25 de octubre de 1963
Cuando amanezco en la granja, con el sol entrando por las rendijas de la ventana y el plácido rostro de Taehyung en la cama contigua a la mía, me siento como una niña otra vez. Estiro al máximo de mi capacidad mis extremidades, salgo de la cama y salto en la suya, sentándome a horcajadas de su cuerpo todavía amodorrado y pego mi nariz contra la suya para hacerle cosquillas en la punta. Taehyung me aparta aparentemente molesto pero luego se tira encima de mí y clava sus largos dedos entre mis costillas causándome una risa estrepitosa, hasta que mi madre irrumpe en la habitación y nos alienta a despegarnos de las sábanas e ir a desayunar.
Por supuesto, todo esto pasa en mi mente. La realidad es muy distinta, más áspera, más fría. Una incipiente barba asoma en la barbilla de Taehyung mientras que el anillo dorado que llevo desde mi boda me aprieta el dedo anular como de costumbre. Frente a Barclay no me atrevo a quitarlo, pues la única vez que lo hice recibí varios gritos y una humilde opinión por su parte acerca de mi aumento de peso. El anillo te quedaba perfecto el día de la boda, me había dicho, así que si ahora te aprieta es porque habrás engordado. No le quito la razón. Aun así, ni siquiera ahora soy capaz de desprenderme de esa joya tan brillante y esplendida, como si quitármela fuera deshacerme de la única cosa que me recordaba a quién pertenecía.
―¿Vas a quedarte ahí mirándome todo el día? ―dice Taehyung en un tono jocoso entremezclado con una voz aún pastosa. Luego abre los ojos y me ruborizo al instante, dándome la vuelta hasta quedar boca arriba con las manos juntas en el estómago.
―¿Cómo sabías que...? ―me atrevo a preguntar.
―No estaba seguro, pero me lo acabas de confirmar ―suelta el aire por la nariz en una risita y yo cierro los ojos fuertemente avergonzada.
―Solo estaba esperando a que te levantaras, duermes como un tronco, ¿sabes?
―Llevaba despierto un buen rato.
―¿Y por qué no te has levantado? ―le miro y él me devuelve la mirada sonriente.
―Porque me gusta escucharte roncar ―suelta con exceso de sorna y yo, presa de la indignación, le lanzó lo único que tengo a mi alcance. Taheyung atrapa la almohada tarde, después de que ésta se impacte con más suavidad de la que pretendía contra su rostro. Nos descubro riéndonos, con la boca bien grande y los ojos tan entrecerrados que dudo que ninguno pueda ver bien al otro. Las risas inundan la antigua habitación, la cual parece albergar un resquicio del tiempo ya perdido, un elixir de nuestro pasado. Pero cuando las risas se apaciguan vuelvo a la vida real, mis pechos son más grandes y su espalda más ancha: ya no somos unos niños. Me levanto de la cama y recupero la compostura mientras me paso los dedos por los mechones enredados.
―Sólo quiero que quede clara una cosa: yo no ronco.
La madre de Taehyung nos ha dejado el desayuno en la mesita de la cocina y, aunque echo de menos mi café matutino, disfruto del té de hierbas y las tortitas de arroz. Volvemos a Seúl mañana, así que tenemos el día libre y lo dedicamos enteramente a la granja. Taehyung vuelve a los campos de arroz para ayudar a su envejecido padre y a los jornaleros, mientras que yo lavo sábanas, las tiendo y preparo la comida de media mañana.
―Cuánto siento lo de tu madre, hija ―me dice la madre de Taehyung mientras ambas separamos los granos de arroz y los lavamos. Su mirada bondadosa persiste en unos ojos grandes que no han perdido su lucidez.
―Y yo siento lo de su hijo, me contó Taehyung lo de su internamiento y su inesperada muerte ― el recuerdo de aquel hermano no me causa ninguna alegría, pero sentí verdaderamente su muerte por las circunstancias de ésta. Según lo que Taehyung me había contado, murió en el hospital psiquiátrico por una infección pulmonar, aparentemente a causa de las malas condiciones higiénicas del nosocomio.
―Fue inesperada, sí. Pero no teníamos esperanzas de que jamás se recuperara, estaba demente desde que volvió de la guerra. Cuánto daño le debieron de hacer, cuánto... ―suspira consternada, con el rostro compungido en un dolor que parece querer asemejar al mismo que sufrió su hijo. ―Gracias a Dios que a Taehyung no le pasó nada, no sé qué hubiera sido de mí si también le hubiese perdido a él...
Se me forma un nudo en la garganta que me aprieta hasta doler. Yo tampoco puedo imaginarme un destino para Taehyung como el de su pobre hermano. De haber sido así, yo misma me hubiese vuelto loca con él.
―No he querido mencionarlo antes por no ser imprudente, pero veo que estás casada ―su madre cambia de tema de forma radical y yo tardo unos segundos en adaptarme al nuevo ritmo de la conversación.
―Sí, lo estoy ―respondo escueta.
―¿Es coreano?
―Estadounidense.
―Lo suponía ―sonríe taimadamente. ―Con lo bella que siempre has sido debiste ser muy codiciada entre los hombres.
―No lo creo ―me sincero. ― No recuerdo haberle gustado a ningún hombre aparte de a mi marido.
―Yo recuerdo algunos más ―agrega con un aire enigmático y una sonrisa cómplice. Quiero que se explaye un poco más, que me revele la información tras sus escuetas palabras, pero soy demasiado cobarde para saber la verdad. ¿Qué haría si mencionara a su propio hijo como uno de esos hombres? No podría tolerar la verdad, fuera cual fuere esa. No quería saber si era amada por él, y no quería admitir que yo si estaba enamorada de él.
ESTÁS LEYENDO
Tras la Guerra || KTH
Fanfiction1950, las tropas norcoreanas traspasan el paralelo 38 dando inicio a una de las contiendas más sanguinarias de la historia, la Guerra de Corea. Park Hyori huye con su familia hacia el sur del país, donde consiguen alojamiento en una granja a las afu...
