XXV Arquitectos del paraíso

1.2K 118 1
                                        

2 de septiembre de 2011

—Sí —respondió a la cuestión que le habían hecho desde el otro lado del auricular—. Junto con la memoria USB. Dejádselo todo en el buzón —finalizó la conversación y colgó.

Sonrió con perversidad, sinceramente divertido.

No se juega conmigo.

Sobre la mesa del despacho, una descomunal e intrincada obra de arte hecha en ébano, tenía un montón de documentos para revisar, pero la mayoría de ellos no le interesaba lo más mínimo. Solo le servían para mantener las apariencias por el momento.

Dentro de unos meses todo esto se terminará, ¿lo sabes?

Se desperezó con fuerza, emitiendo un fuerte gemido, y se rozó la calva con la mano. Acto seguido se levantó, se sirvió una copa y se acercó a la ventana. Son como hormigas. Qué pena que no puede acabar con ellas hoy. Un peatón levantó la mirada y el hombre apretó la copa en la mano, pues creyó que lo miraba a él. La ira recorrías sus venas y una expresión de asco conquistaba su semblante. ¿Quién se pensaba que era para alzar su rostro, soberbio, y contemplarlo con descaro? Debería inclinarse ante mí. Soy lo más parecido a un Dios que verá en su vida. Yo comparto la esencia del creador. Se apartó de la ventana, como si la luz del sol le quemara, y volvió a acomodarse en su asiento.

Insectos. Pronto tendréis el destino que merecéis. Pronto... Apartó unos cuantos papeles buscando lo que le interesaba. Era una carpeta azul, sin ninguna particularidad a primera vista. La sostuvo entre sus manos. "Arquitectos del Edén" leyó mentalmente. Sus labios se estiraron, su mente se recreaba con cada palabra, sus dedos se deslizaban por cada letra. La volvió a dejar sobre la mesa sin abrirla. No lo necesitaba. Ya sabía exactamente lo que contenía. Las labores de construcción ya iban muy adelantadas, y las halagüeñas previsiones invitaban al optimismo. La isla podría ser habitable y completamente funcional a partir del segundo trimestre del año próximo.

Apoyó los codos en la superficie de madera y se frotó la cara.

—Estás cumpliendo tu cometido a la perfección. Por eso te salvarás. Tú eres humano, pero eres más similar a mí que cualquier otro. Eres superior. Tu hijo es superior. No lo olvides. No significan nada. Lo merecemos.

Levantó la cabeza. No había nadie allí, pero él lo había oído claramente. Otra vez más. Aquella voz, aquella necesidad vampírica...

La sangre. Sangre y sacrificio.

Pulsó uno de los botones que había junto al teléfono y al cabo de dos segundos alguien llamaba a la puerta.

—Adelante.

—¿Necesitaba algo, señor?

—Quiero que le envíe una copia de esto a "ellos" —dijo mientras le entregaba el portafolios azul y poniendo especial énfasis en el pronombre—. Es urgente.

—Lo haré inmediatamente, señor.

—Y cuando lleguen mi mujer y mi hijo, hágalos pasar.

—Muy bien, señor —y salió.

Se mordió el labio inferior. Si por mí fuera, tú serías la primera infectada, pensó perforando la puerta con la mirada. Quizá lo seas. No le gustaba aquella secretaria. Le interesaba la lealtad, pero no aquella expresión aduladora que solía mostrar la joven. Aun así, era la mejor que había encontrado. Ella no le agradaba, pero las demás le habían parecido insufribles. Era un individuo que no soportaba a casi nadie.

Volvió a la pila de documentos, pero antes de decidirse por ninguno, reflexionó mejor y cogió el ratón, se conectó a las cámaras del campo de juego y empezó a registrar una a una las estancias. Los operarios aún no habían terminado de instalar todo el aparataje. Observó con atención como uno de ellos colocaba una pantalla y hacía las conexiones.

Hormiguitas, hormiguitas. ¡Trabajad! ¡Preparaos para el invierno! Ladeó un poco la cabeza, con los labios transformados en una mueca de felicidad. Pero no, hoy no quiero ver como trabajáis, hoy busco a uno de vosotros. Un insecto en concreto. ¿Lo habéis visto?

Siguió pulsando la misma tecla, saltando de una cámara a la siguiente hasta que dio con él. Estaba en una de las aulas de aquel enorme tablero. Se encontraba agazapado debajo de una mesa, escondiendo un micrófono cerca de la puerta. Estuvo un par de minutos fijando el aparato. Luego se puso en pie, se estiró, y se limpió la frente con la manga. Había en su rostro una expresión de calmada despreocupación.

Crees que has conseguido engañarme, ¿no es así? No te gustará el regalo que te he preparado. No creo que duermas bien después...

Sus represalias y predicciones mentales fueron cortadas cuando, sin previo aviso, se abrió la puerta de su despacho. Antes de apartar la vista del monitor y ver el pequeño rostro de su hijo, cortó rápidamente la conexión. El infante sonreía, asomando solo la cabeza desde el otro lado.

—¿Se puede? —preguntó con aquella voz atiplada.

El sujeto se puso en pie y se acercó a la puerta, despacio, mostrando una gran sonrisa y abriendo los brazos. El chaval entró corriendo y se lanzó a su encuentro. Lo levantó sin esfuerzo, feliz, relajado, orgulloso. Era uno de los pocos humanos con los que se sentía cómodo. Y aquel que le hablaba le había asegurado que sería como él, que había heredado su grandeza.

Tendré que vigilar mis apuestas para que tengas un gran reinado. Sus elucubraciones se adelantaron a los acontecimientos, pero nada importaba. ¿Quién iba a alterar sus planes?

Lo abrazó con fuerza, dirigió una fugaz mirada a su mujer, que lo observaba desde el umbral, y le susurró al niño:

—¿Te lo has pasado bien, rey?

Primer MordiscoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora