DULCE MARÍA

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—No puedo creer que te atrevieras a esto, Adela—me miré frente al espejo del cuarto, el precioso vestido rojo que la abuela me había hecho.

—No puedo creer que te atrevieras a esto, Adela—me miré frente al espejo del cuarto, el precioso vestido rojo que la abuela me había hecho

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Era largo en chifón, con una abertura en la pierna izquierda y un escote en v. La estilista me había peinado con una moña elegante, con algunos mechones sueltos adelante y ondulados con la plancha rizadora. El maquillaje era sobrio, con sombra en los ojos y brillo labial.

—Yo solo sigo órdenes, así que no te pongas de malhumorada conmigo

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—Yo solo sigo órdenes, así que no te pongas de malhumorada conmigo. Si estás preciosa— sonrió, sentada en mi cama.

Ella tambien se había preparado con un conjunto en azul celeste, de vestido a las rodillas y chaqueta elegante del mismo color.

Ella tambien se había preparado con un conjunto en azul celeste, de vestido a las rodillas y chaqueta elegante del mismo color

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— ¿Ordenes de quién?—me crucé de brazos, mirándola con ojos entornados.

—Si te digo no me lo creerías—apenas me lo supuse, quise echarme para atrás.

—No hablarás de tu nieto—pregunté, temerosa de la respuesta.

—El mismo—me senté a su lado, sintiendo las ya conocidas mariposas en el estómago—me pidió que te confeccionara un vestido, me dijo como quería que te quedara, escogió la tela y me la trajo. Las sandalias si son de tu madre—

Suspiré sin podérmelo creer

— ¿En serio lo hizo?—ella asintió, con la sonrisa del gato que se merendó el canario—tendré que darle las gracias, aunque siento que no merezco esto— mamá me golpeó en las costillas.

CON EL CORAZÓNDonde viven las historias. Descúbrelo ahora