3 de noviembre de 1962
La oficina es mucho más grande de lo que esperaba. Tiene varios sillones alrededor de una gran mesa de cristal, un mueble bar, una gran estantería llena de libros y folletos de viaje que ocupa toda una pared, un perchero sobre el que cuelga una solitaria chaqueta azul marina y al fondo un escritorio. El señor Kim está al lado de la mesa, mirando por la ventana con vistas a una de las avenidas más concurridas de Seúl. Sabe que he llegado porque ha escuchado el sonido de mis zapatos de tacón sobre la madera del suelo pero no quiere o no se atreve a mirarme.
―Disculpe el retraso, no volverá a pasar ―mi voz suena insegura e imperceptiblemente temblorosa. Ante la total falta de reacción por su parte decido acercarme yo misma hasta su escritorio y dejo el montón de hojas en una esquina. ― Espero que no haya ningún error. Yo... Llevo poco tiempo en este trabajo pero estoy segura de que... Quiero decir... Creo que está todo bien.
Balbuceo las palabras, presa de la desesperación por no recibir ni una sola mirada de su parte. Quiero hablar más fuerte, tocar su espalda, pronunciar su nombre... Pero no me atrevo, estoy atemorizada por todo este ambiente tan hostil y desconocido. Los recuerdos que tengo de él se dan de bruces y sangran contra la realidad que ahora afronto. Estoy tan incómoda que decido irme, pues tampoco tengo mucho más que hacer.
―Esto es todo, si me disculpa...― digo en un hilo de voz, hago una reverencia aunque él no me esté viendo y giro sobre mis talones hacia la puerta de salida, que ahora me parece el lugar tras el cual podré volver a respirar.
―Hyori.
Lo estaba esperando, finalmente mi nombre sale de sus labios. Me recuerda, me reconoce. Su voz es quejumbrosa y agrietada, prácticamente parece que le han arrancado mi nombre de la garganta. Me giro y él me está mirando, pero rápidamente aparta la mirada hacia los papeles que acabo de entregar.
―¿Sí, señor... Kim? ―me lanza una mirada con cierto atisbo de decepción, con las cejas curvadas y las comisuras de los labios hacia abajo. Probablemente esperaba que le hubiese llamado por su nombre, sin formalismos, como él acababa de hacer. Pero a mí me resulta imposible tratarle así.
De pronto suelta una risita ladeando la cabeza hacia un lado y asintiendo levemente, su cuerpo en completa relajación en comparación con lo tenso que estaba hace unos instantes. Me quedo completamente petrificada.
―Sí, aún me gusta cuando dices mi nombre.
Le miro de hito en hito sin saber qué decir ante eso, aunque una cálida sensación se apodera de mis sentidos cuando vuelvo a escuchar esa risa tan peculiar. El señor Kim recorre la sala hasta el perchero, pasando por mi lado, y se pone habilidosamente la chaqueta en un solo movimiento.
―Ven conmigo.
Termino siguiéndole hasta fuera del edificio, donde la noche nos hace depender de las farolas que arrojan luces amarillentas y la humedad de la reciente lluvia me humedece los pómulos. Le sigo por las calles llenas de charcos, por las calles llenas de transeúntes que debemos ir sorteando, por las calles atestadas de bares y restaurantes que entremezclan sus olores en las terrazas por las que caminamos... Le sigo obedientemente sin atreverme a preguntarme a dónde estamos yendo porque, de alguna forma u otra, no me importa. Puedo seguir sus largas piernas hasta donde sea. Mientras lo hago me siento como una niña otra vez. El infantilismo me recorre las entrañas, doy pequeños saltitos para seguir su paso acelerado y miro su mano queriendo alcanzarla. "Tae, espérame" le diría, y él giraría su cuello para mirarme con una sonrisa divertida y me daría la mano y se pondría a correr mientras me arrastra.
Solo unos momentos después llegamos a un restaurante japonés y mis ensoñaciones se ven interrumpidas cuando dejamos las calles y encontramos refugio en el interior del establecimiento. Él se desabrocha los botones de la chaqueta al sentarse y un mechón mojado cae libremente por su frente. Yo me aliso la falda y tomo asiento justo enfrente.
―Hyori ―vuelve a decir mi nombre pero esta vez con la cálida sonrisa a la que me tenía acostumbrada. Parece que la actitud anterior la ha dejado entre las paredes de su edificio y ahora solo somos nosotros dos, sin títulos ni relaciones profesionales. ― Cuéntame, ¿dónde has estado?
Bajo la cabeza, mi sonrisa desvaneciéndose. No quiero hablarle de estados unidos, ni de Berclay ni mucho menos de por qué me fui de Corea. Un camarero deja las bebidas en nuestra mesa y hago una mueca de agradecimiento.
―Es una larga historia ―resumo, pero obviamente él no se queda satisfecho.
―Tengo tiempo.
―Mi vida no es tan interesante. ¿Qué hay de ti? Eres director de uno de los principales periódicos del país.
Sonríe con orgullo, pero sin rastro de muecas propias de una persona vanidosa.
―Empecé hace dos años y la verdad es que no fue difícil conseguir un hueco en el mercado. Somos el único periódico que incluye noticias de calidad de todas las partes del mundo y de los pocos que no estamos comprados por el gobierno. A la gente le gusta ―se encoge de hombros como restándole importancia, pero el orgullo está marcado en todo su rostro.
―Debe ser muy difícil encontrar colaboradores en otros países.
―No, realmente no. Cuando estudié en la universidad de Berlín hice buenos contactos, luego en Londres conocí a muchos de los compañeros con los que colaboro hoy en día y en París también me hice amigo de un chico americano que ahora es subdirector del New York Times.
―¡Eso es... increíble! No sabía que habías viajado tanto ―digo genuinamente sorprendida y alegrada por él. De pronto recuerdo aquella primera carta que recibí cuando él todavía estaba en la guerra. Me hablaba de lo bonita que era esa ciudad tan desconocida para los dos y de lo mucho que le gustaría visitarla conmigo. ― Así que al final fuiste a París...
Su sonrisa se ha desvanecido y juro que veo destellos húmedos en sus ojos antes de que dé un trago al vaso de soju.
―Te lo conté todo... Cada cosa que pasaba, cada ciudad nueva en la que estaba, cada amigo que hacía... Te lo escribía a ti en cartas que nunca recibieron respuesta ―aparta la mirada hacia otra de las mesas que resultan estar demasiado cerca de las nuestras y luego prosigue. ― Ya lo sé, nunca las recibiste. Te mudaste de casa y me intentaste enviar una carta con tu nueva dirección pero yo cambiaba tanto de vivienda que acabó perdiéndose y yo nunca la llegué a leer. Seguí enviándote las cartas a pesar de todo porque pensaba que al menos alguien las leería y porque, aunque esa persona no fueras tú, yo solo pensaba en ti mientras las estaba escribiendo y eso me llenaba el corazón de felicidad.
―Yo-...― no estoy muy segura de qué decirle pero él me interrumpe, esta vez clavando sus pupilas en las mías. Alguien ha agarrado nuestros corazones en un puño y las lágrimas amenazan con salir porque compartimos el mismo dolor.
―No digas nada, no quiero saber la verdad ―sentencia y yo suelto un jadeo tan leve que apenas es perceptible. Hay pesadumbre en su mirada y yo me siento rabiosa contra el mundo por no haberme dejado recibir esas cartas. Las imágenes de los papeles llenos de su escritura rotos por toda la habitación me nublan la vista y bajo la mirada. En mi puño, aún sostengo su "te quiero". ― Hyori...
Él acerca sus manos hacia las mías y me toca, sus dedos apenas hacen contacto con los míos pero ese pequeño gesto me estremece y siento como mi corazón echa raíces en mi cuerpo. Me pregunto cómo un roce tan insignificante puede hacer que me arda la piel pero luego lo sé. Con él siempre ha sido así, incluso las cosas más nimias eran grandiosas a su lado. Él no dice nada más, los puntos suspensivos que siguen a mi nombre se evaporan en el aire y los dos fijamos la mirada en aquel punto donde nuestros cuerpos se tocan.
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Tras la Guerra || KTH
Fanfic1950, las tropas norcoreanas traspasan el paralelo 38 dando inicio a una de las contiendas más sanguinarias de la historia, la Guerra de Corea. Park Hyori huye con su familia hacia el sur del país, donde consiguen alojamiento en una granja a las afu...
