Compton, Los Ángeles
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Magda Dass
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Cuatro meses en casa. Jamás pensé que estaría tanto tiempo aquí.
Cuando compré este apartamento fue más para tener un sitio donde guardar mis pocas cosas o donde dormir cuando no quisiera quedarme en otra habitación de hotel. Compré el piso entero a un precio ridículamente bajo. Este edificio era una vieja fábrica remodelada, en una ciudad donde casi nadie quiere vivir. Yo solo hice algunos ajustes, instalé seguridad, reforcé puertas, y lo dejé cerrado mientras iba y venía de mis misiones.
Desde que me retiré, prácticamente no he salido de aquí. Creo que nunca en mi vida había descansado tanto, y mi cuerpo, después de tantas heridas y agotamiento, lo necesitaba. Pero últimamente, ese descanso se ha vuelto tedioso. El silencio me pesa. Los días se parecen demasiado entre sí, y siento un vacío creciente.
Esto no era lo que imaginaba para mi retiro. Ya estoy cansada de esperar. Necesito un nuevo plan.
«¡Basta!», me digo a mí misma. No voy a pensar en él. Me lo prometí. No vale la pena perder tiempo en lo que fue solo una tontería sentimental. Como cada noche, intento sacar de mi cabeza los recuerdos inútiles que siguen regresando, y cierro los ojos. Tengo que dormir.
Entonces escucho ruido en la entrada.
Mi cuerpo reacciona antes que mi mente. Solo hay una persona con acceso a este lugar, y está a kilómetros de distancia.
Salgo de la cama en silencio, tomo mi arma y a punto hacia la puerta mientras avanzo con precaución por el pasillo.
—¿¡Quién demonios...!? —mis palabras se cortan al verlo.
Jeray.
Está de pie en medio de mi sala, con las cejas en alto y esa maldita sonrisa ladeada. Observa el apartamento como si estuviera en un museo.
«¿Es real? ¿Estoy soñando? ¿O ya me volví loca de tanto encierro?»
Exhalo con fuerza y bajo el arma, sin bajar la guardia. Lo miro fijamente.
Luce distinto. Más tranquilo, tal vez. Lleva un suéter gris y unos jeans claros, sin su habitual aire de caos.
—Me gusta tu apartamento —dice, dando un vistazo a su alrededor—. Es espacioso, rústico... buen estilo.
—¿Cómo entraste aquí? —pregunto, cortante.
—Soy hacker, Maggie. ¿Ya lo olvidaste? —responde con calma—. Tienes un buen sistema, pero podrías tener algo mejor.
—¿Qué haces aquí? —mi tono se mantiene frío, afilado.
—Pensé que me esperabas —dice, encontrando mi mirada.
—¿Esperarte? —alzo una ceja—. Desapareciste hace cuatro meses, así que por mí puedes irte al infierno del que viniste —espeto y me doy la vuelta para regresar a mi habitación.
Pero lo escucho moverse rápido, y antes de que dé un paso más, me toma de la mano y me hace girar.
—Pero aun así, estás aquí —dice en voz baja.
—Esta es mi casa —respondo con firmeza.
Niega despacio. —Tu casa era la CIA, y no estás allá. ¿Por qué?
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#5 La Red
ActionHan pasado seis años desde Sonidos Mudos, pero sus vidas siguen marcadas por secretos, pérdidas y decisiones que no eligieron. La Red de Athenas sigue acechando, implacable, y esta vez sus víctimas ya no son indefensas. Son sobrevivientes. Luchadore...
