27 de Julio del 2011
El teléfono sonó en la oscuridad rompiendo las cadenas con las que Morfeo tenía amarrado a Martín. Desorientado, trató de abrir los párpados, pero el ligero sueño del que había disfrutado no había conseguido suplir los diez días que había pasado casi sin dormir, y ahora podía notar la opresora sensación de un par de semicírculos bajo los ojos. A pesar de las carencias, consiguió convertir su mirada en un par de rendijas que cercenaron la oscuridad y lograron encontrar el origen del sonido.
Su apartamento parecía esperanzadoramente grande cuando estaba envuelto en tinieblas, pero la realidad del día se encargaba de recordarle cada mañana que no contaba con más de treinta metros cuadrados para vivir. Eso no le preocupaba mucho ya que pronto tendría que abandonarlo. Después de haber dejado su trabajo no podía hacerle frente a un alquiler en la capital, aunque fuera de un lugar con unas dimensiones tan agobiantes.
Tanteó la superficie de la mesita de noche, tirando a su paso el mando de la televisión.
—¡Joder! —masculló ante su torpeza y notó la boca seca.
Cuando por fin dio alcance al auricular, llevaba sonando un buen rato. Aquella insistencia, sumada a la hora de la llamada, parecía indicar que se trataba de algo de suma importancia, de un asunto grave. Y solo se había inmiscuido en uno de esos durante los últimos tiempos.
—¡Sí! —gritó con la voz pastosa y vibrante. A continuación, se aclaró la garganta—. ¿Sí? —preguntó con más normalidad.
—Martín... —lo llamó una voz masculina al otro lado.
—Sí, soy yo —Él respondió a pesar de que el tono no era de pregunta. Mientras esperaba notó la agitada respiración del interlocutor y se aventuró a preguntar—. Ed... Ed, ¿eres tú?
—Sí —confirmó el interlocutor suspirando y se quedó callado al instante.
Edgar había sido su compañero durante la universidad, pero no solo eso: se había convertido en su mejor amigo. Los dos se habían metido en el equipo de fútbol y habían salido juntos de fiesta en la mayoría de ocasiones, compartían aficiones y le gustaban las mismas cosas, y desde el principio de la carrera, pero sobre todo a partir del segundo año, se habían vuelto inseparables. Habían alcanzado tal punto que sus compañeros siempre confundían sus nombres y Martín ya se había acostumbrado a girarse cuando alguien le llamaba Edgar.
Su amistad había ido más allá del ambiente universitario pues ambos habían entrado a trabajar juntos al mismo laboratorio e incluso compartían grupo de investigación bajo las órdenes de un mismo jefe de equipo. Eso había hecho que para ambos fuera más fácil y llevadero sumergirse en aquellos pesados trajes sometidos a la agobiante sobrepresión.
Pero antes de dimitir había discutido con él precisamente por eso, por dejar un trabajo tan bueno. Martín no podía seguir siendo testigo de los experimentos que se llevaban a cabo allí dentro, iban en contra de sus principios. Además, aunque no había habido ningún problema, se preguntaba qué ocurriría si hubiera algún accidente. Se arriesgaban demasiado. Edgar no compartía su punto de vista. "Gracias a gente como nosotros y al tío Gilito, hoy en día existe cura para muchas enfermedades", le había dicho. "¿Qué harías si tuvieras que matar a una persona para salvar a cien?". Pero Martín no podía ser tan frío, no era capaz de hablar de la muerte con tal ligereza, de forma tan sincera y directa.
Tío Gilito era el sobrenombre que le habían puesto a quien financiaba la investigación que él había abandonado. Ninguno de los dos, y nadie en el laboratorio, parecía saber gran cosa sobre él. Solo tenían claros tres aspectos sobre su persona: que era extranjero, que tenía más dinero del que podía contar, y que le interesaban las enfermedades víricas. Debido a esto último se había extendido entre los investigadores el rumor de que él o alguno de sus familiares padecía alguna enfermedad incurable de momento. Esa hipótesis estaba bastante aceptada entre los trabajadores y evitaba la incomodidad de trabajar a ciegas, sin una meta clara. A nadie le gustaba moverse sin un objetivo sólido, y esa premisa arrojaba algo de luz sobre el fondo del túnel.
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Primer Mordisco
Horror«Aquel día cambio la vida de mucha gente, las vidas de todos nosotros. Nos desvió, pero... De alguna manera también nos dio impulso. Como un tsunami, como... Somos como réplicas de un terremoto. Cada uno de nosotros vibra, se mueve impulsado... impu...
