9 de abril de 1953
El hospital de sangre es bullicioso y algo terrorífico, un ir y venir de soldados ensangrentados, convalecientes y algunos tan heridos que me hacen dudar si siguen vivos. Pero a pesar de su aura sombría, es un buen hospital, dotado de médicos militares estadounidenses y equipos de medicina bastante actualizados. Ningún otro hospital de la comarca se le parece ni lo más remotamente. Estoy muy agradecida con el oficial Fernsby puesto que, de no haber intercedido en nuestro favor, mi madre estaría ahora tirada en una de las esquinas de un pobre hospital atestado de civiles.
―Estos estadounidenses están cuidando muy bien de mí, aunque no les entiendo ni media palabra de lo que me dicen. Entre ese coreano mal articulado y el inglés... ¡Podrían estar pinchándome morfina y estaría de acuerdo con ellos! ―espeta con una falsa molestia. Lleva dos días musitando las mismas quejas pero lo cierto es que no se está del todo mal aquí. Tiene alimento, una cama decente para ella sola y un baño privado muy coqueto. Hace tiempo que no tenía tanto. En los pocos días que lleva de hospitalización ha engordado dos kilos y sus mofletes empiezan a reaparecer lentamente.
―Sí, lo sé, mamá ―cruzo las piernas y miro por la ventana.
Llevo varios días con el ánimo decaído, concretamente desde aquella tarde cuando el oficial Fernsby se declaró. En ese momento fui sincera, le respondí algo como: "mira, lo veo muy precipitado, no quiero casarme contigo". Pero él no aceptó mi rechazo y me dio un tiempo para que pensara en ello. Desde luego que he aprovechado el tiempo, pienso en ello a todas horas y el ingreso de mi madre no ha hecho más que rizar el rizo de mis cavilaciones.
―El oficial ha venido a verte, hija.
Aparto la mirada de la ventana. En la otra esquina de la habitación hay una puerta con un pequeño recuadro de cristal a través del cual puedo ver el rostro del oficial. Me sonríe como diciendo: "ya estoy aquí, sal cuando puedas". Suspiro.
―Estás mustia, hija, cambia esa cara. No puedes ser tan desagradecida ―me reprocha con una vitalidad que antes no tenía. El hospital –para ser concretos: la comida, el calor, la salubridad –le está sentando de maravilla.― Sé lo que estás pensando y también sé que yo no te puedo ayudar a tomar esa decisión. Debes hacer lo que creas que es correcto.
Aguardo unos momentos en silencio sabiendo que va a añadir algo más. Siempre lo hace.
―Parece un buen hombre... ―añade con bondad y confianza. Aquí viene el discurso con el que pretende no influirme, pero que en el fondo, sabe que lo hace. ― Es un oficial del Ejército de los Estados Unidos, es elegante, carismático y atento. Hija, sé que la idea de irte a vivir con él a la otra punta del mundo da miedo, pero las cosas serán mejores para ti, estarás más segura, lejos de esta guerra despiadada, lo tendrás todo y aprenderás a quererle. ¿No te lo han dicho? Solo lo locos se enamoran a primera vista. A los hombres que hay que entenderles, cuidarles y finalmente aprender a quererles. Cuando consigas eso, todo será más fácil.
―Pero yo ya quiero a otro hombre ―espeto con los labios en un mohín.
―Vas a cumplir diecinueve años, eres una niña. Aun no sabes lo que es el amor, ¡a veces no lo sé ni yo!
Su argumento me molesta pero sé que diga lo que diga no podré rebatirlo. De todos modos no me siento cómoda hablando de amor, hombres y romance con mi madre. Como bien dice ella, me siento como una niña ingenua, incapaz de ponerle una etiqueta a lo que siente. Sé que pienso todos los días en Taehyung, que extraño nuestros paseos por los campos de arroz al caer la tarde, que aún recuerdo su aroma cuando descansábamos uno al lado del otro, que todavía siento sus largos dedos hundiéndose entre los mechones de mi pelo y sus labios encendiendo todo mi cuerpo... Pero, ¿qué significado tiene todo eso? ¿Por qué no puedo dejar de aferrarme a ello?
Cuando salgo al pasillo el oficial Fernsby está hablando amigablemente con uno de los doctores. En cuando me ve, le da una palmadita en la espalda, esgrime una sonrisa rápida y se dirige hacia mí.
―He venido en cuanto he podido. ¿Cómo está tu madre?
―Está mejor ―asiento, apartándole la mirada. ― Gracias por haber hecho que la hospitalizaran aquí. Sé que solo atienden a soldados o a civiles afectados directamente por la guerra, así que... Gracias, has hecho mucho por nosotras.
Las palabras de agradecimiento son sinceras pero me cuesta pronunciarlas. Tengo esta sensación que me oprime el pecho, como si le debiera algo, como si tuviera que devolverle de alguna forma todo lo que nos está dando. No creo que sea puro altruismo, aunque lo haga ver así.
―No es nada. Ya te dije una vez que lo que es una preocupación para ti, también lo es para mí ―agarra mi barbilla suavemente para encontrar mi mirada. Un calor abrumador me quema las mejillas y me encojo en mí misma, juntando los hombros con timidez. ― Hyori, conmigo no tienes que preocuparte por nada. Tu madre estará bien, tú estarás bien. De hecho, no tendréis que volver nunca más a esa pensión asquerosa.
Frunzo el entrecejo confundida y curiosa al mismo tiempo. Él me suelta, pero no crea más distancias entre nosotros.
―He hablado con unos colegas. Mientras dure la guerra y nuestro ejército siga aquí tu madre se irá a vivir a un complejo de apartamentos a veinte minutos de Busan. Han sido construidos hace relativamente poco y son mucho más hogareños que cualquier vivienda que pueda encontrar en esta ciudad. Convivirá con soldados americanos y con refugiados, gente como ella que tiene la protección directa de nuestro ejército. Te prometo que no le faltará de nada.
Mis ojos se llenan de lágrimas que contengo con todo el esfuerzo posible. Por un instante, veo desaparecer la pensión, las ratas inmundas, el olor nauseabundo, el hambre atroz...
―¿Y cuando termine la guerra?
―Cuando termine la guerra las cosas serán más fáciles. Te traeré de vuelta, si decides que quieres volver ―me agarra de los brazos y sus ojos añiles se clavan en los míos con consideración y querencia. ― Solo quiero poneros a salvo, cariño. Si vienes conmigo, ni a ti ni a ella os faltará de nada. ¿No suena ideal? Sé lo mucho que quieres a tu madre y que eres tan buena hija que harás lo que sea mejor para ella. De todos modos, dicen que esta guerra tiene los días contados, y después podremos volver. Esa es mi promesa.
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Tras la Guerra || KTH
Fanfiction1950, las tropas norcoreanas traspasan el paralelo 38 dando inicio a una de las contiendas más sanguinarias de la historia, la Guerra de Corea. Park Hyori huye con su familia hacia el sur del país, donde consiguen alojamiento en una granja a las afu...
