Actualidad
—¿Qué mierda pasa? —se preguntó mientras avanzaba a tientas por la casa tratando de no golpearse el meñique con ninguna esquina mal situada.
Tenía puesto un bóxer y una camiseta, la misma que había vestido la última semana. Iba descalzo y cuando salía de la habitación, a oscuras, había provocado un terrible estruendo al tirar las botellas que aún permanecían en pie en el suelo, enmarcando su lecho. Había pasado siete días enteros bebiendo, tratando de olvidar, pero no le había servido de mucho. En aquel instante, el dolor de cabeza, la acidez de estómago y la culpa que rezumaba por cada poro le estaban destrozando el ánimo. Y encima un apagón.
—¡Era lo que me faltaba, cojones! —casi gritó, apoyándose en las paredes del estrecho corredor.
Llegó como pudo al aparador que tenía junto a la entrada. Algún día había visto una linterna allí. Revolvió el cajón superior y la encontró. Pesaba poco. Pulsó el botón de encendido, que en la oscuridad emitió un sonoro clic, pero no se encendió.
Sin pilas.
—¡Joder! —gruñó cerrando el cajón con fuerza.
Abrió la puerta de entrada y salió afuera.
La casa en la que se encontraba era la que sus padres le habían dejado, y en ella pasaba la mayor parte de sus vacaciones o, como en aquel momento, se escondía del mundo y trataba de reunirse con el olvido. Pero los silencios que supuestamente le deberían proporcionar tranquilidad, eran ocupados por amargos pensamientos, por vueltas y más vueltas sobre un colchón que hacía rato que había perdido las sábanas y la comodidad.
Al piso superior de la vivienda se accedía a través de una escalera situada en uno de los laterales de la casa y el minúsculo rellano que había frente a la puerta principal, donde él se encontraba, ofrecía una panorámica de todo el pueblo. Eso se debía a que la construcción se levantaba en la parte más alta de la zona. Era como si una avalancha de casas se hubiera precipitado desde la cima y hubiera depositado la suya en primer lugar, luego había ido sembrando otras sin mucho orden, y los restos más grandes, el núcleo del pueblo, se había acumulado en el fondo, cuando la pendiente había desaparecido prácticamente.
Desde su lugar privilegiado Alberto observó con asombro que no era el único que se había quedado a oscuras: la noche lo había engullido todo. Incluso el alumbrado público había dejado de funcionar. Pero lo que realmente le llamó la atención era el resplandor anaranjado que brotaba de una de las propiedades vecinas, allá al fondo, en la parte más densamente poblada. Hacía mucho que no vivía en ese lugar, pero estaba casi seguro de que el incendio estaba consumiendo la casa de uno de sus amigos de la infancia. Este se había ido hacía bastante tiempo, pero apostaría lo que fuera a que sus padres seguían ocupando la vivienda en cuestión. Antes de volver adentro para coger el móvil y llamar a los bomberos se permitió un instante para calmarse, un segundo, para pensar en la última semana, sentir un poco de remordimiento en forma de resaca y disfrutar del silencio... No se escuchaba nada. Había una casa quemándose a menos de quinientos metros, rodeada de viviendas por los cuatro costados y nadie se daba cuenta. A esas horas todos deberían de estar durmiendo, pero aun así le resultó muy desconcertante que ni un alma hubiera olido el humo al levantarse para mear. Pero lo más extraordinario era el crepitante silencio. Un escalofrío recorrió su cuerpo y se desvaneció en su cuello antes de hacerlo reaccionar.
Entró con premura, con un poco más de soltura ahora que sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad y la impresión lo había despertado por completo, y fue hasta la mesita de noche, donde descansaba el teléfono móvil que su mujer le había regalado por su veintiocho cumpleaños. Antes de que pudiera cogerlo, el aparato se iluminó y emitió un ligero pitido. Estaba avisando de que la batería estaba a punto de agotársele.
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Primer Mordisco
Horror«Aquel día cambio la vida de mucha gente, las vidas de todos nosotros. Nos desvió, pero... De alguna manera también nos dio impulso. Como un tsunami, como... Somos como réplicas de un terremoto. Cada uno de nosotros vibra, se mueve impulsado... impu...
