33: ¿Celos? (Almendra)

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No puedo negar que me dolía, siempre busqué la aprobación de mis padres, nunca la encontré, y en ese momento, cuando ya no la necesitaba, que no la esperaba, ¿volvía a aparecer? Y porque estaba viejo y enfermo; ni siquiera porque se hubiera arrepentido de corazón.

―Bueno, será mejor que me vaya ―dijo mi hermano al levantarse.

―¿Podré conocer a mi sobrina?

Sacó su billetera y de ahí extrajo una fotografía de una pequeña niña.

―Es bonita, no se parece a ti ―bromeé.

―Sí, se parecía a su mamá ―dijo con mucha tristeza, lo interrogué con la mirada―. Tuvieron un accidente, ellas no...

―Lo siento.

―La vida es corta, hermanita, un día estamos y al siguiente no sabemos. No es bueno quedarse con rencor en el corazón.

Yo me puse en pie y lo abracé.

―Cuídate de Echeñique, hermanita. Y habla con el papá, dile todo lo que sientes.

―Lo pensaré, no sé si estoy preparada.

―No tardes mucho, a él no le queda tiempo.

Asentí con la cabeza.

Salí a dejarle en la puerta y, al volver, observé a Bastián y a don Alfonso sin decir nada. No sabía qué decir.

―¿Cómo te sientes? ―me preguntó don Alfonso.

―No sé.

―¿Qué te dijo?

Bastián fue el encargado de contarle, yo no me sentí capaz.

―¿Qué piensas hacer? ―me preguntó tras escuchar el relato de Bastián.

―No sé, si pongo una denuncia en contra de mi ex, primero, no tengo pruebas, además, no será él quien se me acerque, va a mandar a sus matones.

―¿Entonces?

―No sé, don Alfonso, usted sabe más de estas cosas.

―Como policía no debería decir esto, pero como hombre común y corriente y padre de dos mujeres, esos tipos deberían morir de un tiro, es gente que no dejarán a la sociedad en paz.

―Yo pienso igual porque muchas veces los jueces son los que dejan en libertad a los delincuentes, aunque la policía los atrape una y otra vez.

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