SAFE

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Si miras al rededor, todo parece derrumbarse de a poco; todos parecen cansados y su esperanza se vuelve débil cada vez que nos enfrentamos al enemigo. Ellos creen que, ahora que lo ven con ojos desesperanzados, no es un mal lugar para morir. No puedes dar un paso en falso, ni siquiera puedes voltear para observar sobre tu hombro; resulta perturbador en algunas ocasiones, y el sueño no es un placer necesario. Es, como podrás imaginar, sumamente preocupante y... triste, además. Cabe resaltar, querida, que cada mañana al salir el sol, lo único que tengo en mente es volver a casa. Volver sano y salvo, a todos, a ti... Te extraño. Eres lo único que me da esperanza en un mundo tan oscuro como este. Lo más valioso, recuérdalo siempre. No puedo esperar a que termine la guerra y abrazarte hasta que mi fuerza se agote.

Encontré hace poco, y entre toda esta tierra marchita, una frágil margarita que se conserva tan pura y fresca desde la primera vez que la vi, hasta hoy; cinco semanas después. El día que esta se seque, habrá muerto mi esperanza. Por lo pronto, me recuerda a que cada vez queda menos por volver. Espero ganar, no quiero que recibas a un soldado desdichado en la puerta de tu casa.

Te quiero por siempre. Tu querido amigo, Steven Rogers.

Había enviado esa carta el último día del mes de febrero, ahora; casi siete meses después, todavía su vida representaba un campo minado. Segundos atrás una bala casi impacta contra su cabeza, la mitad de su escuadrón estaba muerto; por proyectiles o por bombas enemigas, vio a niños ser tomados de rehenes y pidiendo por sus vidas obteniendo una respuesta despiadada y fría. Había salvado tantos como pudo

. Nunca vio tanta crueldad en una sola imagen, pero al final de cuentas ellos no eran diferentes. También había disparado un arma, tampoco le había importado cobrar más de una vida, menos dejar un soldado atrás cuando era necesario. Se trataba de sobrevivir y ganar.

— ¡James! — fue lo único que gritó, la última persona a quien llamó y al único que en ese momento esperaba que se encontrara bien— ¡Bucky!

— ¡Déjalo, no podemos esperar!— gritó alguien a su lado, a pesar de eso su voz se oyó lejana. El bombardeo, la neblina, los disparos; lo estaban aturdiendo. Apenas sabía en qué dirección estaba corriendo— ¡Capitán!

— No me iré sin Bucky.

Corrió tan rápido como pudo, dando media vuelta para llegar lo que parecía ser un refugio improvisado dentro de un hoyo no tan profundo. Su corazón latió con fuerza y su cabeza comenzaba a palpitar hasta causarle un dolor intenso que al final lo hizo caer de rodillas sobre el suelo.

— ¡Steve! — llamó su amigo— ¡Por aquí!— se arrastró hasta tomar su mano con fuerza— Gracias a Dios estás bien.

—Estás herido. — señaló su brazo.

— Estará bien. Haré un torniquete improvisado y eso cortará la hemorragia, con suerte y así no lo perderá— Steve le echó una rápida mirada de agradecimiento al hombre frente a él, no recordaba haberlo visto antes; pero si era honesto, no tenía cabeza para nada cuando su superior ordenó refuerzos. Alto, moreno y con una media sonrisa amable le extendió una mano —. Sam Wilson, capitán Rogers.

— Llámame Steve. ¿Cuánto tiempo llevan aquí?

— No más de veinte minutos, debo suponer— James dijo—. Debemos salir de aquí cuanto antes.

— Está casi listo. Ya puedes ponerte en pie.

Ambos le tendieron una mano a Sam en agradecimiento y sin pensarlo corrieron cuando un disparo resonó cerca de ellos. Desde ese instante, ninguno se separó; cuidando las espaldas del otro e intentando salir ilesos de la contienda. Derramando la sangre ajena para salvar sus propias vidas.

Los vítores no se hicieron esperar luego de que se ganase la guerra, volvieron al campo de entrenamiento siendo felicitados entre aplausos; más no con quien debería liderarlos. Los comandos del capitán Rogers habían vuelto solos y en ese momento, Margaret Carter hizo a un lado las diferencias que los habían llevado a una discusión meses atrás, corriendo hacia el grupo en busca de respuestas. Respuestas que les tomaron diez meses más encontrar.

El capitán había sido tomado prisionero junto a sus dos compañeros de guerra; Sam y James. Habían sobrevivido muy a duras penas y él todavía tenía una cicatriz en el hombro como prueba de tortura. Cuando el resto de los comandos fueron a por ellos, ver otra vez la luz del sol a la mañana había sido abrumador, algo casi desconocido, un recuerdo lejano que se había esfumado casi por completo de su memoria.

Cuando regresaron, listos para partir, los recibieron eufóricos y asombrados por su hazaña. Nadie lograría mantenerse a salvo; pero ellos no tenían una sola idea de lo que los tres habían pasado. Pensar en eso le provocó jaqueca y un pitido incesante en su cabeza. Prefirió guardar silencio por aquellos que no estaban, durante un largo rato mientras la lluvia caía sobre sus cabezas y enjuagaba la suciedad de sus rostros.

Ahora solo quedaba volver a casa, sin embargo, sentir que sería lo mismo luego de aquel infierno sería algo que le costaría más noches en vela. Steve no era la clase de persona poco emocional; contrario de eso, solía siempre recordar con ilusión las cosas buenas, como a ella... Ansiaba su hogar cálido; más no su cama mullida, ya su cuerpo se había acostumbrado a la dureza del suelo y a las rocas que apenas y notaba incómodas luego de largos meses.

Tenía el presentimiento de que sería como hallarse a sí mismo en una realidad distinta completamente, donde lo único que se sentiría igual sería su querida amiga. Esperaba que no fuera ella quien lo percibiera como un extraño, lo último que necesitaba sería perderla después de ausentarse más tiempo del que pensó. De pronto, su presente lo golpeó con fuerza y recordó que no estaba completamente solo. Aún si no cambiara nada el que estuviese cerca ahora mismo, seguía sintiéndose igual de vacío cuando su novia le echó los brazos al cuello y se refugió en su pecho. Peggy. Había olvidado por completo que ella aún estaba aguardando por él en el campamento.

Sus manos se movieron por acto reflejo y acarició su espalda con delicadeza como si eso fuera lo correcto, dejando que la desesperación en ella fuera reemplazada por la calma al momento en que su respiración agitada se regulaba y las lágrimas dejaban de correr por sus mejillas.

—No sabes cuánto rogué porque volvieras. Estás vivo.— susurró en su oído de manera esperanzadora. Dentro de sí, era todo lo contrario. Sus pensamientos parecían lejanos al igual que su mirada fría y perdida, su corazón latía muy despacio casi cesando su ritmo en algún momento en el que aún se encontraba aturdido, su cuerpo estaba rígido como la piedra. Lejos de pensar que estaba vivo, se sentía como un muerto en vida. Lejos de contestar con una afirmación animosa a lo que dijo; respondió escueto, casi mordaz y en susurro; haciéndola temblar por el peso de sus palabras:

—Estoy a salvo. — Y aún con eso, preso de su memoria. 

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