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Magda Dass
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Mi pecho agitado sube y baja bruscamente. Tomo una respiración profunda, cerrando los ojos al dejarme ir, siento que me derrito en el colchón. La presión de sus dedos entrelazados con los míos, por encima de mi cabeza, se suaviza hasta soltarme.
Sus labios abandonan los míos y ambos jadeamos buscando aire, recuperando el aliento después de eso. Jeray se deja caer apenas a mi lado, apoyándose en un brazo, de medio lado, con los ojos clavados en mí.
Lo miro alzando una ceja y sonrío un poco sin poder evitarlo. Es un idiota que me está enloqueciendo. Mi madre habría terminado de perder el juicio si me viera aquí, con alguien como él; si me viera convertida en esta mujer, expuesta y entregada a un criminal... al jefe de una pandilla. Incluso para mí sigue siendo difícil de asimilar, aunque por fuera no lo demuestre.
Sus labios se acercan a mi oído y susurra: —¿Estás jugando, Maggie? —dice en tono bajo—. Quieres provocarme con esa sonrisa perfecta en tus labios.
—No necesito un gesto en mis labios para provocarte —susurro.
Jeray sonríe ampliamente, y ese gesto me llena el pecho de una calidez inesperada, de satisfacción. Niega, divertido, y vuelve a besarme profundamente.
El teléfono suena. Creo que es el suyo. Lo ignoramos, pero sigue repicando una y otra vez. Con un gruñido enojado, Jeray abandona mis labios y pasa sobre mí para alcanzar el teléfono.
—Demonios —sisea. Se sienta y contesta. —Habla —dice con ese tono serio y autoritario que impone respeto incluso aquí, entre las sábanas.
Mientras él habla, me incorporo un poco para sentarme, apoyándome contra la pared. Tomo su franela, que yace a un lado donde la arrojé, y me la coloco. Tiene su perfume impregnado y es suave. Disfruto la sensación, peino mi cabello hacia un lado y lo observo discutir.
Su espalda está llena de cicatrices, de todo tipo. Entre los músculos tensos y la piel curtida, cada marca parece contar una historia distinta. Algún día le preguntaré el origen de cada una.
—No volveré a repetir esta basura... Haz tu maldito trabajo o me encargaré personalmente cuando vuelva, ¿quieres eso?... Eso pensé, mantenme informado.
Con eso cuelga. Se queda allí con la mirada baja, pensativo. Los músculos de sus hombros y brazos lucen tensos, como si todo su mundo le pesara encima. Levanto mi pie y le doy un leve golpe en el costado.
Jeray observa mi gesto, y sus labios se curvan apenas, en una media sonrisa.
—¿Problemas de negocio, jefe? —pregunto.
—Jey, para ti —responde en tono serio pero amable. Se mueve y se sienta a mi lado, copiando mi postura. —Te luce —dice, refiriéndose a la camisa—, aunque te prefiero sin ella.
Dejo los ojos en blanco y recuesto mi cabeza contra la pared, mirándolo. —¿Todo bien?
—No es fácil dirigir a distancia, Maggie.
Suspiro. —Quién diría que estaría con un criminal.
—Te encanta —sonríe, mientras sus dedos trazan círculos lentos sobre mi muslo, bajo la sábana. Su toque me distrae, roba mis pensamientos. Respiro hondo y niego, con algo de diversión.
—Dime, Maggie —dice con voz baja, casi provocadora—, ¿acaso no son ustedes criminales con apoyo de la ley?
—Quizá —me encojo de hombros—. No diré que estas organizaciones policiales o del gobierno son ángeles. Sabemos que hay tanta corrupción como basura... y yo, sobre todo, lo sé de primera mano. Pero al menos hacen algo bueno; la mayoría del tiempo hacen más bien que mal. En cambio, tú... tu mundo está lleno de pura violencia, odio, daño. Destruyen personas —digo con tono tranquilo, sin juicio, solo constatando lo que ambos sabemos.
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#5 La Red
ActionHan pasado seis años desde Sonidos Mudos, pero sus vidas siguen marcadas por secretos, pérdidas y decisiones que no eligieron. La Red de Athenas sigue acechando, implacable, y esta vez sus víctimas ya no son indefensas. Son sobrevivientes. Luchadore...
