Capítulo 11

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Magda Dass

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Otro bosque. Estos ambientes revuelven recuerdos que llevo años intentando bloquear.

Mishaal y yo dejamos el auto escondido entre arbustos y empezamos a avanzar con sigilo hacia el túnel que nos llevará al área subterránea del complejo. El sol cae rápido; entrar con tanta oscuridad es más arriesgado, pero también nos cubrirá mejor.

Al salir del follaje encontramos la reja en el suelo. Es delgada y fácil de quebrar; claro que nadie la reforzaría: ningún loco entraría por un túnel inundado, salvo nosotros.

Mishaal pasa junto a mí con un tubo en la mano, se mete en el hueco poco profundo de tierra, da un par de pasos hasta la reja. El agua que brota le llega a las rodillas. Entierra el tubo en un punto débil de la reja y, presionando con fuerza, la parte cede con un crujido. Arranca la mitad y nos queda suficiente espacio para entrar.

Observo el túnel: oscuro, lleno de agua. No sabemos qué tan profundo está; es un largo tramo para nadar. El sonido del agua y la penumbra me devuelven ese hormigueo desagradable en las muñecas. Arrojo ese pensamiento de inmediato. Es trabajo: simple, necesario. Puedo hacerlo.

Mish sale del hoyo con un salto, toma el bolso y empieza a buscar el equipo. Me acerco y agarro el mío para prepararme también.

—No —dice con seriedad, deteniendo mis manos con la suya.

—¿No, qué? —le pregunto, alzando una ceja.

—Tú no vas a entrar ahí —afirma.

—Es el trabajo, claro que entraré —frunzo el ceño.

—Magda, no hay manera en el mundo de que te deje entrar ahí —se sienta en una roca mientras se coloca el equipo—. Yo nado más rápido, llegaré en un momento y tú cubrirás mi salida. Por eso somos dos: haz lo que haces mejor y déjame hacer lo que yo hago mejor.

Sé que tiene razón. Pero está haciendo esto por otra cosa, y eso me molesta más de lo que me gustaría admitir.

—No lo estás haciendo por eso —le replico—. Deja de protegerme, Mishaal —elevo la voz—. Eso del hermano quedó atrás hace muchos años.

—¿Sabes a qué se parece ese pozo? —alza la voz también, su rostro tenso.

—¡Sí! Sé a qué se parece —las cicatrices de mis manos arden; la ira se enciende dentro de mí—. ¡No tengo quince años!

—¡Eso no cambia lo que pasó! —grita—. Me importa un demonio lo que sea que creas que haces con tu mente, si la controlas o no, es tu problema, pero yo no dejaré que entres allí —se levanta y se acerca—. Si te metes a ese maldito hueco —lo señala con el dedo—, me pierdes —amenaza—. Completamente.

Sus palabras me atraviesan como un cuchillo. Él es la única familia que tengo y lo sabe; es el único rayo de calor que me permito sentir. Mantengo el rostro firme y desvío la mirada, sin decir nada más.

Mish se aleja, se quita la chaqueta y el pantalón quedando solo con el traje de buceo. Guarda todo en el bolso, se coloca la máscara y el oxígeno.

—Eso únicamente te servirá unos metros —le digo—. Tendrás que aguantar la respiración un tramo largo.

—Lo sé —responde—. Me comunicaré cuando llegue al punto —da un pequeño golpecito en su oído, señalando el audífono que apenas se ve—. Asegura la entrada; sabes qué hacer.

#5 La RedDonde viven las historias. Descúbrelo ahora