U N O

172 8 2
                                        

25 de junio de 1950

Es época de lluvias. Las goteras del tejado cada vez son más grandes y se están multiplicando. Un cubo de madera de casi tres litros de capacidad recoge la hilera de agua que cae sobre donde antes solía estar mi cama. La he movido hacia la ventana para evitar que se moje pero la humedad enfría las sábanas y las deja desagradablemente pegajosas.

Sobre mi cuaderno de matemáticas cae una solitaria gota. El agua borra dos dígitos de la ecuación y resoplo. Miro arriba. Noto en la frente un golpe pequeño, húmedo y localizado, luego el agua recorre mi nariz hasta caer sobre la mano que sostiene el lápiz.

Me levanto para ir en busca de otro recipiente con el que recoger las gotas. La tormenta torrencial sonoriza nuestra vivienda: no se escucha nada más que el tremendo estruendo del agua contra nuestro tejado. Encuentro a mamá cerca de la puerta principal, asomada a la ventana, frunciendo el chal contra su cuello como para protegerse del frío o de algo más. Sus facciones reflejan preocupación.

―¿Dónde está papá? ― pregunto. Parece que mi voz la asusta, parece que no se esperaba que hubiera nadie más en casa.

―Llegará enseguida ―dice en tono confidencial.
Me acerco a la ventana, a su lado, a pesar de que me da una mirada de reprobación. Veo mucha gente corriendo, una madre con su hijo a cuestas, dos niñas dadas de la mano y un grupo de hombres que avanzan rápidamente en dirección contraria. Más allá, todo se convierte en una cortina de lluvia.

―Mamá, ¿qué está pasando?

No encuentro respuesta hasta mucho después, incluso cuando papá viene y nos dice que nos tenemos que ir sigo sin entender las razones. Meto en un hatillo algo de ropa, mi cuaderno de matemáticas y una figura ecuestre tallada a mano que me habían regalado en mi decimosexto cumpleaños. Mamá saca casi todo y en su lugar añade algo de comida.

―Solo lo importante ―me repite las palabras de mi padre.

Caminamos durante dos días hasta el río Soyang y una barca repleta de otras personas nos lleva hasta la otra orilla. Todos llevan pocas pertenencias, algunos tan solo lo puesto, y mamá comparte nuestra comida con algunos de los extraños. De fondo, la explosión de las bombas. A veces veo columnas de humo pero no pienso más allá, no me pregunto qué estará pasando allí donde explotan esas bombas. En realidad, no hago preguntas en lo absoluto, viajo callada, observo la angustia en los ojos de mi padre y ayudo a mi madre cuando hay que preparar alguna comida rápida. No hace frío, pero la humedad se cala en los huesos y tirito bajo el brazo protector de mi padre.

En la otra orilla nos espera una especie de camión pequeño y nos subimos en la parte trasera todos los que podemos. La mayoría somos familias. Pasamos muchas horas acurrucados unos contra los otros y es entonces cuando logro enterarme de algo. Corea del Norte nos ha invadido. Dicen algo sobre el comunismo, un hombre menciona a Estados Unidos y Rusia, y otro asegura que nuestras tropas se están replegando al ser doblegadas por el ejército enemigo. En ese momento no entiendo nada, pero lo escucho todo.

―Papá, ¿a dónde estamos yendo? ― es el tercer día de viaje y estoy cansada. Siento que no tenemos un destino, que estaremos rodando sobre estas ruedas para siempre. Y por mucho que nos alejamos, no nos deshacemos del sonido de las bombas. Empiezo a pensar que siempre han estado ahí, desde el día que nací hasta ahora.

―A un sitio seguro, hija ―dice con aplomo. Su barba ha crecido y me resulta extraño mirarle, por eso pego mi mejilla contra su pecho y no me separo de él si no es totalmente necesario.

―No creo que haya un sitio seguro para nosotros ahora ―al decir eso los dos nos damos cuenta de que sé mucho más de lo que aparento saber. Mamá nos escucha porque está sentada justo a mi lado, abrazada al hatillo donde guarda los últimos alimentos que nos quedan.

―Iremos a casa de un viejo amigo, allí estaremos a salvo ―me asegura finalmente, pegándome un poco más contra sí mismo. Me quedo más tranquila sabiendo que tenemos un lugar al que ir y me duermo justo después de notar sus labios contra mi cabeza. El beso no suena más que en mi corazón.

Llevamos cinco días viajando. El trayecto es largo y nuestro automóvil es lento. Nadie tiene noticias sobre lo que está pasando fuera de nuestra burbuja, pero nos hacemos una idea cuando sufrimos una emboscada. Se trataba de una parada breve para repostar, los pasajeros siempre nos alegrábamos de poder estirar las piernas aunque fuera por cinco minutos. Los niños, ajenos a la realidad, saltan de júbilo y juegan con las piedras. Un disparo va a parar directo a una de las madres que los vigilan y luego todo se convierte en un caos.
Gritos, humo, disparos, sangre. Muchos corren de nuevo hacia la camioneta y otros pocos lloran a sus muertos. Mamá tira de mí y entre las dos acabamos subiendo a la mayoría de niños en la camioneta. Luego subimos nosotras.

―Espera, ¿dónde está papá? ―estoy tan asustada que ni siquiera puedo gritar. La camioneta se pone en marcha. ― ¡PAPÁ!

Frente a nosotros el humo va desapareciendo y veo figuras de hombres arrodillados, con las manos en alto y con armas apuntando a sus cabezas. Me doy cuenta de que los soldados nos dejan escapar fácilmente porque no les interesamos, quieren a los hombres. En un abrir y cerrar de ojos los más viejos han sido asesinados y los más fuertes y jóvenes permanecen ahí, asustados e inmóviles.
Encuentro a papá, le grito, quiero ir a por él pero mamá y otras mujeres me agarran de los hombros. Él me ve mirarle y sonríe. Es un tipo de sonrisa que me hiela el corazón, quiere decir "todo está bien, todo saldrá bien, pequeña" pero tiene un rifle contra su nuca y eso es todo en lo que puedo pensar. Poco a poco su figura se convierte en un punto oscuro y finalmente, en nada.

Tras la Guerra || KTHDonde viven las historias. Descúbrelo ahora