Bajé el café del fuego, teniendo cuidado de no quemarme las manos.
Era un poco torpe de vez en cuando.
Luego de dejar todo en orden en el hogar, los abuelos tranquilos y las demás tareas hechas, me di por satisfecha y me vine a descansar. Había sido un día largo, y agotador, aunque un poco calmado en comparación al anterior. No soportaría ver a Abu Adelaida triste otra vez.
Y ahora por tu culpa. Susurró una voz interna. La misma que llevaba rondando mi cabeza todo el día.
Sabía que lastimaba a la señora Wilks al decirle que no. Ella no tenía a nadie más en este mundo además de su nieto, si tomábamos en consideración que sus dos hijas restantes no le ayudaban en nada y preferían hacer de cuenta que se portaban de forma caritativa con una desconocida. Y añadiendo que recientemente había perdido a su tercera hija. Y la más querida. Pero el plan que tenía para no sentirse sola, era demasiado complicado para mí. No podía dejar el hogar. Era por lo que mis padres habían batallado durante años, abandonarlos con esto sería renunciar a mis responsabilidades como hija, y como enfermera. Y sería un acto egoísta dedicarme solo a la abuela, cuando habían muchísimos más que me necesitaban aquí. Por otro lado, también estaba el nieto. Era apuesto, eso no lo podía negar y muy amable tambien. Pero un hombre a fin de cuentas. Y si el negarme a vivir con la señora Adelaida lo mantenía lejos de mí, muchísimo mejor. No lo conocía bien, y solo confiaba en el como para dirigirle un saludo o una sonrisa. No para convivir en una casa extraña en su compañía.
Si me había marchado cuando él llegó, fue por pura cobardía. Sentarme a su lado, compartir conversación y sentir su colonia viril, impregnar mis sentidos, había sido la gota que colmó el vaso. No me dejaría encandilar por él. Podíamos ser conocidos y el, el nieto de mi paciente, pero amigos o más que amigos, jamás.
Serví el café en una taza, buscando también unas tostadas en el armario. Sentí algo hacerme cosquillas en la espalda. Una mano. Me quedé muy quieta. Mi corazón se puso frenético.
Si antes del incidente era nerviosa, ahora mucho más.
Con movimientos lentos, estiré la mano a donde estaba el cuchillo, y me di la vuelta apuntando con él, a quien estuviese detrás de mí. Sin embargo no estaba lista para defenderme.
— ¡Bu!—retrocedí contra las alacenas, dando un brinco por el susto.
—Ohhh, eres tú—exhalé, teniéndome de la encimera.
Douglas se reía, apoyado en una pared.
—No... vuelvas a asustarme así—
—Parece que hubieras visto un fantasma—frunció el ceño.
—No creas, podría haber sido algo peor. Los fantasmas no son nada, comparado con...—me detuve.
—Voy a jugar contigo, pastelito—
Se formó su imagen en mi cabeza.
— ¿Comparado con qué?—negué con la cabeza, más para remover a mi hermano de la mente, que para indicar que simplemente no quería hablar.
Hacerlo era revivir el pasado.
—Olvídalo—susurré, frotándome los brazos por encima del suéter de lana, cuando me recorrió un estremecimiento de asco— ¿cómo entraste aquí de todos modos?—me entregó un llavero que reconocí como el de mi madre.
—Keny me dio las llaves, dijo que venía en un momento. Cuando te vi sola pensé en asustarte, pero veo que no fue divertido, lo lamento si te incomodé—miré el paquete de tostadas en la encimera.
ESTÁS LEYENDO
CON EL CORAZÓN
Teen FictionUna joven enfermera, un oscuro pasado y el comienzo de un nuevo amor. Dulce María ha sido toda su vida una enfermera, no con título, se ha desempeñado en un centro para ancianos, junto a sus padres. Ahora con 23 años, tiene tantos conocimientos...
