30 de diciembre de 1951
No hay un día más triste. No, por mucho que lo reflexione no puedo evocar un momento más triste en mi vida. Dejar atrás nuestra aldea fue duro, abandonar a Papá en aquel paraje a punta de pistola fue desgarrador, incluso despedir al fotógrafo me conmovió por dentro. Pero todas esas circunstancias comparten la misma cualidad: han sido inmediatas, rápidas, fugaces. Nunca tuve tiempo para recoger mis pertenencias más valiosas, o para evadir el ataque de aquellos soldados o para prepararme mentalmente para la partida del fotógrafo. Fue todo tan repentino y desconsolador.
Por lo tanto, imaginaba que despedirme de Taehyung sería más fácil, pues llevaba meses haciéndome a la idea de que hoy, en su decimoctavo cumpleaños, se alistaría en el ejército. A diferencia de lo anteriormente mencionado, esta vez sí que lo había previsto, sí que había tenido tiempo de sobra para disfrutar, complacerme y aprovechar su presencia. Pero de alguna forma eso era lo que me resultaba tan trágico: el haberme mentalizado tanto para despedirle y que aún no estuviese lista para dejarle ir. Pienso: quiero un rato más con él, un momento más con él, una sonrisa más, un último abrazo que nunca termine. No tengo suficiente.
―¿Qué hago si no encuentro a nadie con quien hablar? O peor aún, ¿y si hablo sin parar y la gente se cansa de escucharme? No creo que todo el mundo me vaya a escuchar como tú lo haces. ¿Y si no hago amigos? ¿Qué hago con todo lo que tengo que decir? Si hablo solo, en voz alta, pareceré un chiflado.
Estamos en el gallinero, sentados sobre un almiar de casi dos metros de altura, lo que nos procura vistas prodigiosas a los campos de cultivo. El sol en el horizonte comienza a caldear nuestros rostros, aún rosáceos por el frío de la madrugada. Esta noche no he podido conciliar el sueño, así que cuando Taehyung me ha propuesto, todavía entre tinieblas, salir a ver el amanecer, no me ha costado ningún esfuerzo el despegarme de las sábanas que se me antojaban agobiantes.
―Estoy segura de que harás amigos ― digo taciturna, bamboleando los pies que caen al vacío.
―No sé de qué hablaré con ellos ―suelta un suspiro y prosigue: ― Contigo las palabras me salen solas. Es fácil hablarte porque siempre me escuchas. Ni siquiera pienso lo que digo, simplemente lo hago. No sé, es extraño. Nunca me había parado a pensarlo hasta ahora.
Asiento cabizbaja. A veces creo que mi silencio le retroalimenta. No necesito contestarle para que él continúe eternamente con su monólogo. Quizás es por los sonidos de comprensión o por los asentimientos de cabeza o por mi mirada atenta, pero él siempre sabe que estoy escuchando cada palabra que dice.
―Harás amigos que quieran escucharte, Taehyung ―repito llena de convicción. Miro su rostro de perfil, estoy sentada un poco más hacia atrás así que observo el lóbulo de su oreja y la mata de cabellos ondulados que cubre su cabeza. ¿Cómo no podría hacer amigos? Te hace sentir dichoso tan solo teniéndole a tu lado.
―Sí, seguramente sí ―admite finalmente. Es fácil de convencer.
―Y sino siempre puedes escribir. Es bastante liberador.
Me inclino hacia él hasta apoyar la barbilla en su hombro. Taehyung rechista chasqueando la lengua.
―No sé escribir.
Un suspiro se escapa de mis labios. Había pensado que la escritura podría ayudarle pero cuando me dice eso me quedo sin opciones.
―Qué pena. Podría haberte enseñado.
Taehyung gira el cuello y nuestras narices se rozan delicadamente. Cierro los ojos. Su frente acaba apoyada contra mi sien y nos quedamos así un rato, quietos como un ratón sin escapatoria frente a su cazador.
―Puedo aprender ―dice al cabo de un rato y yo, incrédula, sonrío.
Ni siquiera es mediodía cuando vienen a recogerle. Un oficial y dos soldados encargados del reclutamiento aparcan en la parte posterior de la vivienda, aquella que conecta con un camino de arenilla y piedra que conduce hasta otras villas más pobladas. Los padres de Taehyung le han preparado un atillo con comida y algo de ropa, poco, pues todo lo que necesitará se lo darán allí. Su madre le ha hecho ponerse una camisa y le ha peinado el pelo hacia un lado, de tal forma que sus cabellos ondulados y normalmente libres están ahora forzados a una postura concreta.
Mi madre me agarra del brazo y, sin necesidad de mediar palabra, me obliga a quedarme dentro de la casa. Los padres de Taehyung van a acompañarle hasta el coche militar y mi madre considera que esa despedida debe ser estrictamente familiar. Pero Taehyung se gira a medio camino y busca mi mirada como diciendo "¿dónde estás? ¿Por qué no caminas a mi lado?".
Finalmente es mi madre la única que aguarda en casa y yo le acompaño hasta quedar delante del coche militar. Observo a los hombres que le van a escoltar y siento un escalofrío. Se me hace insólito que una persona tan sonriente, cálida y amable como Taehyung vaya a compartir su tiempo con aquellos hombres tan antipáticos, circunspectos y rudos. Alguno de ellos tiene marcas y cicatrices visibles pero se me hace imposible imaginar que algo como eso pueda suceder en la piel tersa y suave de Taehyung. Simplemente me cuesta imaginar que de verdad se vaya a ir.
No me he dado cuenta de que ya se ha despedido de sus padres, los pobres que ya han visto a todos sus hijos partir y a ninguno volver. Taehyung me rodea con sus largos brazos y siento que una calidez recorre mi interior. Hundo la nariz en su cuello y absorbo su aroma, como intentando memorizarlo y fijarlo en mis propias fosas nasales, para que así todo me huela a él. Cuando se separa y me mira a los ojos, su voz suena en calma y solemne.
―En cuanto vuelva iremos a ver el mar.
Me muerdo el interior de las mejillas con fuerza para no llorar. Él se sube en el coche y nos dedica una última sonrisa, una inocente y optimista. Quién diría que se va a la guerra.
―De todos nuestros hijos, es el más ingenuo ―se lamenta su madre, mirando al suelo y dejando que las lágrimas rieguen los brotes de mala hierba.
Cuando vuelvo a nuestra habitación encuentro su fotografía sobre la cama. Suelto un suspiro atragantado y miro por la ventana. Su marcha no es más que el comienzo de la cuenta atrás hasta que nos volvamos a encontrar.
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Tras la Guerra || KTH
Fanfiction1950, las tropas norcoreanas traspasan el paralelo 38 dando inicio a una de las contiendas más sanguinarias de la historia, la Guerra de Corea. Park Hyori huye con su familia hacia el sur del país, donde consiguen alojamiento en una granja a las afu...
