IV Tatuajes en la mente

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La negrura dentro de la casa poseía una densidad tangible y el hombre del recibidor estaba completamente ciego. Palpó a su alrededor y encontró un paragüero repleto junto a la puerta. Al menos no se sentía tan inseguro blandiendo un paraguas que pudiera mantener alejados a los zombis.

Son zombis, pensó de forma apresurada. Antes no le había costado reconocerlo, pero ahora se le antojaba una idea un tanto surrealista. Comenzó a darle vueltas al asunto, empezó a hacerse las preguntas típicas: ¿A qué nivel? ¿Cuándo? ¿Estarían bien las personas que le importaban...?

—Alex... —pronunció ese nombre como un suspiro, como un conjuro invocador.

Un estremecimiento recorrió su cuerpo. Le vino a la mente la imagen de su hijo abrazado a él, con los ojos rojos, cansado de llorar y pedirle que se quedara con él.

¡Papá!

Había gritado, pero Alberto estaba en blanco. Lo único que había conseguido entonces fue pasarle una mano por detrás de la nuca y acariciarle aquel pelo castaño que le había dado junto con su apellido. Pero no fue una caricia tierna, solo un gesto automático, producido por un ser robótico, con los ojos completamente abiertos, ausentes, y el rostro descompuesto por el padecimiento.

Estaban sentados en el sofá de la casa de los padres de Alberto, con los abuelos del niño y su cuñado. El funeral había sido largo, como todos. Eterno. Alberto no había dado una sola palabra desde la noche en que Ana murió. Permanecía en un estado semi-consciente, caminaba, comía de vez en cuando, se movía lenta y calmadamente, y, la mayor parte del tiempo, se sentaba a contemplar el infinito. Era un autómata.

Lo siento mucho.

Mario, el hermano de Ana, no podía aguantar dos minutos sin dejar de fumar, y tras la muerte de ella ese tiempo se había reducido a la mitad. Salió como una bala sin despedirse de nadie, pero todos sabían que no volvería. El hombre era demasiado reservado. Quería mucho a su hermana, pero le costaba un mundo exteriorizar lo que sentía y ninguno de los presentes lo había visto derramar una sola lágrima. Se marchó porque no se sentía muy a gusto en la casa de Alberto. Nunca había apoyado aquella relación, y mucho menos aquella unión. Y no era el único. Los padres de Ana tampoco habían visto el asunto con buenos ojos.

Alberto había cometido muchos errores cuando era joven, había sido un cabeza hueca de manual. Nunca se había planteado la posibilidad de comprometerse hasta que conoció a Ana, pero una vez que ella entró en su mundo, jamás volvió la vista atrás. Abandonó por completo su antigua vida. Era como si el amor que sentía por ella lo hiciera medrar como persona. El vacío que había experimentado con sus relaciones pasadas se había evaporado y los años junto con ella, junto a su hijo, fue feliz. Por fin había tenido una misión, algo a lo que agarrarse en el marco de su absurda existencia.

El destino era cruel. Pero eso ya lo sabía desde muy joven, y se había cebado con él en particular. Perdió a sus padres cuando era un niño y había visto morir al hermano que lo cuidó de pequeño hacía un par de años. Su aliento se detuvo en una cama idéntica a la que vio partir a su mujer. Ambos cruzaron el umbral entre goteros y máscaras de oxígeno. Los hospitales ya formaban parte de su vida. Conocía a todas las enfermeras, sabía cuantas sillas había en la sala de espera, el número de baldosas del suelo y de placas de escayola del techo. Sabía que en la tercera planta había una máquina de refrescos averiada desde hacía varios años, y sabía que odiaba la comida de la cafetería. No le gustaban las flores, eran pequeñas metáforas macabras, se marchitaban, se debilitaban, morían. Olían a cementerio.

Y hacía siete días se vio enterrado entre muchas flores.

La noche después del entierro de su amada, los brazos de Marta habían estrechado a Alejandro, apartándolo de su padre. Pero este no reaccionó. El destino volvía a burlarse de él, le arrancaba al único ser que amaba, pero estaba demasiado aturdido y débil para reclamarlo.

Nosotros cuidaremos del niño.

Él no se negó. Ni consintió. No dijo nada. Estaba cansado para discutir. Además, aquel día no podía ofrecerle consuelo. Necesitaba tiempo. Poner sus ideas en orden, darle a su hijo un padre auténtico, no una criatura incapaz de avanzar por sí misma. Creía que los años lo habían endurecido, pero se equivocaba. Seguía siendo tan frágil como aquel niño que se metía en la cama de su hermano mayor.

Pero... —había tratado de protestar Alex. No quería abandonar a su padre.

Déjale solo.

Con lágrimas en los ojos, el niño desapareció de su vida y él ni siquiera le lanzó una mirada de despedida. Nada. Vegetó en el sofá hasta que, sin motivo alguno, se levantó y fue hacia el armario que había en el salón. Abrió las puertas de madera y agarró la primera botella que, al igual que el resto, estaba cubierta de una fina película de polvo.

Todo lo demás estaba borroso, no recordaba ni el momento en el que dio el primer trago. Ni mucho menos el momento en que dio el último.

Volviendo a la realidad se encontró con la demandante necesidad de ver a su hijo. Tenía que pedirle perdón, decirle que le quería, que no estaba solo, que su padre estaba con él, que jamás volvería a dejarlo. La visión de un cuerpo inerte y unos infantiles ojos sin vida atravesaron las sombras y sintió una puñalada en el corazón. Se levantó en el acto con su arma improvisada en la mano. No, seguía vivo, podía sentirlo. Sus abuelos cuidaban de él. Tenía que seguir vivo. No podía morir, sería injusto... Cruel.

Primer MordiscoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora