7 de septiembre de 1963
La habitación está a oscuras, tan solo una suave claridad entra por la ventana recortándose en las formas y figuras del tocador, del espejo de mesa y de la cómoda. Es una noche fría para ser principios de septiembre, un frío acrecentado por el viento de levante que sacude las ramas de los árboles con brusquedad. Aunque es la madrugada de un domingo no puedo cerrar los ojos, los mantengo abiertos como dos halcones, observándolo todo y nada al mismo tiempo. Las sábanas agarradas, fruncidas contra el pecho, me otorgan el único calor que soy capaz de sentir. Sin embargo, no son suficientes. Me siento congelada, no muevo ni un ápice mi cuerpo para no rozar centímetros de sábana que aún estén fríos. Sin embargo, no es ese tipo de frío el que siento, es uno mucho más difícil de remediar.
Saqué a mi madre de la residencia de mayores poco después de verla por primera vez y la traje a nuestra casa. En un principio no fui consciente del cambio que supondría en nuestras vidas. Aunque de haberlo sabido, no creo que hubiese tomado una decisión diferente. Poco a poco, Sophia había empezado a considerar a esa mujer extraña como su abuela y el trato que se daban la una a la otra me estremecía de la forma más dichosa posible. Sin embargo mi madre requería de muchos cuidados, necesitaba ayuda para hacer casi todo y ya no podía salir a la calle sin la compañía de alguien. Esto, por supuesto, me exigía una carga de trabajo enorme. Desde entonces, pasaba todo el rato con ella y el ir a trabajar suponía un reto.
Hacía dos semanas había ido a trabajar como todas las mañanas, después de dejar a Sohpia en el colegio, cuando me llegó la noticia de que mi madre se había caído por las escaleras y había estado gritando a todo pulmón durante más de una hora, hasta que los vecinos tuvieron que llamar a los servicios de emergencias. Al final no se había hecho ningún daño, pero se había armado un buen revuelo con los servicios sociales por dejar desatendida a una mujer en sus circunstancias. Mi marido, quien abiertamente despreciaba la presencia de mi madre en la casa, me había advertido por última vez que debía elegir entre volver a dejar a mi madre en la residencia o dejar el trabajo. Hasta entonces no había sopesado esa decisión de forma contundente, pero esta noche no dejaba de darle vueltas.
Por descontado, los últimos meses habían puesto en mí una presión desorbitante. Trabajaba en la compañía, me encargaba de los quehaceres de la casa, cuidaba de mi hija, cuidaba de mi madre, cubría las necesidades de mi marido... Todo mi día giraba en torno a cumplir con mis deberes, a asegurarme de que todos estuvieran felices y nada les faltara. Mi preocupación por todo esto era constante y cumplía con ello con ejecución perfeccionista. Pero había algo, dentro de toda esa rutina, que me hacía ligeramente más feliz, algo que me levantaba los ánimos caídos y me recargaba las fuerzas. Durante estos meses había pensado que ese algo era mi trabajo, un lugar donde no tenía tiempo para pensar en nada ni nadie más, donde era eficaz, donde era recompensada por mi esfuerzo. Y sí, en parte era cierto, pero lo que realmente me conmovía por dentro y me hacía dar los pasos que me llevaban hasta la oficina no era todo aquello, sino él. Taehyung. Por alguna razón, me seguía levantando todas las mañanas para poder estar cerca de él.
Sabía, por supuesto, que estaba mal pensar tanto en otro hombre como yo lo hacía. Y sabía que estaba mal esa necesidad ferviente de encontrármelo por algún pasillo, de rozar las manos en el intercambio de unos papeles, de devolvernos miradas fugaces o de compartir algún comentario rápido. Estaba mal, muy mal. Aun así a veces fantaseaba con seguir haciéndolo, incluso con cruzar la línea que separa lo moralmente malo de lo indiscutiblemente malo.
Unos sonidos en la entrada de la vivienda interrumpen mis cavilaciones. Miro el despertador de la mesita de noche: las dos y veinte de la madrugada. Un par de minutos después entra en la habitación mi marido. No intento pretender estar dormida porque sé que él ni siquiera me mira. Se desviste casi por completo y se tumba a mi lado, sin tocarme. Huele a alcohol y a mujer, una fragancia femenina que me resulta demasiado empalagosa. Me doy la vuelta dándole la espalda y con ambas manos bajo la cabeza sigo fantaseando con los roces de manos, las miradas fugaces, abrazos casuales y quizás labios cerca de los míos que me susurren buenas noches.
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Tras la Guerra || KTH
Fiksi Penggemar1950, las tropas norcoreanas traspasan el paralelo 38 dando inicio a una de las contiendas más sanguinarias de la historia, la Guerra de Corea. Park Hyori huye con su familia hacia el sur del país, donde consiguen alojamiento en una granja a las afu...
