T R E I N T A I S E I S

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18 de enero de 1963

Cuando llega por fin la noche me encuentro agotada. Se ha levantado un viento fuerte que golpea contra las ventanas de la habitación de invitados, asustando a Sophia. La tenue bombilla de la mesita de noche alumbra sus facciones suaves, infantiles y pacíficas, ahora que finalmente se ha quedado dormida. Guarda bajo el brazo el conejo de peluche, el cual no ha soltado prácticamente en todo el día. Cuando la he preguntado al respecto ha contestado que simplemente le gustaba, pero algo me decía que esa no era toda la verdad. Creo que muy en el fondo sabe que las cosas no están yendo bien, que nadie en su sano juicio huiría de su propia casa y correría por la ciudad descalza. Creo que ese peluche le da la seguridad que yo no puedo darle, el consuelo que yo no consigo ofrecerle.

―Duerme bien, cariño ―me inclino sobre ella para besar su frente y aguanto los labios unos segundos contra su piel. Luego suspiro profundamente, apago la luz y salgo de la habitación sin hacer ruido.

Taehyung me espera en su habitación, sentado contra la cabecera de la cama y con las sábanas hasta la cintura. Tiene puestas unas gafas redondas de montura fina y negra, y en el regazo tiene apoyado un libro delgado de poco más de doscientas páginas. Levanta la mirada cuando entro y se quita las gafas en un movimiento rápido y delicado.

―Le daba miedo la tormenta, pero ya se ha dormido ―le informo mientras me asomo a un pequeño espejo que tiene colgado de la pared y hago el amago de quitarme los pendientes. Es parte de la rutina; quitármelos cuando me voy a dormir y ponérmelos al despertarme. Solo que esta vez no los tengo puestos. Salí de casa sin pendientes hace ya un día. Tomo una bocanada de aire y me giro hacia Taehyung.

―Creo que tiene otros miedos, aparte de la tormenta ―añade de forma sosegada, aunque lo siento como un ataque.

―Pensaba que no me juzgabas ―me siento en el borde de la cama opuesto a él con un aire de indignación. No tengo otro remedio que compartir cama con él, aunque ésta es lo bastante grande para que duerman dos personas sin tocarse. No estoy segura de que eso sea lo que quiera.

―No lo hago ―añade lacónico, luego suspira. ― Creo que has hecho bien en venir aquí, es un sitio seguro para vosotras. Pero también creo que su padre la estará buscando como un loco. Al menos, eso es lo que yo haría si mi hija desapareciera.

Afortunadamente le estoy dando la espalda y no puede leer en mi rostro lo mucho que detesto oír esas palabras. No hay nada que me pueda decir que yo no haya pensado antes, ningún daño que me pueda provocar que yo ya no me haya auto infligido. Soy una persona incapaz de mantener la mente en blanco, pienso constantemente en las cosas y me culpabilizo fácilmente con ellas. Lo último que necesito es a alguien repitiéndomelas en voz alta.

―Estoy muy cansada ―resumo con la mirada fija en las manos que descansan en mi regazo. Un golpe en la ventana me sobresalta ligeramente y temo que el viento pueda despertar a mi hija.

―Lo siento, no quería... ―el colchón se mueve debajo de mí hasta que noto una de sus manos sobre mi espalda, acariciándola suavemente. ― Me alegra mucho teneros aquí. Voy a hacer todo lo que esté en mi mano para ayudaros.

Giro el cuello ligeramente en su dirección, mostrándome frágil con una lágrima que recorre mi mejilla. Él la recoge con sus dedos y chasquea la lengua.

―Ven aquí ―dice.

Subo las piernas a la cama y voy hasta él para ser abrazada. Sus brazos me recogen como a una niña, permitiéndome apoyar la cabeza en su cuello y rodearle la espalda. Desprende dos cosas sutiles: un olor humano y característico, y un calor abrasante pero que al mismo tiempo me calma. Me siento segura en su abrazo, caliente como un bollo en el horno, dichosa como una adolescente enamorada de quien la corresponde. Me ahogo en esta sensación de seguridad y bienestar. Siento que no pertenezco aquí, que esto nunca ha sido lo que estaba destinada a sentir. Puede que tampoco lo merezca: la ternura, el placer, la confianza. El amor es muy diferente para los que siempre hemos estado hambrientos. Nos podríamos tirar sobre las vías de un tren para conseguirlo pero luego no sabemos qué hacer con él, no sabemos gestionar el placer que produce porque no creemos que lo merezcamos. Y cuando lo perdemos, lo queremos de vuelta. Es como un tira y afloja eterno donde nunca vas a estar satisfecha del todo. Pero si algo he aprendido en esta vida es que nada te corroe más que el arder en deseo y no decirlo. Amar en silencio es el peor castigo que nos podemos poner a nosotros mismos. Y yo ya estoy cansada, muy cansada del dolor gratuito.

―Voy a besarte.

―¿Qué?

Taehyung parpadea un par de veces antes de que presione mis labios con los suyos. No es un beso como los otros, cuidadoso y pulcro. No. Le beso con tanta desesperación que me quedo sin respiración. Presiono la parte de atrás de su cabeza para acercarle a mí y el tira de mi camisón hacia su cuerpo. Si yo estoy hambrienta, él está ansioso. Me muerde los labios y me aprieta la carne de las caderas, todo con una sensualidad que se mantiene firme entre sus deseos desbocados. Gimo en su boca y rodeo los brazos alrededor de su cuello mientras él me monta en su regazo. El libro ha caído al suelo provocando un ruido rápido y contundente. Pero cualquier sonido está muy lejos de alcanzarnos, estamos inmersos en un mundo muy alejado de este, uno que llevaba tiempo esperando por nosotros.

***

El día siguiente es sábado, así que Taehyung se queda en casa con nosotras. Me ayuda a ponerle algunos deberes para suplir las ausencias de la escuela y luego cocinamos todos juntos, experiencia que se vuelve mucho más divertida de lo que hubiese esperado. Taehyung es muy paciente y me doy cuenta, si es que no lo había notado antes, de que es muy bueno con los niños. Sabe explicar las cosas de una manera sencilla y divertida, hace algunas bromas y no se molesta cuando algo de harina cae al suelo o cuando mi hija le agarra de la camiseta con las manos manchadas del color rojo del kimchi.

―Hija, ten cuidado, estás poniendo la cocina perdida ―rechisto mientras hundo las palmas de las manos en un bol de agua y harina, tratando de darle forma a la masa del mandu. Las empanadillas de carne y vegetales son las favoritas de ambos y es uno de los platos principales de la comida de hoy.

―No pasa nada, es normal manchar mientras se cocina, ¿verdad? ―dice despreocupado y seguidamente le da un toque de color en la nariz de la niña, dejándole una mancha roja y pringosa de salsa agridulce. Sohpia le grita y se ríe, pero en la melodía de esa risa infantil distingo el sonido de unos nudillos contra la puerta de entrada.

―Silencio ―les hago callar, agarrando el brazo de mi hija. Taehyung me mira expectante. ― He escuchado algo.

Unos segundos después se vuelve a escuchar, esta vez fuerte y claro, la llamada en la puerta. Me pongo en tensión instintivamente, pero Taehyung parece tranquilo. Se limpia las manos en una toalla y sale hacia la entrada. Sophia intenta ir con él pero la agarro y la mantengo pegada a mí.

―Buenos días, ¿quién es usted? ―habla Taehyung con cortesía.

―Sabes perfectamente quién soy. ¿Dónde está mi mujer?

Tras la Guerra || KTHHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora