V E I N T I S E I S

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1 de marzo de 1963

Ha cambiado mucho, me digo mientras la observo de perfil, sentada en una butaca de estampados florales que está dispuesta cerca de la ventana del salón. Tiene las arrugadas manos descansado sobre el regazo, cerca de una tripa abombada y caída. El rostro es una miscelánea de arrugas, patas de gallo y líneas de expresión, aunque sus mejillas se mantienen tersas y lisas. Durante todos estos años había guardado su imagen en mi mente, esa imagen de la última vez, como una fotografía que es ajena a las cualidades del tiempo. Por muchos años que pasaran, la juventud siempre se mantenía en ella dentro de mi mente.

―Siempre me ha gustado esta casa, tiene muy buenas vistas a Jong-ro ―dice mi madre, con los ojos posados en la gran avenida por la que decenas de coches frenan al unísono de un semáforo rojo. Varias personas cruzan entonces el paso de cebra, largo y estrecho, en ambas direcciones.

―¿Has estado aquí antes? ―me sorprendo.

―Una vez, hace mucho tiempo.

Me doy cuenta de que hay muchas cosas que no sé, como por ejemplo la relación que han tenido Taehyung y mi madre durante estos años marcados por mi ausencia. Me hace sentir celosa, incluso envidiosa, de que ellos sí hayan podido estar juntos. Si de mí hubiera dependido, nunca me habría ido de Corea y nunca me habría alejado de ellos. Pero el destino tuvo planes diferentes para nosotros y, dentro de lo malo, agradecía que mi madre hubiera tenido cerca a Taehyung.

―En realidad, no hace tanto ―Taehyung interviene. Acaba de traer una bandeja con tres tazas y una pequeña jarra de porcelana que desprende un humeante olor a té. Nos sirve a cada una mientras prosigue: ―Nos encontramos hace poco más de un año en los alrededores de Samseong-Dong, cerca de Naskan Park. Tu madre había salido a dar un paseo y se había perdido así que la invité a cenar y pasó la noche en mi casa hasta que al día siguiente conseguí descubrir dónde se alojaba. A veces es difícil volver a casa, ¿verdad?

―Sí ―responde mi madre, lacónica, aún con la mirada perdida en un punto lejano.

Alcanzo la taza que me corresponde y la apoyo en mi regazo, agarrándola con ambas manos para sentir el calor abrasador que desprende. Por el rabillo del ojo compruebo que Sohpia está entretenida con unas figuras que Taehyung le ha prestado nada más entramos en su casa. Se trata de un delfín, una cebra y un orangután de cristales de murano, adquiridos personalmente en una tienda de Venecia. Son preciosas figuras multicolores que temo que se rompan en las torpes manos de una niña pequeña, así que la echo un vistazo varias veces solo para asegurarme.

―Entonces, ¿sigues viviendo en el complejo residencial del ejército estadounidense? ―pregunto con curiosidad. Mi voz es tranquila, suave y conciliadora, pero también cuidadosa e insegura. Mi madre apenas me ha dedicado unas cuantas miradas y no he tardado mucho en darme cuenta de su incipiente demencia. Me resulta una mujer extraña, difícil de descifrar.

―Eso... Sí, ahí. Cerca ―por primera vez desde que llegamos aparta la mirada de la ventana y se inclina para coger su taza de té con un tembleque parkinsoniano que me hace temer que vierta todo el contenido de la taza en la alfombra.

―Hace mucho tiempo que ese complejo de apartamentos se cerró ―añade Taehyung, inclinado con los codos apoyados sobre las rodillas. ― Me parece que fue en el año 57, muchas tropas estadounidenses abandonaron el país y ese lugar lo compró el gobierno para utilizarlo como residencia de estudiantes. Por ese entonces yo acababa de llegar de París y gracias a un encuentro fortuito retomamos la relación, la ayudé a hacer las maletas y encontramos una residencia de mayores muy bien resuelta.

―¿Tú estás pagando su plaza en la residencia? ―dentro de todas las preguntas que se me arrebujan en el cerebro, suelto esa. Taehyung asiente con naturalidad mientras se reclina hacia atrás en su asiento. Entonces bajo la mirada, el corazón en un puño y una rabia mal gestionada me viaja por las venas. Mi marido jamás me había informado de esto, a pesar de que no fueron pocas las veces que saqué a colación preguntas acerca de mi madre. Él siempre respondía con seguridad y vehemencia: todo está bien, tu madre está feliz y cuidan bien de ella.

―Después estuvo un periodo largo en el hospital, tras un ictus. Por ese entonces yo estaba trabajando en el extranjero y no me enteré de esto hasta que nos encontramos aquella vez que se había perdido. Desde entonces la tengo más controlada ―comenta con una sonrisa que le otorga un toque jocoso a su última frase.

Un ictus... Pienso en ello durante el resto de la conversación y le empiezo a encontrar el sentido a muchos comportamientos extraños que mi madre adopta. Diez años no eran suficientes para explicar su exacerbado envejecimiento y pérdida de funciones. Pero en lo que más pienso, por encima de todo lo demás, es en el engaño de mi marido respecto al apartamento en el que juraba y perjuraba que mi madre vivía segura y feliz. Le doy vueltas al tema como una peonza: cuando nos vamos de la casa de Taehyung, cuando la llevamos juntos hasta su nueva residencia a apenas unos quince minutos andando de distancia, incluso al final cuando nos despedimos de él...

―Gracias ―hago una pausa incómoda y añado: ― Por todo. Por cuidar de mi madre cuando yo no estaba y por no echármelo en cara. Has sido tú mejor hijo que yo.

―Aprecio a esa mujer como si fuera mi madre, es buena y fuerte, como su hija. Y te quiere mucho, aunque hoy no lo haya mostrado. Antes del ictus me hablaba mucho de ti. Decía que tenía el presentimiento de que eras muy feliz y que tenías una buena vida en los Estados Unidos.

Sus palabras me hacen apartar la mirada de sus ojos profundos y sinceros. Estamos en medio de la calle, frente a la residencia donde acabamos de dejar a mi madre. Sohpia se ha entretenido en las escaleras para observar a un gato pequeño que es receloso de su espacio personal. Pienso mucho lo que voy a decir y en si debo, o no, ser honesta.

―Un presentimiento demasiado optimista, diría yo.

―¿Por qué? ―frunce el ceño él y yo niego con la cabeza para restarle importancia. Estoy a punto de despedirme cuando me acuerdo:

―¿Qué es eso que me querías decir? Antes, en el parque, dijiste que necesitabas hablar conmigo ―le miro con ilusión, curiosa. Pero esta vez es él quién ignora mi pregunta y aparta la mirada hacia Sophia, quien viene corriendo a mis faldas.

―Nada que no pueda decirte mañana ―una sonrisa cruza sus facciones como un rayo de luz y, con la misma serenidad, se despide.

Tras la Guerra || KTHDonde viven las historias. Descúbrelo ahora