Martes 23 de Febrero de 2014.
Una vida como pre-universitaria era realmente estresante.
Entre tarea y tarea apenas tenías tiempo para respirar, y en mi caso, menos tiempo aún para poder salvar las almas que se veían acechadas por los coleccionistas de las mismas.
Hace un año y medio aproximadamente descubrí cual era mi verdadera naturaleza: salvadora de almas. Lo hice poco después de que mis padres murieran en una trágica explosión de gas un sábado por la noche, dejándome huérfana con 15 años y medio.
¿Cómo sobreviví? No me encontraba en aquel momento en casa. Llámalo destino o casualidad; el caso es que minutos antes de aquel suceso que acabó con la vida de mis padres, yo discutí acaloradamente con ellos y para poder despejar mi mente, salí de casa a caminar... Por este motivo salí de mi hogar, que desde aquella noche, jamás podré recuperar.
-¡Señorita Anderson! -gritó el profesor de física y química desde la pizarra- ¿Se puede saber en qué piensa?
Di un leve salto en mi propia silla ante la grave e irritante voz del profesor, la cual hizo que aparcara todos mis pensamientos.
-Em... Señor Stephenson, yo sólo estaba repasando mentalmente un ejercicio que ayer practiqué en casa.
Hasta yo misma me sorprendí por la rápidez con la que había inventado tal excusa.
-¿Le importaría que lo supervisase? -dijo arqueando sus cejas-
-No, no importa, lo corregiré por internet o algo... -aparenté estar tomando apuntes- es más, creo que está perfecto.
-Anderson, no se lo voy a repetir más veces -dicho esto, se acercó a mi y extendió su brazo esperando a que le entregara mi ejercicio inexistente-
Todo mi interior se colapsó buscando una respuesta que deshiciera este enredo que mi despiste había creado. De repente, como si alguien quisiera salvarme de esta situación, el timbre sonó indicando que aquella jornada de instituto había llegado a su fin.
"Te ha salvado la campana" dijo el profesor de una forma casi inaudible, pero que mis oídos pudieron captar.
Recogí los libros de mi mesa, introduciéndolos en mi mochila, tras esto, hice ademán de salir, pero mi profesor me interrumpió.
-Anderson, quédese un momento, por favor -dijo Mr. Stephenson de una forma amable, que en cambio, en sus labios sonaron de una forma amarga-
-Dígame señor Stephenson, ¿algún problema?
-Creo que esa pregunta debería formulársela yo a usted, Rachel.
Fruncí el ceño confundida por las palabras que este hombre dejado de la mano de Dios acababa de decir. De mis labios sólo salió un confuso "¿Perdone?".
-He observado que desde el suceso con sus padres no ha asistido de forma regular a nuestro centro Montpelier High School -le interrumpí-
-Sé perfectamente cuál es el nombre del centro, con todo mi respeto, vaya al grano.
-¿En qué punto se encuentra su vida, Rachel? ¿Tiene problemas psicológicos?
-¿Qué? Este tema no es de su incumbencia.
-No me hable así.
-No le estoy hablando de ninguna forma, pero realmente eso a usted no le importa.
-Le recomiendo una visita con el psicólogo del centro -dijo con tono suave insistiendo en el tema-
-Hasta mañana Mr. Stephenson.
Dicho esto, salí de la clase como si la vida me fuera en ello. Anduve unos cuantas calles y terminé sentándome en un banco de un parque bastante poblado de enormes árboles verdes, mi lugar habitual.
No tenía amigos aparte de los diversos tipos de ángeles, criaturas hermosas e inmortales de las que ahora, yo también formaba parte. Este año había sido un shock, un año agotador y aunque no me imagino mi vida sin ejercer mi don, no hay día que no sueñe en una vida normal.
En un dado momento me desprendí de todos mis pensamientos para fijar mis ojos en una chica que se encontraba sentada en el césped escribiendo en un bloc de notas. Su expresión era realmente triste. A su lado, había un hombre rubio con melena y barba que susurraba cosas en su oído. El hecho que dejó clara toda aquella situación era que la chica no era consciente de la presencia de aquel hombre, nadie lo era, sólo yo podía ver a aquel coleccionista de almas.
