que dicen no hacerlo.

Ir al colegio y actuar como si no hubiese pasado nada y empezar de cero sería la mentira más grande jamás habida.
Pero.. ¿es que es eso lo que realmente quiero? ¿Empezar de nuevo, desde el principio?
Porque quizá lo que me pasa es que estoy tan metido en mi propia miseria que me he acostumbrado a estar así y no quiero volver atrás. O quizás tengo miedo de cambiar la realidad en la que vivo y soy tan cobarde que ni me planteo estar bien, simplemente no lo considero una posibilidad. He asumido que voy a ser un puto desgraciado hasta que me muera y que eso es algo que no va a cambiar nunca. Y cómo jode saberlo.

La cabeza me va a estallar y comienzo a buscar a tientas los calmantes que he dejado antes por la mesilla.

¿De verdad merece la pena volver a estar bien?
Claro que no, es una locura.
Mientras hablo en alto conmigo mismo pienso en lo que acabo de decir y lo repito una y otra vez.

-Es una locura.
-Es una locura.
-Es una locura.
-Es una locu..

Vale, es una locura.
Pero las locuras las hacen los locos.
Y resulta que yo estoy loco.

~

La alarma suena a las siete y media de la mañana, y hace que me replantee seriamente si de verdad quiero seguir con mi plan.
Desde que mi madre fue a comprarla, la ropa de uniforme del colegio lleva una semana encima de la silla de mi escritorio, y casi tengo que sacudirla antes de ponérmela para quitar la fina capa de polvo que se ha ido acumulando.
Bajo a desayunar sobre las ocho menos cuarto, y me tomo un vaso de leche. No tengo ni idea del horario.

-Daniel, ¿qué haces aquí tan temprano?

Mi madre aparece de repente, y menos mal, porque supongo que en algún momento tenía que despertarse.
Lleva puesto un pijama de flores de hace mil años y tiene los ojos entrecerrados.
No contesto.

-¿V-vas a ir al colegio? -dice al fin, como si estuviese procesándolo todavía.- Dios mío, Daniel, no sabes lo feliz que me hace que hayas tomado esa decisión. Demuestra que te estás convirtiendo en un chico maduro y responsable y que pronto podremos ser la familia que éramos. Por Dios, ven aquí, que te de un beso.

Emocionada, se acerca y me planta un sonoro y pegajoso beso en la mejilla, que me quito al instante con el dorso de la mano. Puaj.

-Qué cojones haces.

-¿No puedo darle un beso a mi hijo, o qué? -contesta con una sonrisa de medio lado, pero al ver que no pienso seguirle el rollo, calla.- Bueno.. lo siento, quizás me he pasado. Es sólo que estoy contenta.

-Ya. Bueno, ¿vamos o qué?

-Ay, sí, sí, claro, por supuesto. Dame diez minutos para que me cambie y coja un par de cosas, ¿te parece?

No respondo, y ni siquiera la miro cuando desaparece por la puerta de la cocina.

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