27 de julio de 1953
Hace unas semanas vinieron unos señores a instalarnos la televisión a color, un avance científico y tecnológico que poquísimas familias pueden permitirse. La tecnología punta ha atrapado a mi suegra, quien se pasa largas horas frente a la pantalla del televisor, con la boca semi abierta y los ojos muy grandes y fijos. Lejos de molestarme me siento profundamente agradecida por la nueva adquisición, pues el tiempo que la mantiene embobada es tiempo que no tengo que compartir con ella.
Mi suegra es una mujer estirada, educada y soberbia. Todas las reglas de la casa están bajo su mandato y es obstinada en sus ideales. Cada rincón de la enorme vivienda está decorado al más mínimo detalle y todas sus bagatelas son de una importancia colosal para ella. Aparte de sus múltiples preocupaciones sobre la ordenanza y limpieza de la casa, su mayor preocupación, su mayor interés, es el bienestar de su hijo. Vive con él desde que se quedó viuda, su marido falleció durante la Segunda Guerra Mundial, un veterano de guerra también. Desde entonces la mujer se ha convertido en una ornamentación más de la casa, algo inamovible, inexorable, para siempre presente.
No quiero que se me malinterprete, no tengo una especial animadversión hacia ella, porque tampoco me haría ningún bien tenerla. Acato sus órdenes, enmudezco y asimilo sus constantes críticas hacia mí. "Querida, no quiero que te sientas culpable. Es normal, eres extranjera, no sabes nada. Solo intento convertirte en la mejor mujer para mi hijo, dado que él ya te ha escogido para formar parte de su vida". Su forma de referirse a mí siempre es pacífica, comprensible y aparentemente bondadosa. Pero para ella tan solo soy una niña ignorante que ni siquiera sabe utilizar la cubertería.
La televisión se apaga cuando el sonido de la puerta de entrada hace eco en la sala de estar. Mi suegra se estira rápidamente y sale a recibir a su hijo. El oficial Fernsby, a quien recientemente acostumbro a llamar Barclay, hace su aparición en el pequeño cuarto. Le da a su madre la chaqueta de uniforme que cuelga de su brazo y luego besa su mejilla.
―Bienvenido ―mi voz suena dulce como la de una niña, lo cual probablemente haya hecho que un escalofrío parta en dos a mi suegra. No le gusta mi edad ni mis rasgos infantiles ni la ignorancia que los diecinueve años conlleva. En cambio, hubiese preferido para su hijo una mujer que, al menos, se le pudiera denominar como tal.
―Hyori ―dice mi nombre rápido, sin pronunciar correctamente todas las sílabas. Su rostro se ilumina con una sonrisa plácida, alegre de verme. Se acerca a la ventana, donde estoy terminando de pelar unas patatas para la cena y me besa la coronilla. ― Los lunes se me hacen eternos. Me has echado de menos, ¿verdad, cariño?
―Sí ―asiento, alzando la cabeza para mirarle. Él apoya la mano en el respaldo de mi silla. ― Los lunes es el día que más tarde llegas.
―¿Qué es esto? Te estás haciendo daño ―dice de pronto, percatándose de los cortes en mis dedos. Todavía no soy muy buena utilizando este artilugio metálico, que es no es un cuchillo, sino algo más específico para pelar patatas. Me coge de las manos y hace que me levante. ―Ven, tienes que curarte eso. Mamá, ¿puedes seguir tú con la cena?
Su madre, quien ha visto todo desde el umbral de la puerta, esgrime una sonrisa de falsa consideración y se dirige hacia las patatas.
―Lleva tres meses aquí y todavía no sabe utilizar un pelador...― rechista entre dientes, lo suficientemente alto para que todos lo oigamos.
―Ya aprenderá, mamá ―él sale en mi defensa y mi corazón se siente cálido y protegido por unos instantes.
Barclay me lleva hasta nuestra habitación y me da un par de tiritas para cubrir los cortes. Cuando se va al cuarto de baño a guardar el resto me percato de un periódico que yace sobre la cómoda de ébano. El Sunday Mirror anuncia en letras grandes y vistosas el siguiente letrero: ha terminado la guerra en Corea. Cojo el periódico con manos trémulas y mis ojos se llenan de lágrimas intentando entender la noticia. ¿Ya está? ¿De verdad ha terminado? ¿Taehyung... Taehyung ha vuelto a casa? Mi madre, la granja... ¡mi padre! ¿Todos están finalmente y para siempre a salvo? ¿Ya puedo volver?
―Ah, lo has encontrado ―Barclay aparece por detrás, haciéndome dar un respingo. Mi giro hacia él con los ojos cristalizados y una felicidad que sobrepasa los límites, pero por mucho que quiera saltar de alegría me contengo y espero a que hable. Debo reconocer que no parece compartir mi misma exaltación. ―Quería decírtelo durante la cena, ni siquiera mi madre se ha enterado. El armisticio se ha firmado hoy mismo.
―Esto... ¿significa que todo ha terminado? ¿Puedo volver a casa? ―la mala elección de mis palabras le provoca una mueca que por poco me pasa desapercibida. Luego chasquea la lengua con desagrado y ladea la cabeza. ― No quiero decir que-...
―¿Eso es lo que quieres? ¿Te enteras de que la guerra ha terminado y lo único en lo que piensas es en volver?
Su voz suena más ruda que al principio, dejando entrever claramente su molestia. Me doy cuenta de lo maleducada que he sonado, como dando a entender que solo estoy aquí con él por protección y no por algo más, no por algo como amor o compromiso. Al principio se puede decir que sí era así, pero llevaba conviviendo con él más de tres meses y mentiría si no dijera que muchas veces disfrutaba de su compañía o su atención.
―No, lo siento, yo... No quería decir eso... Es solo que me preocupa mi madre, eso es todo ―mi mentira ladina le pasa desapercibida y parece calmarle un poco. Pocas veces se enfada o molesta conmigo, y cuando lo hace es solo de forma ligera como ahora. Aun así no me gusta verle así, se pone tenso, muy serio y parece verdaderamente amenazante.
―Cariño, tu madre está bien. Mis hombres me reportan sobre ella todos los meses.
―Pero la guerra ha terminado... tus hombres se irán y se quedará sola.
―Eso no va a pasar ―da unos pasos hacia mí y acuna mi rostro entre sus grandes y pálidas manos. ― Te podría explicar las razones pero es difícil para que tu pequeña cabeza las entienda. Lo único que tienes que saber es que mi ejército seguirá allí y tu madre seguirá protegida y a salvo. Entiendo que quieras volver pero no debes pensar en eso todavía, el conflicto armado puede que haya terminado pero la posguerra es mucho peor. ¿Entiendes?
―Sí ―tartamudeo mientras le miro de hito y en hito.
―Bien ―sonríe y deja un beso en mi frente. ―Ahora vayamos a cenar, estoy hambriento.
ESTÁS LEYENDO
Tras la Guerra || KTH
Fanfiction1950, las tropas norcoreanas traspasan el paralelo 38 dando inicio a una de las contiendas más sanguinarias de la historia, la Guerra de Corea. Park Hyori huye con su familia hacia el sur del país, donde consiguen alojamiento en una granja a las afu...
