Capítulo 32

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El ruido que la fraternidad desprendía resultaba tan estridente que todos los pájaros que solían dormir sobre el árbol que se ramificaba hasta el balcón de Sophia habían decidido buscar otro lugar donde refugiarse durante aquella última noche de octubre. La joven se encontraba en su habitación mientras la fiesta daba comienzo bajo sus pies. Pasaba el bolígrafo de manera segura sobre el papel, con una caligrafía clara y sencilla. En cuanto se había mirado al espejo así vestida, la frase de aquella película le había venido a la cabeza y la necesidad de anotarla había aflorado bajo sus dedos. "Los finales felices son historias sin acabar". Su capacidad para recordar citas cinematográficas era prodigiosa. No solo ponía empeño en memorizarlas, sino que su mente las almacenaba de manera automática. Colocando con cinta adhesiva el papel sobre la pared, hizo un poco de presión con sus dedos hasta que quedó alineado con el resto.

- Sophia, ¿estás lista? – la voz de Ethan se escuchó desde el otro lado de la puerta.

- Pasa, Ethan. – lo invitó su hermana en seguida. Antes de bajar junto al resto de invitados, necesitaba su aprobación.

Aquella misma tarde, ambos habían ido a la avenida Michigan para recorrerse cada una de las tiendas en busca de un atuendo adecuado. Y lo habían conseguido. En cuanto Ethan abrió la puerta, sonrió satisfecho. Su hermana llevaba un vestido largo de tirantes negro por completo con una raja en la pierna que casi dejaba que la enseñara entera. Rodeando su muslo con dos cintas, se había colocado una pistola y, toda esa imagen de mujer asesina, se veía coronada con unos altos tacones negros de aguja. Su pelo castaño suelto caía sobre su espalda y sus labios rojos delineados con precisión hacían que Sophia estuviese realmente rompedora.

Ethan, por su parte, se había acicalado con un traje negro. La corbata del mismo color se anudaba al cuello de su camisa blanca. Los zapatos de su elegante vestimenta aportaban aún más clase al look y, al igual que su hermana, sostenía una pistola entre sus manos. Al volver a levantar la mirada hacia Sophia, un mechón rubio de su pelo peinado con destreza hacia atrás, cayó sobre su frente.

- Señora Smith. – dijo Ethan tendiéndole su brazo para que lo tomara. Sophia no se hizo mucho de rogar y lo rodeó con el suyo.

- Señor Smith. – añadió sonriéndole.

- Aniquilemos esta fiesta. – el chico sopló la punta de su pistola tras sus palabras y sacó a su hermana de la habitación para ir al encuentro del resto de los universitarios que bebían y bailaban.

Toda la casa estaba rebosante de gente. A pesar de ser una fiesta exclusiva para la que se debía tener invitación si se quería acceder, Alpha Roar se había preocupado de que todo el que fuese alguien de interés en la universidad de Chicago acudiera a disfrutar de aquella terrorífica noche.

Las habitaciones tintineaban bajo los colores de las luces y los tenebrosos farolillos con velas. Anna, junto con Rick y Beth, había realizado un trabajo extraordinario decorándolo todo. El ponche rojo previamente alcoholizado presidía la mesa y todos los aperitivos eran monstruosos: gusanos de gominola, ojos de chicle, galletas con forma de calabaza y fantasmas, manzanas de caramelo y una gran montaña de canapés de guacamole y queso chédar. La mesa del alcohol apilaba un gran número de botellas de todo tipo y los vasos, en vez de ser rojos, eran negros con un grabado en magenta donde se podía leer: "Halloween en Alpha Roar".

La música que se estaba escuchando se paró de pronto y empezaron a sonar las primeras notas de "Highway to Hell". Todo el mundo se giró hacia el principio de las escaleras y observó a Anna desde la cima. Llevaba unos cuernos de diablesa entre su pelo rubio y rizado. Sobre sus hombros caía un abrigo de pelos rojo que tapaba su bralette de encaje, muy sutil y del mismo color. Era todo lo que llevaba para cubrir su torso. Sus piernas estaban atrapadas por una falda de cuero roja a juego con sus tacones anudados a sus tobillos. Su carmín escarlata resaltaba en su rostro y los cristales tintados por un tono similar de sus gafas redondas escondían la claridad de sus ojos. La multitud abrió un camino al verla bajar los escalones al ritmo de la música. Se deslizaba de forma muy sensual entre los barrotes de la barandilla y contra la pared. Al llegar al suelo, extendió los brazos y, en seguida, un chico novato vestido de zombi depositó una bebida en su mano.

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