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Magda Dass
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—Mags —dice Mish, lo escucho a través del audífono oculto en mi oído—, ¿ya tienes la clave del wifi?
—La tengo —le respondo mientras me inclino, fingiendo ajustar algo en mis tacones. Bajo la voz y se la dicto con cuidado. Por suerte, la música que retumba desde la pista de baile es tan fuerte que nadie puede oírme.
El club parece una pequeña ciudad: luces, columnas de humo, gente que se mueve por todos lados. Es enorme. Cleo contactó a una amiga que trabaja aquí y ella me consiguió un turno como mesera para esta noche. Jeray se ha mezclado entre los clientes; lo veo de lejos, relajado, con una copa en la mano, pero sé que está atento a cada uno de mis movimientos.
Camino hasta la barra, tomo un par de bebidas y las llevo a una mesa, esperando a que Mishaal logre entrar al sistema de seguridad a través del wifi. Debería ser algo sencillo, pero considerando la distancia entre nosotros, no entiendo cómo lo está haciendo funcionar. Menos mal Jeray le dio un dispositivo de enlace que tenemos aquí.
—Lo tengo —escucho de pronto en mi oído.
Una pequeña sonrisa se dibuja en mi rostro. —Demoraste —le digo en tono burlón.
—Sí, claro —responde con ironía—. Ileana tenía razón, no hay cámaras apuntando a las oficinas. Supongo que no es precisamente conveniente. Acércate al bar; cuando te indique, toma una bandeja, pon unos tragos y dirígete a las oficinas.
—Copiado.
Sigo las instrucciones al pie de la letra. Me acerco al barman y le sonrío con naturalidad mientras ordeno. En cuanto escucho la señal de Mish, agradezco al camarero, tomo la bandeja y me dirijo hacia la zona de oficinas.
Avanzo por un pasillo estrecho hasta llegar a una escalera que lleva al segundo piso. Dos hombres bajan conversando y luego una mujer con ropa de oficina pasa a mi lado sin prestarme atención.
Hay movimiento, gente que entra y sale, pero nadie se fija en mí. Me limito a caminar con paso seguro, como si realmente fuera a entregar un pedido. Ileana tenía razón otra vez: siempre hay mesoneras subiendo y bajando.
Subo las escaleras al tercer piso. Aquí todo es diferente: el ambiente es más silencioso, el pasillo más elegante, y no hay nadie. Giro a la izquierda, tal como Mishaal y yo planeamos. La última puerta, una ancha de color púrpura, debe ser la de Santorini.
Abro con cuidado, apenas lo suficiente para entrar. Enciendo la luz y dejo las bebidas sobre el gran escritorio de madera.
Recuerdo las palabras de Ileana: "Lo vi guardar los documentos en una gaveta con una caja de seguridad adentro."
Abro una por una las gavetas del escritorio, sin encontrar nada. —Vamos, Ileana, que esto no sea en vano —susurro para mí misma. Vuelvo a revisar, golpeando suavemente el fondo de cada una. Todas suenan huecas, excepto la última. Presiono el fondo y escucho un clic.
—Bingo —murmuro—. Un fondo falso.
Saco la pequeña caja de seguridad y tecleo el código que me dio Ileana. Las luces cambian a verde y la cerradura se abre.
La mocosa tenía razón. Dentro hay varios documentos confidenciales; entre ellos, el que parece ser el testamento de Phineas Blein. No tengo tiempo de leerlo. Saco mi teléfono y comienzo a escanear cada página lo más rápido que puedo, enviando las copias directamente a Mishaal. Si me descubren, al menos la información ya estará a salvo.
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#5 La Red
AçãoHan pasado seis años desde Sonidos Mudos, pero sus vidas siguen marcadas por secretos, pérdidas y decisiones que no eligieron. La Red de Athenas sigue acechando, implacable, y esta vez sus víctimas ya no son indefensas. Son sobrevivientes. Luchadore...
