05 | DANGER

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(PELIGRO)

HAE RYUNG


—Le gustas.

—¿Mhm?

—A Jeon —dijo Yoo Jin, limpiándose restos de carboncillo de la cara—, así que quítate cualquier idea rara de la cabeza. —Volteó a verme—. No has arruinado nada, Min Hae Ryung, que te quede claro. —Zanjó, apuntándome con el dedo seria.

Nuestra lección de paisajismo acababa de finalizar y, al parecer, la brisa primaveral no solo había disipado sus recelos sobre el castaño, sino que de alguna manera también le había confirmado lo que Jung Kook sentía por mí.

—¿Lo dices en serio?

—¡Por supuesto! Solo tomaste por sorpresa al niño conejo. —Rio, aún le causaba gracias recordar su sobre reacción.

Sonreí aliviada, de verdad necesitaba oír eso, ahora podría enfrentarlo con un poco más de confianza en el viaje de regreso a casa. El teléfono de Kong comenzó a vibrar bajo una seguidilla de mensajes que, por error, asumí eran de Yoon Oh.

—Lo siento. —Se disculpó, enseñándome la pantalla de su celular—. Tendré que volar a casa, ¿estarás bien sola?

Los padres de la rubia acababan de ganarse un viaje a Jeju, así que decidieron adelantar el almuerzo familiar que celebrarían el fin de semana para que los señores Kong festejaran su aniversario de bodas esos días en la isla.

—¡Claro que sí! —dije, dándole un golpecito en el hombro—. Llevas una semana cuidándome las espaldas y no me ha pasado nada, así que ve, te están esperando.

—Está bien. —Me encargó sus materiales y se acomodó el uniforme—. Entonces, a modo de disculpa, el almuerzo de mañana corre por mi cuenta—. Desordenó mi cabello y salió corriendo a nuestro salón.

—¡Cuídate, Yoo Jin! —Ordené todo y partí a los casilleros a deshacerme del peso extra.

Ya en el segundo piso, ingresé la combinación, quité el candado y abrí la puerta, advirtiendo en el trayecto cómo un post-it rosa caía a mis pies. Guardé todo y recogí la nota en donde se leía un casi ilegible «Aléjate de Jung Kook». Rodé los ojos, arrugué el papel y lo guardé en mi bolsillo. Cerré mi casillero y me coloqué mis audífonos, necesitaba un respiro.

«Uno grande».

Con mi mochila al hombro, crucé el pasillo y bajé las escaleras, ignorando cada mirada antipática y comentario absurdo que me dedicaban al pasar. Era mi último año y mi meta no era precisamente desgastarme con gente que no valía la pena. Además, mi relación con Jeon no les incumbía en lo absoluto y si querían intimidarme, no iba a darles en el gusto: no había hecho nada malo y punto.

Estaba por llegar a la salida cuando un fuerte apretón me frenó en seco. Tratando de no perder la calma, miré de mi brazo a una rubia enardecida y de su maquillaje exagerado a sus uñas rojas. Me quité los auriculares y le pregunté qué quería.

—Ven conmigo. —Escupió. Puse los ojos en blanco y la seguí sin ánimos de armar una escena.

Llegamos a la bodega donde se guardaban los implementos deportivos y, la chica que respondía al nombre de Choi Moon Hee —según la placa grabada que llevaba en el pecho— me empujó adentro, cerrando la puerta a sus espaldas.

—¿Sabes en el problema que te has metido, unnie? —Una pelirroja, seguida por otras tres chicas con cabellos igual de tinturados, asomaron detrás de una pila de colchonetas con los brazos cruzados al pecho.

—¿Qué quieren? —pregunté, guardando mis auriculares.

Intercambiaron risitas burlescas, al fin y al cabo, se sentían confiadas por el simple hecho de ser cinco contra una—. Uy, pero qué valiente. —Ironizó una tal Beom.

Me encogí de hombros, completamente despreocupada y mi reacción sacó de casillas a Moon Hee quien se plantó delante de su séquito, buscando corregir mi bravuconería con una buena paliza.

«Si ella supiera...».

—¡¿Quién mierda te crees?! —gritó con los ojos inyectados de rabia—. ¡¿Por qué estás saliendo con oppa?! ¡No tienes derecho a estar con él! —La ignoré.

—¡Contesta, perra! —Exigió otra y Choi se lanzó directo a mi cabello, pero no logró ponerme un dedo encima.

—¿Acaso no les enseñaron modales? —Espeté, retorciéndole la muñeca en su espalda.

—¡Suéltame! ¡Duele! —Chilló la rubia.

Saqué el post-it de mi bolsillo y lo arrojé al suelo molesta, podría jurar y perjurar que estaban detrás de la estúpida amenaza.

—No se metan conmigo. —Bufé, pisoteándolo—. No provoquen a una judoca con diez años de experiencia o les irá muy mal. —Me incliné sobre Moon Hee y le susurré amenazadora, glacial—: Si vuelves a molestarme, te romperé los huesos y se los daré a mi perro. —Deshice la llave y se la devolví de un empujón a sus deplorables amigas.

Arreglé mi chaqueta y recuperé mi mochila, quería llegar a casa y descansar de una buena vez de toda esta mierda, pero la tensión del momento me jugó una mala pasada y una voz que debería quedarse en el pasado, enterrada y profundamente olvidada, despertó.

«Buenos días, puta».

El vómito verbal estaba ahí, acechando contra lo que era ahora. Cerré los ojos y respiré, tratando de contener toda la mierda que despertaba en mí ese tono, pero no pude contra su retrógrada forma de pensar y su manera de ver a las mujeres se replicó, asquerosa e inevitablemente, a través de mi boca:

—Y una cosa más —dije, volteado a mirarlas desde la puerta—: Usen bien sus uniformes o creerán que son unas putas. —Azoté la puerta al salir y escapé de aquella maldita y enferma hipocresía.

Apenas llegué a los vestidores, me escabullí hacia la salida de emergencia y me quedé ahí, luchando por regular mi respiración en las sombras. Me llevé la mano al pecho y aflojé el rosetón. Con manos temblorosas, alcancé mis audífonos y me los coloqué, deslizándome por la pared al ritmo de una dulce balada.

Me abracé a mis rodillas y me concentré en la música.

No iba a derrumbarme.

No quería.

No podía.

Pero el sentimiento seguía agazapado en mi piel, indiscutiblemente, el encuentro con Moon Hee había traído de vuelta a mi viejo yo: había tomado las alas que aún estaba reconstruyendo y las había arruinado con el veneno de su presencia.

No era más que una presa y no quería sentirme así.



───── 𝐍𝐎𝐎𝐍𝐀 ─────
전정국

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