Han pasado seis años desde Sonidos Mudos, pero sus vidas siguen marcadas por secretos, pérdidas y decisiones que no eligieron.
La Red de Athenas sigue acechando, implacable, y esta vez sus víctimas ya no son indefensas. Son sobrevivientes. Luchadore...
Entramos en una habitación amplia, con un aire a camerino de lujo. Unas tres chicas descansan tiradas en los sofás, conversando entre risas. Otras dos se maquillan frente a grandes espejos rodeados de luces. El lugar huele a perfume y laca para el cabello, el suelo está lleno de tacones, prendas brillantes y vasos con restos de bebida.
Un hombre entra junto al que nos recibió. Detrás de ellos aparece Brice. Los tres nos observan por un momento, analizando cada detalle.
-Señoritas, bienvenidas -dice uno de ellos con una sonrisa medida-. Espero que se encuentren cómodas aquí. Saldrán en media hora.
Brice asiente hacia nosotras. -Prepárense -ordena, con tono firme.
Las cuatro asentimos y nos dirigimos a las sillas frente a los espejos. Algunas se retocan el maquillaje, otras revisan su ropa. En el reflejo, mis propios ojos parecen más tensos de lo que quisiera admitir.
-¿Te quedarás esta noche? -pregunta el hombre a Brice mientras se acomoda la chaqueta.
Brice asiente. -Te aceptaré un trago.
-¿Alguien habló de un trago? -canturrea una voz alegre desde la puerta.
¡Oh, por Dios!
Cleo entra con una brillante sonrisa, llevando un uniforme de mesonera ajustado y corto, que deja al descubierto toda la extensión de sus piernas. Las botas altas con tacón de aguja hacen que parezca salir de una fantasía. Su cabello rizado cae con fuerza y brillo, como una leona exótica lista para dominar la escena.
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El hombre sonríe y se acerca a ella, pasándole una mano por la cintura. Deja un beso en su mejilla.
-Siempre oportuna -le dice, mientras toma los tragos de la bandeja que Cleo sostiene. Le ofrece uno a Brice-. Vayamos a relajarnos.
Brice asiente y ambos salen del lugar con ella siguiéndolos. Cleo nos dedica una mirada fugaz, cómplice, antes de desaparecer tras ellos.
Imaginé que, de algún modo, sería parte de esto también. Tengo que admitirlo: es una maestra del trabajo encubierto. Ahora es nuestro turno de no arruinar las cosas.
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Mi corazón se estremece con fuerza cuando nos mandan a llamar. El espectáculo va a comenzar.
Tal como ensayamos, debemos atraer la atención de todos los presentes, provocar el deseo de que esos dos hombres -nuestros objetivos- pidan un encuentro privado con alguna de nosotras.