Me senté de golpe, expulsando los últimos rescoldos de la pesadilla. No había una sola noche que no soñara con ello. Con el dolor. El miedo. Con ese día en que toda mi vida había cambiado. Y yo no volvería a ser la misma.
Sentí las familiares bilis subirme a la garganta. Siempre luego de las pesadillas, o me levantaba con náuseas y corría al baño, o con la piel sudorosa y temblando. No importaba cuantos años hubieran pasado ya desde aquel día, ni que Jonathan estuviese recluido en la cárcel de Bellavista en Medellín, y desde entonces estuviera yo en terapias con la psicóloga. Los malos sueños y el temor, siempre me acompañarían.
Tomé el vaso con agua que mi madre me dejaba cada mañana antes de marcharse al ancianato. Era lo que necesitaba para volver a tranquilizarme. No había nada que temer, mi hermano estaba encerrado tras las rejas, sus amigos, muertos, por problemas de bandas criminales. Nadie me haría daño. Inhalé hondo y me puse de pie para darme un baño y salir a trabajar.
El turno era largo.
Me miré delante del espejo que cubría casi toda la pared, notando mi rostro ojeroso, pálido y triste. Como siempre. Y es que solo conseguía sonreír, cuando salía de casa y me ponía la máscara que ocultaba todo lo que habían sido estos pasados dieciséis años. Solo mis padres y quizás una de mis muchas abuelas del hogar, podían comprender como me sentía. Que tenía miedo y ya no quería nada.
Sin desear ver mi cuerpo desnudo, quizás el responsable de que me hicieran tanto daño, di la espalda al espejo y me metí en la ducha, permitiendo que el agua caliente removiera todo.
Veinte minutos más tarde ya estaba lista para el trabajo. Bajé al primer piso, me tomé un croissant con un café. Tomé mis cosas, y salí de casa cerrando con seguro, encaminándome al hogar geriátrico.
Mis padres lo habían fundado cuando mi hermano era solo un niño. Se llamaba: «El hogar del abuelo». Ubicado en el municipio de La Estrella en Antioquia. Era una casita de campo de dos plantas, hecha en ladrillo, con veinte habitaciones equipadas con camas, mesitas de noche y un baño personal. Un comedor en la primera planta para los treinta abuelitos que descansaban allí. Sala de visitas y jardines traseros donde podían pasar la tarde. Todo ello, conseguido a pulso y sudor. Se contaba tambien con ciento veinte voluntarios que ayudaban. Desde la limpieza del hogar, hasta la cocina. Y médicos o enfermeras dispuestos las veinticuatro horas del día. El hogar era cercado con una valla, y un vigilante. Nelson. Que protegía el lugar.
El jardín delantero estaba vacío cuando yo llegué, y solo en la entrada estaba aparcada la funeraria.
Algo había pasado.
Me sorprendió al entrar hacia la recepción, notar el silencio y la poca actividad que había. Mildred la recepcionista estaba organizando unos papeles. Levantó la vista al sentirme llegar.
—Buenos días, Dulce María—me acerqué a su puesto.
Llevaba en el ancianato desde mucho antes de yo nacer y era demasiado querida por mis padres, por su amabilidad.
—Buen día, Mildred. ¿Qué tal todo por aquí? ¿Algo nuevo que comentar?—
Ella asintió pesarosa y se inclinó hacia delante en su asiento para hablarme en susurros.
—El señor Benjumea murió en la madrugada. Su padre está organizando todo con la funeraria. Se mandó llamar a un sacerdote cuando empezó a ponerse mal, pero no alcanzó. Hacía varios minutos que había muerto cuando él llegó con la Hermana Claudia—negué con la cabeza, triste.
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CON EL CORAZÓN
Teen FictionUna joven enfermera, un oscuro pasado y el comienzo de un nuevo amor. Dulce María ha sido toda su vida una enfermera, no con título, se ha desempeñado en un centro para ancianos, junto a sus padres. Ahora con 23 años, tiene tantos conocimientos...
