Capítulo 2

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Pasadena.

Los Ángeles, California.

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April Fernández

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—Para esta tarde, a las cuatro tiene una reunión con el señor Jensen, luego, a las seis, una cena con los dueños de Global Tec. Y eso sería todo por hoy. Mañana su agenda está completamente cubierta...

Sigo escuchando a Siena leer cada uno de mis compromisos como si de verdad fuera a memorizar alguno. Lo único que quiero ahora es buscar mi bicicleta y hacer un recorrido largo, lejos de todo. Estoy agotada. Estas últimas semanas no he tenido ni un solo día libre. Ya perdí la noción de lo que es un fin de semana.

—¿Me dejaste algún espacio para almorzar mañana? —pregunto, mientras sigo observando la ciudad a través del ventanal de mi oficina.

—Oh, sí. La reunión con Baxter Property será un almuerzo a las doce y media en el Westin.

—Por supuesto. Me encanta que cada comida sea para hablar de negocios, es fantástico —respondo con sarcasmo. Estoy recostada del escritorio; suspiro y me enderezo, caminando hacia el ventanal.

Siena permanece de pie frente a la puerta, con la agenda electrónica en las manos. No responde a mi comentario, solo se queda allí, en silencio, lo que me irrita todavía más.

—¿Algo más, Siena? ¿O simplemente te gusta quedarte ahí mirándome? —le pregunto, girando hacia ella.

—Oh, no, señorita —titubea—. Bueno... su madre llamó. Dijo que quería saludarla y que, cuando tuviera tiempo, le regresara la llamada.

Alzo una ceja, dedicándole una mirada severa.

—¿Mi madre llamó y no me dijiste? —acuso, colocando las manos en la cadera.

—Usted se encontraba en la reunión con Anderson Inc., salió hace solo diez minutos y me pidió repasar su agenda para hoy —responde con nerviosismo.

—Si mi madre se muere y no puedo hablar con ella una última vez, ¿de quién será la culpa? —espeto. Siena frunce los labios, sin saber qué decir—. ¿Qué te he dicho sobre las llamadas?

—Que si se trata de su madre, su padre o su prometido, debo pasárselas de inmediato, sin importar lo que esté haciendo.

Doy un paso hacia ella.

—¿Lo comprendiste esta vez? ¿Era tan difícil?

—No, señora... es decir, sí, señora —traga saliva; una leve expresión de pánico cruza su rostro, lo que me hace alzar una ceja—. S... su prometido está en la línea. Le dije que esperara un momento mientras le pasaba su agenda.

Ni siquiera tengo algo más que decirle. Recuerdo las palabras de Mick: debo ser paciente y tratar bien a los demás. Pero ¿por qué tienen que hacerlo tan malditamente difícil?

—Sal de aquí, Siena —le ordeno, antes de perder el poco autocontrol que me queda—, y pásame la maldita llamada.

—Sí, señora —responde casi corriendo fuera de la oficina.

Niego y tomo el teléfono del escritorio.

—Creo que es más fácil hablar con el presidente que contigo, y eso es mucho decir, ya que estoy seguro de que mi madre lo resolvería en tres días —dice Mick con humor.

#5 La RedDonde viven las historias. Descúbrelo ahora