2 de abril de 1952
Han pasado poco más de tres meses desde que Taehyung se fue. El trabajo de los campos, que ahora recae completamente sobre los hombros de su padre, ha convertido al hombre en un ser taciturno y monótono, siempre demasiado cansado como para mediar más que unas pocas palabras con nosotras.
Por lo tanto, las únicas dos personas con las que realmente hago vida son mi madre y la madre de Taehyung. Durante el día trabajamos sin parar y por las noches, arrimadas a la lumbre, las escucho hablar sobre trivialidades mientras tejo y opino sin saber. Algunas veces mencionan a Taehyung en tiempos verbales pasados, dicen cosas como "él tardaba mucho menos que su padre en la siembra, en menos de un día podía tener terminado todo el pasto oeste". Pero me resulta sorprendente como nunca se hace referencia a él en tiempos presentes, intentando imaginar cómo estará o qué estará haciendo. No mencionarle ni a él ni a sus hermanos se ha convertido en un acuerdo tácito de importante cumplimiento.
Pero ahora que he sacado a colación el tema de sus hermanos, hace poco menos de tres semanas recibimos la inesperada llegada de un coche civil que devolvía a su hogar al hijo mediano del matrimonio. El hermano de Taehyung, muy diferente a él en cuanto a aspecto físico, había sufrido el alcance de una granada que le ha dejado con una pierna amputada y cojo de por vida. Me pareció escuchar, tras las cortinas de una de las habitaciones, que había estado en coma durante semanas y que casi muere desangrado. En ese momento me estremecí de la congoja y pensé: ¡cuánto horror! Taehyung debe cuidarse.
Quizás fuese porque es su hermano o porque a mí, al ser la menor, me vieron la más adecuada para la tarea, el caso es que me he estado ocupando de él prácticamente desde el mismo día en que llegó. No solamente estoy pendiente de él a lo largo del día sino que también compartimos habitación por las noches, donde duerme en la cama que solía ser mía.
―¡Ey! ¡Ey! ¡Levanta! ― siendo casi las dos de la mañana estoy profundamente dormida pero sus gritos implacables me despiertan como latigazos. Luego me doy cuenta de que no han sido solamente sus gritos, sino que me ha fustigado un par de veces con un cinturón de hebilla metálica. ― No soporto este dolor, tráeme algo anda. ¡Y con el frío que hace...! Cierra mejor esa ventana que al final me moriré congelado. Vamos, date prisa.
Aún con los párpados pesados me muevo con rapidez. Me escapo a la cocina en puntillas para agarrar el ungüento y, cuando vuelvo, destapo su tren inferior y quito las vendas del muñón. Éste aún no está totalmente cicatrizado y expulsa pus y sangre negra. El dolor que debe sentir, efectivamente, debe ser intolerable, pero yo, a diferencia de lo que él piensa, no obro milagros y hago solamente lo que puedo. Después cubro la ventana con una toalla, asegurándome de tapar todos los agujeros y rejillas, hasta que la habitación se sume en una oscuridad fúnebre y tétrica. Cuando por fin me vuelvo a tumbar el olor a putrefacción me da arcadas y me encojo sobre mí misma intentando escapar de la fetidez.
Los días siguientes son todos iguales pero cada vez se me antojan más duros. El hermano de Taehyung se convierte en el único tema de conversación de la familia y es en lo único en que yo invierto mi tiempo. Su madre, al principio solemne y cariñosa, empieza a desquebrajarse y se lamenta de lo mucho que la guerra ha cambiado a su amable hijo.
―¡Esto es un asco! ¡Es una auténtica porquería! ¡Hasta en las trincheras se comía mejor que aquí! Ni siquiera sé por qué he vuelto, todo estaba mejor antes, entre bombarderos, entre compatriotas, entre hombres... ¿En qué momento se ha convertido esta casa en lo que es ahora? Son esas dos, esas dos... ¡Ellas hacen que todo esto esté mal! Si no tienen a donde ir, entonces que mueran, ¡como han hecho muchos de los nuestros!
Los ataques hacia nosotras eran constantes, incluso hacia sus propios padres. La madre de Taehyung bajaba la cabeza avergonzada y nos pedía perdón, aunque eran sus ojos los que se llenaban de lágrimas. El padre, por otro lado, evitaba pasar más tiempo del necesario en esta vivienda que se había convertido en infierno.
―¿Qué piensas? ―me pregunta mi madre en una de esas noches de lumbre, lana y voceos. El hermano de Taehyung está sentado en un sillón con el muñón apoyado sobre un par de cojines. Está hablando consigo mismo, murmurando improperios y alzando la voz de vez en cuando. Mi madre me dijo, en tono completamente confidencial, que la guerra le había vuelto loco.
―Estoy haciendo un jersey para Taehyung. El verde es su color favorito ―levanto el trozo de lana de mi regazo y lo miro con devoción. Será cálido y sencillo, justo como él.
―No me refiero a eso ―añade bondadosamente. Agarra la labor y asiente en forma de aprobación. Sé que le parece una distracción superflua, algo que me ayuda a evadirme por un rato de la realidad que nos aprieta, pero nunca dice nada al respecto. ― ¿Qué opinas de nuestra situación?
Es la primera vez que se interesa por saber mi opinión, lo cual me deja un poco desconcertada. Dejo la labor a un lado y pienso: ¿cómo me siento? ¿Estoy a gusto últimamente? ¿Acaso importa? No, desde que Taehyung se fue en esta casa soy solo una extraña, su hermano es un déspota y se me llenan los ojos de lágrimas cada vez que tengo un momento para pensar en mí misma. Por eso no pienso, esto es lo que tengo que soportar y debo hacerlo con entereza.
―Hay gente que está peor ―termino diciendo y vuelvo a coger la labor y tejo rápidamente. Una hilera de puntos del derecho y otra hilera de puntos del revés. Es fácil, es divertido. El jersey le sentará de maravilla.
Mi madre suspira, insatisfecha. No volverá a preguntar por mi opinión.
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Tras la Guerra || KTH
Fanfiction1950, las tropas norcoreanas traspasan el paralelo 38 dando inicio a una de las contiendas más sanguinarias de la historia, la Guerra de Corea. Park Hyori huye con su familia hacia el sur del país, donde consiguen alojamiento en una granja a las afu...
