T R E I N T A I N U E V E

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10 de febrero de 1963

En la lejanía se divisa un trozo de tierra grande y verde, envuelto en una masa espesa de niebla. Las gaviotas que sobrevuelan los cielos han sido las que han alertado a la tripulación de la llegada a la nueva nación y también me han alertado a mí, avisando a mis oídos antes que a mis ojos de lo que tenía enfrente. El paso de los minutos acorta las distancias y mi corazón se encoje con cada avance, con cada ola que choca contra la cubierta tratando de detener al crucero de llegar a su destino. Sophia me pregunta varias veces si de verdad hemos llegado, si este es por fin nuestro destino final.

―Sí, cariño. No volveremos a viajar más, ya hemos llegado ―la tranquilizo.

Cuando el barco atraca y nos dejan salir agarro el asa de la maleta con una mano y con la otra sujeto con firmeza la muñeca de mi hija. En el puerto hay mucha gente observando impaciente entre la multitud, buscando a sus seres queridos hasta divisarlos y abrazarlos con una calurosa bienvenida. Más que alegría por el bien ajeno siento una profunda desazón, una tristeza casi incapacitante, un nudo en la garganta que crece directamente proporcional a la cantidad de personas que veo abrazarse y reunirse. Con esa sensación recorro las calles de esta ciudad extraña hasta encontrar la calle Rue de Gasté número 15. Presiono el telefonillo y aguardo unos instantes. Sophia no ha hablado mucho durante el trayecto pero observa con curiosidad sus alrededores, fijándose en el extraño idioma que no entiende y en la vestimenta diferente que caracteriza a estos habitantes. Cuando aparece un gato de debajo de un coche grita "¡gatito!" y los transeúntes nos dirigen una mirada de reprobación.

El gran portón de madera se abre y una mujer de alrededor de cuarenta años con el cabello gris recogido en un moño nos saluda en un idioma que desconozco. Ante mi incomprensión la mujer sonríe escuetamente y nos permite el paso en la gran vivienda. Con señalizaciones nos dirige hasta un amplio salón con paredes de papel pintado, grandes sillones, una televisión y bonitos ventanales. Sohpia se agarra a mi falda y yo me agacho para cogerla en mis brazos.

―Usted debe ser Hyori ―en la entrada del salón aparece la figura de un hombre muy alto y delgado, vestido con un elegante traje a juego con el diseño de su propia casa. Tiene un marcadísimo acento francés, así que me cuesta un poco entender las palabras que malamente pronuncia en inglés. ―Bienvenida, la esperaba hace dos días. Habrá habido algún contratiempo, ¿no?

Su amabilidad se hace patente en el momento en que me sonríe. Es una sonrisa sincera en la que se pliega la piel de alrededor de sus ojos de forma bondadosa.

―Sí, creo que fue la niebla lo que hizo al barco reducir la velocidad ―explico brevemente.

―¡Oh, sí! Ya me imagino. ¡Aunque no creo que haya tanta niebla en todo el océano como en esta ciudad! Parece que estamos maldecidos todos los inviernos. Pero en fin, ya se acostumbrarán ustedes a ella ―el extraño, a quien conozco con el nombre de Jean, ríe melodiosamente y yo tenso la boca. ―Deben estar agotadas, la señorita Paula les enseñará su habitación. Ella no habla inglés, es española, vino refugiada aquí en el 39 cuando terminó la guerra civil. Desde entonces hemos vivido juntos. Es una mujer espléndida, estoy seguro de que encontrará alguna forma para comunicarse con ustedes. Si la necesitan, siempre estará a vuestra disposición. Yo me voy a ausentar por unas horas pero estaré aquí a las siete para la cena. Nos vemos entonces.

Jean, con su afable sonrisa, me resulta una persona agradable pero su diálogo se me hace incomprensible por momentos. Hago una reverencia pronunciada y le doy las gracias. Él vuelve a sonreír.

―Oh, por cierto. ¿Cómo está Taehyung? ¡Qué pena que no haya podido venir! Supuse que vendría toda la familia. Así podría decirle en persona lo preciosa que es su mujer. Y su hija, por supuesto ―Jean sonríe tanto que sus ojos desaparecen y junta las manos en una palmada sonora bien enérgica.

Tras la Guerra || KTHDonde viven las historias. Descúbrelo ahora