Capítulo 25

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Relatado por Hugo

No pude hacer otra cosa más que observar a la chica completamente intrigado. ¿Era ella? ¿La Amelia que moriría? ¿Aquella que tenía la clave para encontrar a los padres de Julián? ¿La prueba viviente de que mi padre no era un asesino?

—Buenas noches—me saludó con una sonrisa en el rostro.

—Buenas noches—respondí estrechando su mano.

—Él es mi hijo Hugo—mencionó mi padre.

—Un gusto—sonrió nuevamente y continuó—vamos señor Humberto, tengo reservados sus asientos para la conferencia que en breve comenzará.

—¿Quién es el conferencista?—pregunté.

—Querrás decir: "la conferencista", y esa soy yo—se señaló así misma, se dio la vuelta orgullosamente y corrió hacia dentro del hotel. Creo que sonreí instintivamente por la sorpresa.

—No te enamores—susurró mi padre. De alguna forma alcancé a ver una pequeña mueca risueña en su rostro, aunque no se si fue sólo una ilusión. Aún así, ese es el padre que yo conozco, frío e imponente, pero de buen corazón. No importa si sus hijos lo llegan a herir, él siempre estará ahí, como una fortaleza inquebrantable. Tal vez no tan cálida como yo desearía, pero lo suficientemente fuerte como para hacerme sentir seguro. O así fue al menos hasta ahora.

Entramos a la sala de conferencias y nos sentamos en los asientos respectivos, y en breve la conferencia inició.

La chica de antes, se llame Amelia o no, se paró frente al público y permaneció en silencio por al menos dos minutos. Miraba fijamente al público como si tratará de convencerlos con la mirada, o tal vez convencerse a si misma al verse reflejada en los ojos de ellos. La sala que un principio estaba ruidosa y llena de sonidos, poco a poco fue quedándose en silencio hasta convertirse en una calma impenetrable.

—Se siente muy bien ¿no?—me miró fijamente—el silencio—desvió su mirada y siguió hablando al resto del público—a veces me pregunto porque es tan difícil para nosotros quedarnos callados un minuto. ¿Significa que tenemos miedo a escuchar nuestros propios pensamientos? ¿Ó nos sentimos incapaces de entretenernos? Cualquiera que sea la razón, no se compara a unos minutos en silencio para reflexionar, o incluso para no pensar nada. A veces nos asustamos de estar a solas con nuestra mente, como si algo dentro de ella nos fuera a hacer daño. Pero, yo controlo lo que sucede dentro de mi cabeza, sólo yo me doy el permiso de hacerme algo malo. Por lo tanto, no hay que temer cuando se trata de escuchar a tu voz interior...

¿Dijo voz interior? ¿miedo a tus pensamientos? Es exactamente lo que siento ahora. Como si mi mente me estuviera haciendo una mala jugada, como si en cualquier momento fuera a ser traicionado por ella. Tal vez exagero, pero temo mucho a la demencia. Por ello, al escuchar su conferencia me sentí tan intrigado ¿Cómo puede ella confiar en su silencio? ¿cómo confiar en sus pensamientos? Escuché una a una sus palabras hasta que finalmente cerró el tema y el publico la despidió con fuertes aplausos. La multitud abandonó la sala para dejar a unos cuantos admiradores de la chica a su alrededor. Acompañé a mi padre hasta ella. La felicitó y mientras yo le decía unas palabras, mi padre fue llamado por unos conocidos a lo lejos, por lo que él se dirigió hacia mi y agregó secamente:

—Espérame aquí—Yo simplemente asentí y se formó un pequeño silencio entre Amelia y yo. Rápidamente sentí la incomodidad que llenaba a la situación, así que intenté romper la atmósfera.

—Que raro, hablaste del silencio y ahora nosotros tenemos uno—creí que me respondería con una sonrisa y un "es cierto, gracias por escuchar mi conferencia", sin embargo...

—¿Haces eso muy a menudo?

—¿De qué hablas?

—Sonreír burlonamente, lo hiciste hace rato también.

—No lo hice.

—Claro que si, sólo que al parecer no te das cuenta. No intentes negarlo, supongo que más de una vez te lo han mencionado.

¡Que chica tan rara!, aunque pensándolo bien, es cierto. Julián me había señalado ese aspecto un par de veces. Pero jamás lo he hecho intencionalmente, supongo que es parte de mi personalidad.

—Lo lamento—manifestó Amelia.

—¿Por qué?

—Supongo que la pregunta te puso incomodo. Pero tenía curiosidad del porque tendrías que hacer esa clase de gesto en tu vida diaria.

—De vez en cuando es necesario.

—¿Con quién?—se rió.

—Con mis hermanos.

—He escuchado que es una gran pelea por ser el favorito de tu padre.

—¿Cómo sabes eso?—la acusé.

—No me llamaría una chismosa, pero en esta clase de ambientes uno se entera de todo.

¿Todo? La última parte de aquella frase me aterró. ¿Ella conocería algo que pondría en peligro su vida?

—¿Hay algo de lo que te hayas enterado que no deberías saber?

—Muchas cosas, pero no te preocupes, no diré nada sobre sus guerras fraternales.

—No creo que te convenga involucrarte tanto en los asuntos de mi familia.

—¿Me estás amenazando?

—No es una amenaza, es una advertencia, creo que hay un par de cosas de las cuales no deberías enterarte.

—¡Vaya! Debe de haber un gran secreto del que no quieres que nadie se entere—se que mi forma de hablar parece sospechosa, pero no quiero que esta chica muera. Si realmente en el futuro va a morir por ser tan entrometida, es mejor que le empiece a advertir ahora que no se meta más en el asunto, aunque yo parezca un loco por hacerlo—Creo que ya es muy tarde para hacer esa advertencia, por que en este momento acabo de comprobar aquello que me han contado.

Al escucharla, comencé a sudar frío y mis ojos se clavaron en su mirada retadora. Esta era probablemente la respuesta que menos deseaba escuchar.

Sueño erranteDonde viven las historias. Descúbrelo ahora