Es miércoles, el día de la cita con un desconocido.
No hago nada destacable por la mañana, simplemente espero a que pasen las horas por sí solas. No obstante, como en muchas ocasiones anteriores, cuanto más esperas algo con ansias, más tarde llega. Aunque realmente no estoy ansiosa por conocerlo, solo quiero que todo pase rápido y pueda olvidarme del asunto.
Después de comer, empiezo a arreglarme. No me pongo nada excesivamente recargado. El hecho de que sea una cita tampoco me condiciona a ello. Tanto es así, que simplemente me pongo una falda negra con un top rojo bastante informales. Me suelto el pelo y me ajusto las gafas en el espejo, viendo cómo destacan mis ojos marrones tras los cristales.
Minutos más tarde, Cupido se presenta en mi casa y, cuando salgo por la puerta, él aprueba mi vestimenta.
—Casual pero elegante —comenta a la vez que entra en el coche—. Me gusta.
Me instalo en el asiento de copiloto, igual que ayer, y espero pacientemente a que Cupido ponga la música a todo volumen. No tarda en hacerlo y la hora y media de trayecto hasta nuestro destino transcurre con más rapidez que ayer, hecho que me aterroriza porque cada vez estoy más nerviosa.
Cada paso que doy hasta llegar a la cafetería hace que el corazón me tiemble, acto que me parece totalmente absurdo dado que ni siquiera conozco al chico. Pero, mirado desde otra perspectiva, quizá ese sea el problema: nunca he tenido una cita y tampoco sé con quién será, así que tampoco he podido prepararme para ello.
—Ya estamos.
Cupido se detiene al lado de la puerta de un local con temática de los setenta. Posteriormente, me coge las manos y me dice seriamente:
—Todo va a ir bien, ¿vale? —Asiento—. Seguro que él ya habrá llegado, así que cuando entres busca a un chico rubio.
—¿Tú no vienes conmigo? —cuestiono con pánico en la voz.
—¡Por supuesto que no! —suelta como si se tratara de una obviedad—. ¿Qué especie de cita sería esta con un cuarentón obeso de por medio?
—Tienes razón, tienes razón... —susurro—. Vale, allá voy.
Suelto mis manos de las de Cupido y lo miro una última vez. Él asiente para darme ánimos. Finalmente, le doy la espalda y entro en el local.
Huele muy bien, hay aire acondicionado y la música de fondo también encaja con la temática setentera. Echo un vistazo: solo hay una pareja adulta cerca de mí y un chico rubio al final, en la esquina.
Trago saliva.
El muchacho alza la vista cuando me ve entrar y yo voy dando pasos decididos hacia él, aunque en mi interior hay una voz que grita: «Pero ¡¿qué estás haciendo con tu vida, Irina?!»
Cuando estoy a un metro de él, se levanta y me dedico a examinarlo: es alto y delgado; sus mechones rubios están despeinados; sus ojos son grandes y verdes.
—¿Eres la enviada de Cupido? —pregunta con voz suave.
—Sí.
Él me tiende una mano.
—Soy Connor Davis.
Le estrecho la mano.
—Irina Hickson.
Asiente y vuelve a tomar asiento. Yo me instalo delante de él.
Me mira fijamente y, después, aparta su vista de mí, como si se avergonzara o le incomodara el contacto visual. Los minutos con esa tensión transcurren lentamente y yo no sé qué hacer. Llevamos una eternidad sin mediar palabra y mi última intervención resuena en mis oídos.
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Cupido S. A.
Fiksi Remaja¿Podrías enamorarte por obligación? Un día cualquiera a Irina se le presenta un tal Cupido en su casa. Este resulta ser el director de la multinacional Cupido S. A. y le explica que ella está correspondida con otra persona, pero que la flecha que lo...
