24 de mayo de 1962
El parque infantil es ruidoso, lleno de voces agudas y hasta repelentes que gritan constantemente. A pesar de no ser muy grande está infestado de una multitud de críos, cuyos padres se distribuyen por los alrededores del recinto mientras charlan entre ellos y les echan un vistazo rápido de vez en cuando.
Sophia está sentada en la arena a tan solo tres metros de mí y se divierte con otros niños compartiendo sus juguetes. Quise ponerla un nombre coreano cuando nació, hace ya casi cuatro años, pero mi suegra metió cizalla hasta que Berclay cambió de opinión y eligió el nombre que más le gustaba a su madre. En el fondo estoy satisfecha, el nombre es bonito y la sienta como anillo al dedo.
Estoy sentada en un banco de madera, con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos y con un libro en el regazo. Cada tanto levanto la mirada y la veo jugar y divertirse. Es una niña preciosa, de piel nívea y ojos oscuros ligeramente rasgados. Me alegro, en secreto, de que haya salido más a mí que a su padre.
Estos días de mayo se me están antojando algo estresantes y tengo una mezcla de sentimientos que no sé cómo subsanar. Hace diez meses mi suegra falleció por leucemia y seguidamente a mi marido le propusieron un destino a Seúl. La felicidad que me invadió en ese momento fue mayúscula. Había pasado tanto tiempo y tantas cosas que ni me atrevía a desear volver a mi país, pero de repente ahí estaba la posibilidad de volver, y por supuesto que la tomé. Pero ahora que era tan inminente me sentía extraña, nerviosa, preocupada...
―Cariño ―la voz de Barclay me saca de mis cavilaciones. Viene de la estación de ferrocarril, donde también se compran los billetes de avión. Su estilo desenfadado, que consiste en una chaqueta fina granate con cuello de pico y unos pantalones marrones, le hace ver juvenil y apuesto. Noto, prácticamente cada vez que salimos juntos, cómo muchas mujeres de rangos de edades dispares le miran. Algunas de reojo, otras más descaradamente. Cada vez que él se da cuenta su pecho se infla de orgullo. ―Ya lo tengo, tres billetes para Seúl el día 1 de junio.
―Has tardado menos de lo que esperaba ―me levanto del banco y cuelgo el bolso sobre uno de mis hombros. Barclay coge la mochila de la niña que yo he olvidado a un lado. ―Sophia cariño, nos tenemos que ir ya.
―¿Ya? Un ratito más ―su voz suave y aguda siempre me ablanda el corazón. Me agacho para acercarme más a ella, los volantes de mi vestido posándose sobre la arena.
―No, cariño, papá ya ha vuelto. Además, estás llena de tierra ―resoplo ―tengo que limpiarte que sino papá no te deja subir al coche.
La levanto de los costados y la saco del recinto arenoso, la siento en uno de los bancos y quito sus zapatitos uno a uno para quitarle bien la arena. Ella canta mientras tanto canciones infantiles y bambolea los pies y las manos. Sonrio para mí misma, es una niña feliz y alegre. No quiero que suene como una de esas declaraciones grandiosas de las madres, pero realmente quedarme embarazada de ella ha sido lo mejor que me ha pasado a mí y a mi matrimonio.
Cuando la termino de limpiar miro sobre mi hombro y veo a Barclay recogiendo los juguetes mientras habla con la madre de otro niño. Una mujer joven, americana y tan simpática que ninguno de los dos deja de sonreírse.
―Vamos, cariño ―le digo a mi hija, quien baja del banco de un salto y me da la mano.
En el coche devuelta a casa escuchamos un disco de canciones infantiles y nos reímos de la forma tan tierna que tiene Sophie de enfadarse cuando se equivoca. Cuando llegamos preparo la cena y exactamente a las siete la sirvo en la mesa de la cocina. Sophie se come todo el plato, se toma un vaso de leche y la llevo a la cama. Me quedo con ella leyendo un cuento de princesas hasta que se queda dormida y su mejilla blandita se aplasta contra la almohada.
―¿Ya se ha dormido? ―me pregunta Berclay cuando voy a verle a su estudio. Estos días está muy ocupado y no se va a dormir hasta pasadas las dos de la mañana.
―Sí, como un tronco ―rio ligeramente y apoyo las manos sobre sus hombros para masajearlos. Frente a nosotros hay una mesa llena de papeles, números telefónicos, planos... Absolutamente de todo. ―Yo también voy a dormir. No te acuestes muy tarde.
―Iré a la cama en cuanto termine esto ―dice girando el cuello para mirarme. Me inclino sobre él para darle un beso raudo y él hace un sonido de satisfacción cuando nos separamos. ―Buenas noches.
―Buenas noches.
Cierro la puerta de su estudio y arrastro mis pies cansados hasta nuestra habitación. Estoy a punto de meterme entre las sábanas cuando veo los billetes de avión sobre la cómoda. Cojo el que lleva mi nombre y me siento en la cama. Destino: Seúl. Aún no me creo que vaya a volver. Estos últimos años me han hecho madurar, he construido un matrimonio estable y sincero, he dado a luz al amor de mi vida, he estudiado en la Universidad de Boston y me he convertido en una persona segura de mí misma. Los días en casa de mis padres se me antojan muy lejanos y los días en la granja me resultan irreales. Recuerdo aquellos días en los que era tan feliz con una intensidad tal que parece un sueño más que un recuerdo. ¿Acaso es real esa felicidad tan pura, tan plena, tan perfecta?
El amor de mis padres sé que fue verídico pero hay algo más. Taehyung. Hace años que no digo su nombre en voz alta e incluso pensarlo se siente como un pecado. Cuando estaba con él le sentía como mi otra mitad, como alguien con quien compartir todo y sentirse completa a su lado. Es difícil de explicar y es algo que todavía estoy intentando procesar. Lo único que puedo decir es que, incluso cuando dejé de recibir sus cartas y todas las que tenía acabaron rotas entre mis dedos, aún le sentía como si fuera mi otra mitad. A veces, aún lo siento como si fuera mi otra mitad.
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Tras la Guerra || KTH
Fanfiction1950, las tropas norcoreanas traspasan el paralelo 38 dando inicio a una de las contiendas más sanguinarias de la historia, la Guerra de Corea. Park Hyori huye con su familia hacia el sur del país, donde consiguen alojamiento en una granja a las afu...
