III Insensible al fuego

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Giró sobre sí mismo y avanzó unos pasos para darse de frente contra un muro de piedra de unos tres metros y medio. No conseguiría llegar a la cima de un salto, pero a poca distancia encontró un poste de hormigón con agujeros rectangulares que pude emplear como escalones. Subió con presteza, arañándose los nudillos con la pared pétrea que había justo detrás, y se encaramó a lo alto del tabique. Al mirar al otro lado reconsideró su idea de saltar a aquella finca privada y permaneció allí arriba, atento a cualquier movimiento. No, no sería buena idea precipitarse. Ni un ápice de luz le permitía adivinar que le aguardaba allí abajo. Demasiado arriesgado.

—Joder, joder, joder —murmuró.

En cuanto dijo esto, la casa en llamas colapsó con un estruendo. Era como si su voz hubiera desencadenado aquella incierta situación de polvo, copos de ceniza y esquirlas ardientes.

Desde su posición aventajada, pudo contemplar lo extraño de la situación sin dar crédito a lo que los ojos le mostraban. Una figura avanzaba con calma entre los escombros y las brasas de la casa recién derruida. No era un zombi, o por lo menos no caminaba como tal. Con serenidad y cierta superioridad observó su entorno, como si todo lo demás careciera de importancia, moviendo con parsimonia la cabeza de un lado a otro. Avanzó dejando un rastro ceniciento y atravesó los restos de la combustión completamente desnudo, sin pelo, con la piel llena de ampollas y zonas completamente chamuscadas, brillando con un tono anaranjado sanguinolento.

Alberto estaba casi seguro de que aquel ser no lo había visto, y lo prefería así, pues no tenía demasiado interés en conocer a alguien al que el fuego no arrancaba la más mínima expresión. La calma estoica con la que soportaba aquella devastadora tortura no era normal, era inhumana.

Volvió a centrarse en su situación para ver como los zombis se reunían en torno a sus pies, haciendo varios intentos infructuosos de alcanzarle. Respiró profundamente, contempló sus posibilidades y encontró una salida. Si conseguía avanzar por la parte superior del muro unos cuantos metros, hasta doblar la esquina, podría saltar y correr hacia su casa aprovechándose de su velocidad. Pero había un problema: el grosor del camino no llegaba ni de lejos al medio metro, y Alberto tenía tendencia a meter la pata en los momentos más importantes. No soportaba la presión. Se estremeció un poco al ponerse de pie, consiguiendo estabilizarse antes de que una suave brisa enfriara el aire y le recordara las gotas que caían entre sus omóplatos. Vinieron a su mente imágenes de su juventud, de cuando se cayó de la escalera del teatro durante una representación teatral o cuando se había roto una pierna jugando un partido de fútbol.

Nunca había tenido mucha suerte. Con lo que siempre había contado era con una tremenda facilidad para ponerse en ridículo.

Tomó aire hasta el fondo de sus pulmones y lo expulsó lentamente, fijando la vista en el final de su trayectoria. Allá vamos, se dijo mentalmente. Caminó a buen paso por la superficie indeterminada que marcaban las brasas del incendio, un paso detrás de otro, esquivando todos los posibles traspiés, con los brazos en cruz para equilibrarse mejor. Los zombis comenzaban a moverse, lo notó por el rabillo de su ojo izquierdo. Intentaban seguir el ritmo que él les marcaba.

Cuando al fin se descolgó por el extremo de la pared no podía creerlo, al parecer era más ágil de lo que pensaba. El escaso ejercicio físico que hacía últimamente debería haberlo oxidado, pero quedó patente que todavía se encontraba en buena forma. Se había infravalorado. Solía hacerlo.

Había aterrizado con un suave eco precedido por un silencio denso y oscuro. Auguraba malas noticias. Antes de darse la vuelta, el aullido le hizo saber que algo no iba bien. El hombre envuelto en llamas corría hacia él dejando una estela abrasadora a su espalda. A pesar de la distancia pudo ver la expresión de su rostro: la boca completamente abierta, a punto de desencajársele, el mentón de un tono rojo oscuro, la piel de la cara llena de pústulas, y los ojos completamente abiertos. Pero lo peor, sin duda alguna, era su voz: un alarido desgarrador que surcaba el aire y horadaba la determinación que había conseguido hacía unos instantes. Eran gritos guturales separados por pequeños intervalos en los que la criatura se llenaba los pulmones con un sonido burbujeante y evidentes dificultades.

Alberto tardó en reaccionar, lo había cogido por sorpresa. Su cabeza no conseguía procesar la información a una velocidad normal, sabía que tenía que actuar, pero su cuerpo se negaba a hacerlo. Como si estuviera a punto de ser arrollado por un coche, el miedo lo paralizó. Fue la calmada brisa de la noche le que le proporcionó un impulso en forma de escalofrío, como un detonador. Últimamente solo era capaz de funcionar a base de estremecimientos. Ganó velocidad en pocos metros y continuó a buen ritmo lanzando miradas esporádicas a su espalda. Las llamas se habían apagado casi por completo de la piel de aquella criatura y apenas conseguía vislumbrarlo entre las tinieblas, pero los gritos no dejaban lugar a la duda: se estaba acercando. Alberto trató de acelerar el paso, pero la luna se había escondido tras una inoportuna nube y la oscuridad lo abarcaba todo. La momentánea ceguera combinada con el cansancio que comenzaba a sentir se aliaron para hacerlo tropezar. Amortiguó su caída con las palmas de las manos, pero la incertidumbre de la oscuridad hizo que se golpeara una rodilla contra el suelo. Se puso en pie como pudo y continuó su evasión sintiendo fuertes pinchazos en la rótula derecha y los dedos ardientes, palpitantes.

Mierda, joder... maldijo mentalmente, frustrado cuando se dio cuenta de que perdía su ventaja y no conseguiría llegar a casa. Trató de encontrar otra alternativa con la mirada y comprobó para su alivio que la luna volvía a indicarle el camino y, además, esta vez le ofrecía una solución: una casa vecina, una puerta abierta. Las dudas lo asaltaron en el momento en que se planteó entrar, pero era la única salida: o se arriesgaba a luchar contra un trastornado al que las llamas no causaban dolor alguno, o se internaba en las inciertas profundidades de una casa desconocida y abierta de par en par. Ya estaba cruzando el jardín, corriendo por el pequeño sendero enlosado antes de haber tomado una decisión.

Cruzó el umbral y empujó la pesada puerta de metal lacado con más energía de la que tenía. El golpe del cuerpo que lo perseguía contra la blanca superficie fue tremendo, hizo vibrar la estructura sobre las bisagras. Un desagradable crujido resonó en el recibidor. Alberto se permitió el lujo de ver como el hombre al que había golpeado se retorcía a unos cuantos metros de la entrada, con los brazos colocados en ángulos totalmente antinaturales.

Después de observar la grotesca escena se encerró con celeridad y, una vez seguro, respiró y dejó caer su espalda contra la pared. Estuvo sentado unos segundos, con las rodillas flexionadas, tratando de que su corazón volviese a latir a un ritmo normal. Aguantó el aliento para detectar algún movimiento en la casa, pero era incapaz de escuchar nada, todo lo enmascaraban los agónicos gemidos de aquel ser que trataba de ponerse en pie en el jardín. 

Primer MordiscoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora