V E I N T I N U E V E

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24 de octubre de 1963

Siete meses, eso había sido todo. Un tiempo demasiado corto, una sincronía entre nosotras que  ya no era la misma y que yo achacaba directamente a la desvaída e impávida forma que había tomado su personalidad. El segundo ictus vino de una forma inesperada, cuando dormía plácidamente después de una cena tranquila en el sillón de la sala de estar. Normalmente le gustaba reposar la comida frente al televisor mientras contaba con los dedos las cuentas de un rosario y yo la dejaba estar hasta que terminaba de limpiar la cocina, no más tarde de las diez de la noche. Ese día, cuando fui a avisarla de que ya era la hora de irse a la cama, me la encontré presuntamente dormida, con la cabeza caída en una incómoda postura y el rosario en el suelo. La calma y extrañeza inicial dieron paso a una sensación de agobiante preocupación mientras la sacudía en desesperados intentos por despertar su alma ya desvanecida. Todavía recuerdo con dolorosa exactitud la incipiente rigidez de sus miembros y la temperatura aún caliente de su piel que se fue perdiendo hasta que llegó la ambulancia. No necesité que me dieran la noticia para saber que había muerto.

Barclay se encargó del papeleo: llamar a la funeraria, hablar con el sacerdote, firmar los papeles de defunción, elegir el tipo de sepultura, la forma y calidad del ataúd... Todo ese proceso que me resultaba delirantemente doloroso fue Barclay quién lo asumió y, de hecho, lo hizo con mucho ímpetu. Parecía hasta emocionado de poder ser director de toda esa orquesta de llamadas y decisiones respecto a la muerte de mi madre. Lo único que le pedí fue que me dejara enterrarla en Busan, y no en Seúl. A mi marido le pareció buena idea, quizás porque se libraba de tener que asistir al funeral.

Dos días después de su muerte certificada pongo rumbo a Busan, yo sola con una maleta pequeña y ligera. Me encuentro arropada por la oscuridad circundante de la madrugada otoñal, fría y agradable al mismo tiempo. Aguardo de pie tras la verja de mi casa, donde todas las luces están apagadas a excepción de una tímida bombilla de la entrada. Las plantas de los pies me pinchan por el pequeño tacón de los zapatos y la humedad de la noche se me pega en las mejillas y me entra por la nariz. Mi objetivo es no pensar en nada mientras espero al coche que me viene a recoger, pero solo queda en un intento infructuoso. He perdido a mi madre y me siento desconsolada pero por razones que no deberían ser. A la mujer que realmente lloro es a la que dejé hace más de diez años para ir a buscar un futuro que se suponía que era mejor para mí. A esa mujer amable, fuerte y tremendamente solitaria, más por las circunstancias de su vida que por voluntad propia. Mi madre y yo, que éramos entrañablemente cercanas, fuimos separadas por un gran océano y cuando nos reencontramos ya nada era lo mismo. A decir verdad la había cogido durante estos meses un cariño nuevo, como si estuviera aprendiendo a amar a una persona totalmente diferente. Pero ahora que ha fallecido sigo pensando en aquella madre de antaño, que siempre he guardado en mi corazón, y no en la paciente de la que cuidaba en mi casa.

Finalmente, un coche atraviesa la calle desierta y frena suavemente hasta que llega a mí. La puerta del piloto se abre y él rodea su vehículo hasta ponerse frente a mí y agarrar la maleta que sostengo. 

―Lo siento, Hyori ―dice con sincera condolencia. Sus cejas marcan profundamente la intensidad de sus sentimientos. También su voz, que suena asolada, me da a entender lo mucho que a él le ha afectado la muerte de mi madre, a quién seguramente conocía mejor en estos últimos años que yo.

No me queda más que asentir, abandonada a la incapacidad de formar palabras, así que Taehyung abre el maletero y yo aprovecho para resguardarme de la humedad del ambiente en su coche. Cuando se sienta a mi lado y pone las manos sobre el volante me fijo en la hora, las cinco y media de la mañana. Es un trayecto larguísimo hasta Busan y debemos llegar antes de las seis de la tarde para acudir al entierro.

―Gracias por acompañarme.

―Habría ido de cualquier forma, la quería como si fuera mi madre.

―Lo sé ―sonrió ligera e inevitablemente y él responde de la misma manera, mostrándome esa hilera de dientes blancos que le caracteriza.

Hacemos más de tres horas en silencio, en una atmósfera nostálgica y cómoda al mismo tiempo. Taehyung conduce rápido y yo doy cabezadas contra la ventanilla del coche mientras me sumo en un largo duermevela. Después de hacer una parada a medio camino para repostar y tomar un café volvemos a la carretera con las energías renovadas y el sol de mediodía aviva nuestra conversación.

Llegamos a Busan poco antes de las cinco y cuarto de la tarde. Nos recibe un clima cálido y un cielo desprovisto de nubes que le otorga al ambiente una alegría discordante con la armonía de la situación. A la hora prevista hacemos acto de presencia en la Iglesia Ni Cristo Local de Busan, cerca del parque Samnak donde se encuentra un pequeño aunque coqueto cementerio rodeado de cerezos sin flor. En el entrada de la iglesia hay un puñado de personas que podría contar con los dedos de una mano, destacando las figuras de los padres de Taehyung como los únicos rostros que logro reconocer. Saludo con educación a su padre y luego me abrazo a su madre, la cual parece flechada por una juventud eterna. El abrazo me resulta reconfortante pero también tremendamente melancólico. Siento que estoy abrazando a mi propia madre, a mi propia infancia, a mi yo de aquellos años que acababa de perder a su padre, a aquella niña que corría feliz por campos de arroz y desafiaba a Taehyung a carreras en bicicleta. Es el único momento en el que me permito llorar y ni la misa del funeral ni el ataúd descendiendo a la profundidad de la tierra logran arrancarme una sola lágrima.

A las ocho de la tarde sigue haciendo sol y, aunque la temperatura ha descendido, sigue abrumándome un insólito calor de finales de verano. Frente a mí una sepultura con el nombre de mi progenitora y dos fechas, la de su nacimiento y la de su fallecimiento. Pero hay mucho más que se ha enterrado ahí. El amor que nunca más volveré a sentir, por ejemplo, ese amor eterno y maternal que ha arrebujado mi infancia. El más grande que jamás conoceré o que me permitiré conocer.

―Ponte la chaqueta o te quedarás helada ―escucho segundos después de notar una prenda pesada sobre mis hombros. Me aparto esquiva y Taehyung me mira a los ojos.

―Hace calor.

―Tienes la nariz roja y la piel de gallina ―apunta dirigiendo la mirada a mis brazos, parcialmente cubiertos por una camisa de manga francesa. Insiste una vez más en ponerme el chaquetón que esta misma madrugada me había protegido del frío y que ahora me resulta excesivo.

―Vámonos, ya se ha hecho tarde.

Paso a su lado y pongo rumbo hacia el coche, sus padres ya se han ido porque querían tenernos preparada la cena para cuando llegáramos. Taehyung no tarda en ponerse a mi lado, cargando con mi chaqueta en su brazo y aumentando mi paso al poner su mano en mi espalda cuando unas insignificantes gotas de agua comienzan a llover del cielo.

Tras la Guerra || KTHDonde viven las historias. Descúbrelo ahora