La vida de Charles Jiménez, ha sido siempre organizada, y desde niño, la buena suerte le ha hecho compañía. Tiene una familia numerosa, el trabajo de sus sueños, y con él, unos empleados diligentes.
¿Pero qué pasa cuando olvidas agradecer lo bueno?
...
Sin tenerle que dar órdenes a mis pies de moverse, corrí a donde estaba, mientras mi hija protestaba. Y al llegar, no sé porque razón, Julieta miró hacia arriba al segundo piso y lució consternada. Porque al seguir yo su mirada, no vi a nadie allí.
—¿Qué te pasó? ¿Estás bien? —gimió, teniéndose la cabeza.
—Creo que sí—la ayudé a sentarse con mucho cuidado y revisando que no tuviera sangrados por rodar setenta escalas.
—¿Qué te duele? —Magdalena, esperó un poco lejos por si necesitábamos ayuda.
Revisé ahora los brazos, hombros o manos. Sin hallar nada.
—Solo la cabeza un poco y las costillas, pero creo que puedo ponerme de pie—pasé mi brazo por su espalda sujetándole la mano, para ayudarla a levantar y nada más apoyarse con los dos pies, trastabilló aferrándose a mí—no, no. Espera. Siéntame, siéntame—volví a abajarla con cuidado, preocupado al ver que se tocaba el tobillo con una mueca de dolor.
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Algo no pintaba bien.
Aparté sus manos de él, para revisar, viendo que estaba algo rojo y que empezaba a hincharse levemente. ¿Un esguince? ¿Fractura?
—Creo que me esguincé el tobillo—me miró.
Visita al médico, obligatoria.
—¡No puede ser! —se quejó Julieta—¿Qué es eso?
Puse los ojos en blanco.
—Una especie de torcedura—le expliqué.
—¿Vas a morir? ¿Vas a quedarte en silla de ruedas? ¿Te tienen que cortar la patita? —y además del problema del pie, vi que ni podía reír, porque se llevó la mano al costado con otro gesto dolorido.
—El pie, Julieta. No pata—me miró con una sonrisita infantil—y no. Ninguna de las tres va a pasar. Solo es necesario ir al hospital—miré que horas tenía.
La reunión era a las diez. Daba igual. Marian era lo importante ahora. Si se retrasaba la consulta por urgencias, llamaría a Tammy para que la postergara.
—Magdalena, necesito que por favor lleves a Julieta al colegio, llevaré a Marian a la clínica, para que la valore un médico—mientras el ama de llaves afirmaba aburrida, tanto mi hija como Marian negaban. La segunda de forma vehemente y mi niña de forma débil, y suplicándome con los ojos.
—En realidad estoy bien, creo que ahora si puedo caminar—y terca como ella sola, quiso ponerse de pie para cumplir su labor y demostrar que estaba en perfecto estado, dando un paso.
De nuevo trastabilló, aferrando los dedos de mis brazos y los de Magdalena. Pidió a gritos que volviéramos a sentarla en el suelo y como casi no hubo tiempo de agarrarla bien, cayó más fuerte al suelo, golpeando su trasero
—La próxima vez pongan un cojín debajo—hizo una mueca, frotándose la cadera.
—Julieta, ve a cepillar tus dientes y terminar de organizarte—si llegaba tarde tendría una fea amonestación en su libro disciplinar.