El que se enamora, pierde

471 40 116
                                        

"Una sonrisa angelical, pero con fuego en los ojos. Ella era un ángel, pero el demonio también lo fue alguna vez"

- Fue como besar a mi hermano -declaré mientras caminábamos en dirección a nuestros hogares luego de una larga jornada.

- Gumi, ¿hace falta recordarle a ésta que actualmente comete incesto con su hermano?- habló Miku, como si yo no estuviese allí.

La peliverde rió sin miramientos, y yo rodé los ojos, estaban desviándose del punto.

- Lo cierto es que fue horrible, y además creo que ni siquiera sirvió para poner celoso a Len.

- ¿Pero a qué mierda juegas, Rin? -me regañó mi mejor amiga de golpe, cambiando a un semblante más serio-. Un día lo odias, otro día lo quieres poner celoso... ¿qué toca hoy?

- Hoy me lo quiero follar-le respondí con sorna, avivando más su enojo y haciendo que salte en mi contra, amenazándome con un cuaderno que llevaba en la mano.

- Rin, creo que estuvo un poquito mal que hayas usado así a mi primo -aportó la otra, entre las dos iban acorralándome cada vez más.

- Bah, lo de Mikuo no importa. Siempre sentí que era gay -confesó la peliturquesa, y no pude evitar querer defenderlo.

- Mikuo... ¿gay? No, como crees. El es lo más hétero que puedes echarte en la cara.

- ¿Qué? -murmuró Miku, algo confundida-. El punto es que si sigues jugando así Neru podría darse cuenta de lo que estás tramando, y tu jueguito te explotará en la cara.

Bueno, en eso tenía razón.
Continuamos caminando unos metros más, hasta que la peliazul habló de repente:

- Yo me quedo aquí.

- ¿Eh? - soltó Gumi mientras mirábamos el edificio, era un sitio para hacerse tatuajes.

- Sí, es que mi hermano vendrá enseguida y nos haremos un tatuaje juntos, olvidé contarles. Nos tatuaremos el número uno, porque somos los mejores - ¿Pensaron que eso sonaba sospechoso? Yo también.

- Si los dos se tatúan el uno, entonces técnicamente forman un once. Un once como el de las torres gemelas.

Siempre me perseguía ese humor extraño y torpe, que a veces descostillaba a los demás de la risa, y a veces los dejaba pensando quién me había dejado caer cuando era pequeña.

- Bueno, nos veremos después -le dijo la peliverde, aunque sin rastro de malicia o rencor.

Todo eso era muy raro, considerando que íbamos a mi casa, que últimamente era el lugar predilecto para juntarnos y donde, además, estaría Megurine.

Gumi y yo continuamos el resto del tramo hasta llegar, y pude ver varios autos estacionados afuera.

- Santa mierda, hoy viene la prensa -maldije en voz alta.

- Adivino: todos deben poner cara bonita, a pesar de querer matarse. ¿Cierto?

Es exactamente eso, querida.

Entramos de puntillas y por la puerta trasera, buscando pasar desapercibidas. No tenía intención de formar parte de ese circo, y tampoco me apetecía escuchar a mi madre, a mi tío o a su esposa mentir a la cámara sin ningún tipo de escrúpulos.

EL PACTO | RiLenDonde viven las historias. Descúbrelo ahora