3 de noviembre de 1962
Los años caen sobre él como un manto que lo envuelve y que le otorga un aspecto refinado, elegante y maduro. Ataviado con un traje azul marino con la chaqueta desabotonada dejando ver una camisa blanca de lino y unos zapatos relucientemente negros, luciendo unos hombros anchos y un peinado hacia atrás que expone la dura línea de su mandíbula... Niego ligeramente la cabeza, sin poder apartar la mirada de ese hombre, asegurándome que no puede ser él.
―Señor Kim, estos son los artículos de los que le hablaba. Los he revisado personalmente pero puedo enviárselos a su oficina para que les eche el último vistazo.
El jefe de sección es absolutamente correcto en sus maneras y destierra todo rastro de la soberbia a la que nos tiene acostumbrados. El señor Kim está ahora de espaldas a mí pero veo como levanta algunas de las hojas y luego vuelve a meter las manos en los bolsillos del pantalón de su traje.
―Muy bien, envíemelo cuanto antes ―su voz grave y profunda vibra por toda la sala. Me da la sensación de que todos estamos escuchando activamente la conversación y probablemente yo no soy la única en cuya piel aún retumba la voz del señor Kim. Suena tan segura, tan dominante y, al mismo tiempo, tan familiar. ― ¿La noticia del desmantelamiento de las bases soviéticas en Cuba está lista? Saldrá en portada mañana.
―Sí, señor. La traducción estará lista esta misma noche.
―Lo necesito ya. Se suponía que debía haberlo recibido a mediodía.
La autoridad del señor Kim hace que el jefe de sección balbuceé y mire en derredor buscando una salida a su nivel de ansiedad creciente. Cuando hace contacto visual conmigo bajo la mirada y me entretengo en colocar las páginas de mis traducciones en algún tipo de orden que carece de sentido.
―La señorita no las pudo terminar a tiempo, pero creo que ya están terminadas ―dice mi jefe, quien se dirige hacia mí con el señor Kim a sus espaldas. Estoy tan avergonzada que no me atrevo a levantar la mirada. Por el rabillo del ojo veo a los dos hombres frente a la mesa de mi escritorio. El señor Kim tiene las manos en los bolsillos pero puedo ver la reluciente luz plateada que refleja las manecillas de su reloj de muñeca. La correa es de cuero marrón y queda parcialmente tapada por la manga del traje. ― Señorita Hyori.
Mi jefe carraspea mi nombre con incomodidad y una amabilidad impostada. Levanto la cabeza con las mejillas encendidas y un sudor frío recorriéndome la espalda. Es entonces cuando lo sé. Ni aunque toda una eternidad hubiese pasado por él podría pasarme desapercibido. Es él, está aquí frente a mí... Hay muchas cosas diferentes, como la seriedad que ocupa sus facciones, su cabello antes largo y revuelto que ahora peina hacia atrás, incluso los atisbos de vello facial que hace años no eran más que una promesa... Me quedo quieta, el aire abandona mis pulmones y no vuelve a entrar. Mientras tanto él parpadea, entreabre los labios como si estuviera a punto de decir algo, frunce las cejas como si no pudiera creérselo.
Pero de pronto recobra la compostura, vuelve a estirar la espalda y retoma esa actitud indiferente y pausada de hace unos segundos. Mis piernas están temblando cuando se dirige a mi jefe.
―Necesito esas traducciones en mi oficina cuanto antes. Quiero supervisarlas personalmente.
El señor Kim me vuelve a dar la espalda sin dedicarme una sola mirada más y se dirige hacia las escaleras.
―Sí, señor Kim. Ahora mismo se las sube la secretaria ―mi jefe hace una pequeña reverencia, el alivio haciéndose notar en su tono. Pero el señor Kim se gira de nuevo y mi jefe vuelve a tensarse como una cuerda.
―No, quiero que lo haga la traductora ―me apunta con el mentón, pero sin apartar la mirada de mi jefe. Después se da la vuelta y desaparece por las escaleras. Como por arte de magia, el ruido de la sala recobra los decibelios a los que me tiene acostumbrada y ahogo en ellos el sonido acelerado de mi respiración.
Quince minutos escasos han pasado desde entonces y ahora me veo obligada a subir las escaleras y recorrer los pasillos que llevan hasta su oficina. Con las traducciones debidamente ordenadas y pegadas contra mi pecho me voy debatiendo en cómo actuar o qué decir cuando le tenga delante. Si hubiese podido idear mi reencuentro con Taehyung lo habría desarrollado de una forma totalmente diferente. Su mirada chispeante y sus cartas de amor todavía las guardaba en mi corazón, pero ahora más que un recuerdo parecían un sueño. Él me había reconocido y había sido tan distante como el trato que le pudiera haber dado a cualquier otro empleado. ¿Es que no me había reconocido? ¿Se había olvidado? O peor... ¿ya no le importaba?
Su secretaria tiene un pequeño y coqueto escritorio fuera de la oficina. La joven mujer se levanta educadamente al verme llegar y me indica que espere mientras ella se cuela en la oficina de su jefe durante unos breves instantes.
―Puede pasar, el señor Kim la está esperando ―su sonrisa amable no alcanza sus ojos los cuales son rasgados como los de un felino y, al mismo tiempo, suficientemente grandes. Sin embargo, su cortesía me resulta demasiado agradable y me urgen las ganas de darle a ella las traducciones para evitar entrar en esa oficina.
Finalmente, tomo una bocanada de aire y con una seguridad impostada atravieso las puertas que me separan de él.
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Tras la Guerra || KTH
Fiksi Penggemar1950, las tropas norcoreanas traspasan el paralelo 38 dando inicio a una de las contiendas más sanguinarias de la historia, la Guerra de Corea. Park Hyori huye con su familia hacia el sur del país, donde consiguen alojamiento en una granja a las afu...
