XVIII A contracorriente

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20 de septiembre del 2011

Durante el trayecto le había resultado arduo asimilar lo que veía: grupos de gente caminando por el margen de la carretera, portando niños y mochilas. Algunos llevaban incluso carros cargados con todas sus pertenencias. Había rostros crispados, incrédulos, asustados, niños sollozantes, personas heridas, vendas, sangre seca, miedo, recelo... Primero aparecían formando uno o dos grupos aislados, pero cuando llevaba más de la mitad del recorrido la cantidad de gente aumentaba. Algunos habían optado por extender campamentos al lado de la carretera, con coches formando barricadas y tiendas de campaña de colores que resultaban demasiado llamativas ante el aire gris que se respiraba. Pero esos eran los únicos vehículos que se veían, los que estaban detenidos. Tenía la calzada para él solo. En un par de ocasiones incluso habían intentado pararlo poniéndose en medio, por desesperación o por lo que fuera, pero al ver que Alberto no desaceleraba, se apartaban del camino lanzando improperios. Él decidió aumentar la velocidad tratando de persuadir a los demás para que continuaran su camino y le dejaran proseguir el suyo. La táctica fue más efectiva de lo que esperaba y nadie más trató de detenerlo.

¿Acaso era posible que la catástrofe se hubiera extendido tan rápido? ¿Qué clase de semana me he perdido?, pensó tratando de mantenerse sereno, pero no tenía ninguna gana de sonreír. Tenía que estar atento a cualquier rostro conocido, cualquier persona que pudiera darle el más mínimo dato sobre el paradero de su hijo. En primer lugar, consideró visitar la casa de sus suegros: seguramente el niño seguía allí o habría alguien que podría decirle algo sobre su localización actual. Desde una cabina había llamado al fijo, el único que sabía de memoria, pero nadie le contestó. Después probó con el número de los bomberos y el de la policía. Recibió la misma respuesta. Cuando la desazón y la incertidumbre se apoderaban de su alma, y lúgubres pensamientos anidaban en su cabeza, se percató de que llegaría antes al colegio de Alex, y cabía la posibilidad de que el niño ya estuviera en él cuando se había desatado la epidemia. No podía perder tiempo, así que se decidió por ir primero a la escuela. Dejó la casa de los padres de Ana para el final.

Llevaba la radio encendida, pero la mayoría de las emisoras no se escuchaban. Quedaba un par de ellas que hablaba del caos en las ciudades principales del país, del levantamiento de los muertos, de alguna clase de virus que volvía loca a la gente... Pero nada en concreto de lo que Alberto quería, eran datos muy generales y seguramente la mayoría ni siquiera eran verídicos ya que nadie se había arriesgado a contrastarlos. Aquellas palabras habían sido engendradas por el caos, eran las voces de la desesperación. Eso fue lo que intentó creer cuando escuchó que la capital del país se encontraba en llamas, o que la flota de la principal ciudad costera había amanecido en el fondo del mar, arrasada por una horda de aviones extranjeros.

Lo único que había sacado en limpio era que no habría ayuda. Los locutores solo hablaban de una titánica cuarentena y de un grupo bioterrorista, aunque las opiniones acerca de estos temas eran controvertidas. La comunicación con el exterior era muy difícil, por no decir imposible.

Alberto supuso que seguramente se estaban poniendo en lo peor, que la realidad no sería, no podía ser, tan alarmante. Habían sobrevivido a tiempos peores: guerras, desastres naturales y artificiales, epidemias... Era imposible que unos lentos y torpes zombis doblegaran a la raza más poderosa que habitaba la tierra.

Con este pensamiento en mente apagó la radio y aceleró más aún, pues no había logrado convencerse a sí mismo. La inseguridad había echado raíces en su determinación.

Alguien le llamó la atención entre los caminantes: un hombre joven, tendría unos veinte años e iba cargado con una mochila. Lo extraño de aquel individuo era que caminaba en dirección contraria, se dirigía a la ciudad. Los otros viandantes apenas se percataban de su presencia, pero él parecía bastante consciente de la situación y no se tropezaba con nadie.

Alberto desaceleró y el sonido del coche frenando llamó la atención de mucha gente, entre ellos la del chico que caminaba en el otro sentido. La sorpresa se presentó en su rostro y sus cejas casi se tocaron cuando lo miró. Tenía la cara cubierta por una suave capa de barba y la camiseta descosida por uno de los laterales. A diferencia del resto, él presentaba el aspecto del que ya llevaba caminando durante mucho tiempo.

El conductor sintió algo de miedo, pero aquel hombre compartía su camino y se había dicho a sí mismo que lo más peligroso en ese momento no eran los zombis, lo que más temía Alberto era sucumbir ante la locura, perder su humanidad. Había visto demasiadas películas, demasiados futuros apocalípticos en los que los habitantes recurren al suicidio y sucumben ante la demencia. Así que, para evitar eso, le vendría bien algo de compañía. También esperaba conseguir algo de información y ayuda.

El hombre dudó un momento, pero cuando vio que Alberto le hacía un movimiento con la cabeza, se encaminó hacia el coche y subió. Ningún otro hizo intento alguno de montarse en el vehículo, a pesar de que muchos se habían detenido para observar la escena y todos los ojos se centraban en ellos.

Primer MordiscoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora