DULCE MARÍA

9.3K 522 58
                                        

CORREGIDO

—No. No pienso perdonarte, y tampoco quiero hablar personalmente contigo. Solo déjame en paz—corté la llamada, dejando el móvil en la mesa cuando sonó el timbre.

Habían pasado dos días desde que terminamos, y el muy insufrible no me dejaba tranquila. Estaba cansada de ver los cientos de llamadas que me hacía, los mensajes pidiéndome perdón y queriendo que nos viéramos para hablar.

Luego de la resaca, se había dado cuenta de lo que había hecho. Que estaba muy arrepentido y que deseaba enmendarlo. Ya que no lo había logrado con el empleo. Según mi padre, cuando fue al día siguiente y Nelson le entregó sus cosas, sin permitirle la entrada, quiso hablar con mis padres o conmigo, y al tenerlo vetado de entrar o de obtener mi ubicación, me ataco a llamadas hasta más no poder.

Eran ya pasadas las dos de la tarde, y la abuela tomaba su siesta de después del almuerzo.

Terminábamos de acomodarnos desde ayer, en la casa, habíamos hecho juntas la limpieza, lavado de cortinas, limpiar el polvo de los muebles, barrer y trapear. Y Adela estaba contenta con poder hacer algo útil. En el hogar no se le permitía, pero aquí estaba a sus anchas y podía hacerlo con tranquilidad. Nos quedó tan impecable la casa, que cuando su nieto regresó del trabajo, noto los cambios desde la entrada. Mamá también había llamado, para saber cómo nos iba y comentar que ya nos extrañaban y se sentía la falta de ambas en el hogar.

Abrí la puerta cuando escuché la voz de Douglas del otro lado. Estaba al frente, con una mujer de piel morena y llevando sus maletas. Debía de ser la Señora Bárbara, el ama de llaves.

—Doug—sonreí.

Desde ayer en la noche me había pedido que le acortara el nombre.

—Llegamos, ella es Barbarita. Bárbara, te presento a la enfermera de mi abuela, Dulce María—extendí mi mano para saludarla, ella me sonrió un poco tímida.

—Es un gusto conocerla Señora Bárbara—les permití la entrada.

—El gusto es mío, linda, y dime sólo Bárbara, odio que me llamen señora. Vaya, eres mucho más bonita de lo que el joven Douglas me dijo—el miro para otro lado avergonzado, al hallarse atrapado.

—Muchas gracias. Y ya que lo pones así, dime Dulce María o Dudi. Así me dice todo el mundo—miró todo a su alrededor.

—Es muy bonita la casa de sus padres, joven Douglas, y lamento mucho lo de Maggy y Henry, eran tan buenas personas—se volteó a vernos— ¿dónde podría poner mis maletas y demás mobiliario?—la acompañamos al cuarto que había aledaño a la sala, que antes era un estudio.

La noche anterior, Douglas y yo lo habíamos adecuado con una cama nueva para que Bárbara pudiera quedarse a dormir y estuviera cómoda en su espacio. Fue a la cocina.

— ¿Y mi abuela?—le señale el segundo piso.

—Dice que quedó con sueño, luego del plato de sancocho de pollo que le preparé—

— ¿Y hay más para la cena? si lo que preparaste anoche estaba delicioso, me gustaría probar un plato colombiano con toda la sazón. Hace mucho que no me como uno—

—Lo hay. Hice bastante para que alcanzara para la cena y como sabía que venías con Bárbara, era mejor tener la comida lista—hice una pausa, caminando con él a donde Bárbara trajinaba, revisando donde se guardaba cada cosa. Después de todo, ella se apoderaría de la cocina— ¿qué tal te fue en el trabajo?—me miró, removiendo la bata de médico.

¿Que tenían todos que nunca se la quitaban?

—Mucho mejor que en Canadá, y más pacientes por atender. Esta semana me toca en consultorio, más adelante en urgencias—lo escuché, atenta.

CON EL CORAZÓNDonde viven las historias. Descúbrelo ahora