010| Tarde lluviosa.

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Detrás de la locura, se encuentra una gran verdad —Joker. 

La lluvia golpeaba los cristales del autobús y a través de estos se podía contemplar las empapadas calles, los nerviosos transeúntes y en denso tráfico que se acumulaba en las vías, pero nadie se sorprendía demasiado por aquello, a fin de cuentas, la lluvia era una constante en Seattle.

Suspiré y la calidez del aire se adhirió a la congelada superficie del ventanal.

La libreta en la cual reunía los datos de mi investigación reposaba sobre mis rodillas mientras mi mente vagaba lejos de aquel lugar en concreto.

Iba a cometer una locura.

Estaba convencida de ello, aquella sensación apremiante en la boca del estómago era una clara señal de mi falta de juicio. Pero estaba dispuesta a arriesgarme a fin de sacar algo en claro esa misma tarde.

Por suerte mi padre estaba demasiado preocupado por el aumento exponencial de delincuencia en las calles como para prestarme atención. Si se hubiese detenido medio minuto a observarme habría comprendido hasta que nivel estaba nerviosa y desquiciada con este asunto.

El urbano se detuve en mi parada y me incorporé con torpeza, haciéndome paso entre el tumulto de personas que me rodeaban, robándome el oxígeno. Una vez que puse un pie en la calle sentí un tremendo alivio, hinchando mis pulmones de aquel aire fresco y húmedo.

Las gotas de agua me resbalaban por el rostro e impregnaban mi cabello sujeto en una despreocupada coleta, pero no ralentizó mi avance, seguro y desenvuelto a través de aquel cuidado barrio residencial.

A mi alrededor se erguían bonitos chalets, uniformes, con jardines de idénticas dimensiones. Debido al mal tiempo pocas personas caminaban por la casi desértica acerca. Presioné los labios, acelerando el paso hasta resguardarme en el porche de una de estas casas.

Mis ojos se detuvieron unos segundos en la puerta y sentí como me asaltaban las dudas.

—Vamos, Emma —me animé en voz baja antes de alargar la mano y presionar el timbre.

Ya no había vuelta a atrás. Me mentalicé concienzudamente mientras aspiraba una generosa tanda de aire con el fin de reunir cada ápice de mi valor. Escuché el crujir de unos pasos antes de que la puerta se abriese. Frente a mí apareció un hombre de mediana edad, de cabello castaño salpicado por mechones canosos y claros ojos azules que me contemplaron con desconcierto.

Carraspeé.

—Buenas tardes, señor Williams... sé que usted no me conoce y probablemente esto le resulte de lo más extraño, por lo que comprenderé si no quiere escucharme, no obstante, me gustaría mucho hablar con usted... es acerca de su hermana, Louisa —llegados a este punto el desconcierto varió a espanto y después una latente curiosidad. Suspiré— ¿puedo pasar?

Me evaluó, estudiándome durante un lapso de tiempo que se me antojó eterno antes de asentir con un hosco movimiento. Interné en la casa, agradeciendo el cambio de temperatura.

—¿Puede explicarme de qué va todo esto? —pidió, derrumbándose en uno de los sofás individuales.

No pasé por alto la botella de whisky vacía en la mesa, ni tampoco la incontable cantidad de latas de cerveza que se encontraban olvidadas en el suelo.

—En primer lugar, lamento mucho su pérdida —pronuncié con total sinceridad— Yo... en realidad... yo vi como asesinaban a su hermana —sus ojos se expandieron de la sorpresa y el horror— jamás podré olvidarme de aquello. Era una noche fría y oscura, iba camino de la comisaría, escuché el disparo... y quién sabe la razón... corrí en esa dirección. Apenas vi la silueta del hombre que apretó el gatillo. Era alto, no muy fornido y se llevaba su bolso. Louisa se desangraba en el suelo y no pude hacer nada... lo lamento tanto... tan solo agarré su mano hasta que murió frente a mis ojos. Sé que esto es muy duro y que carezco de perdón por compartirlo con usted... era su hermana y...

Dark Clak [✓]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora