Capítulo Siete:

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Capítulo Siete:

Nos quedamos en la misma posición un largo rato, él acariciándome el cabello, y yo sollozando en su pecho, una vez que me tranquilicé, me ofreció dormir conmigo en su habitación.

Y sí, acepté, tenía miedo, no podía encontrar una razón para explicar la maldita imitación de la voz de Ashley en mi mente.

Entramos a la inmensa casa, súper decorada por dentro, pero no fue en la decoración en lo que me fijé, no podía pensar en nada, mi mente estaba en negro, no entendía que era lo que me estaba sucediendo.

Subimos unas largas escaleras con dirección a las habitaciones supongo, y lo único que se escuchaba eran mis casi inaudibles sollozos perdidos en el silencio que nos rodeaba. Al llegar arriba, caminamos hasta la puerta del fondo, que se encontraba abierta, dejándome ver una bella habitación demasiado ordenada como para ser de un joven. Una vez dentro, se acostó en su cama, me indicó que hiciera lo mismo, y acepté, una vez más, *Qué es lo que haces*, me retó mi conciencia, pero no le presté atención, y dejé que me cubriera con las sábanas.

Cada vez que cerraba mis ojos, mi mente reproducía las escenas vividas hace minutos, y mi cuerpo comenzó a temblar, -¿Qué sucede ahora?- preguntó con la voz adormilada, -No puedo dormir, tengo miedo-, admití, el chico lanzó un suspiro y me abrazó por la cintura, -No te pasará nada conmigo aquí, tranquilízate- dijo cerrando los ojos una vez más, asentí e intenté dormirme.

A la mañana siguiente unos rayos de luz que se colaron por el gran ventanal me despertaron, bostecé y me di cuenta de que Dylan se encontraba observándome, -Levántate, te vuelves a tu casa- dijo parándose del asiento en el cual se encontraba, asentí, -¿Puedo pasar al baño?- le pregunté, asintió y me señaló la puerta que correspondía a este. Al entrar me observé en el espejo, mis ojeras se notaban más que nunca, y mis ojos parecían inyectados en sangre, mi pelo simulaba un nido, y en general, parecía un muerto viviente. Hice mis necesidades y salí, Dylan me esperaba otra vez en la puerta, al verme salir comenzó a encaminarse a las escaleras, supuse que debía seguirlo y eso hice. Estaba en lo cierto, ya que al llegar abajo, caminamos como por tres diferentes pasillos hasta dar a la cochera, oh no, anoche había actuado como una completa fácil, sí, había dormido en la cama de un completo extraño que me había secuestrado, pero dormir, en el buen sentido.

-No iré contigo- le avisé firme, -Linda, psicópata, y metiche Dina, harás lo que yo te diga, asique súbete al auto, ¿acaso quieres volver al ático?- preguntó con su sonrisa arrogante en el rostro, maldición, me había dejado en ridículo, tragué sonoramente y me subí al mismo auto blanco de la noche anterior.

-Cuéntame qué viste o escuchaste- me pidió, o mejor dicho, me ordenó, -Era una voz, una imitación de mi hermana- le comenté, íbamos camino a la ciudad una vez más, -¿Tienes problemas o algo?- preguntó con aire de superioridad, anoche había sido tan tierno en mi momento de “locura” y ahora me trata de psicópata, pero lo más frustrante de todo esto, es que no sabía contestar esa pregunta, no sabía qué me pasaba, no sabía por qué tenía esa clase de alucinaciones, no entendía, -No- dije seca después de unos segundos, el muchacho rió y siguió conduciendo, -¿A dónde vives?- me preguntó, -Déjame en el centro, iré caminando-, no quería que sepa dónde vivo, no quería que vuelva a raptarme, -Te dije que me dijeras dónde vives- dijo entre dientes, -A las afueras de la ciudad, pasando la cafetería retro, frente a la estación de servicio- le expliqué, ¿por qué podía controlarme así?, *Fácil Dina, puede matarte*, me contestó mi conciencia, él asintió, -¿Por qué anoche me raptaste, me encerraste, y luego me permitiste dormir en tu habitación?- le pregunté, el tipo me miró y sonrió pero nunca contestó.

El resto del camino hacia mi improvisada vivienda fue en completo silencio, nadie habló, pero mi cabeza era un gran lío, tenía tantas preguntas, tenía tanto miedo.

Mi auto-casa se encontraba a la vista desde donde estábamos, -Vivo allí- le señalé, y el tipo me miró encarnando una ceja, -Es mi casa- repetí, -¿Por qué vives ahí?- preguntó sumamente confundido, -No tengo dinero para pagar un apartamento- dije una vez que estacionó, él asintió aún confundido, -Quería asustarte, no pensé que fueras una loca- dijo de la nada, -¿Qué?- le pregunté, -Quería asustarte, pretendía tener un poco de diversión, por eso te secuestré, y luego me diste pena, te debo una disculpa- dijo serio, suspiré frustrada, -Eres un maldito imbécil, eso no es gracioso, ni sano para las personas- dije completamente enfadada, abrí la puerta del auto y me bajé rápidamente, cerré la puerta con un gran golpe, pero al intentar abrir mi auto, me di cuenta que no tenía mis pertenencias, entonces me volví a su auto, en el que se encontraba él, obviamente, sujetando mi mochila y mirándome divertido, bajó la ventanilla y me la pasó, -Gracias- dije entre dientes, y volví a dar la vuelta, saqué las llaves y entré, pero su auto no se marchaba, entonces abrí la pequeña ventana del techo y saqué mi cabeza por ella, -Ya, márchate- le dije enojada, el me sonrió una vez más e hizo rugir el motor, le mostré el dedo medio, y luego de lanzar una carcajada, se marchó. Al fin.

Mi estómago rugía, entonces decidí cruzarme a la estación en busca de un sándwich y algo de beber.

Entré al pequeño mercadito y elegí una botella de jugo, me dirigí a las heladeras y tomé un sándwich. Una vez que tuve todo en manos, me encaminé a la caja. Una mujer de unos sesenta años me cobró y ya con todo pagado, salí afuera.

Los campos de siembras llamaron mucho mi atención, tal vez no fue eso, sino el gran árbol que se lograba visualizar a lo lejos, no lo dudé ni dos segundos y me encaminé hacia allá. Llevaba mi mochila a cuestas, como siempre, cargada de un par de libros.

El lugar al que quería llegar estaba algo lejos, por eso me apresuré en caminar entre el trigo sembrado. Logré dar con un sendero entre todo el sembradío, decidí encender mi teléfono celular, solo para escuchar algo de música.

El sol estaba radiante, una sonrisa se me escapó, pero al instante la quité. No podía creer que el tal Dylan me haya “secuestrado” para divertirse un rato.

Me sentía una inútil, ya no podía deducir si lo que veía o escuchaba eran alucinaciones o en serio eso me ocurría, el miedo se apoderaba de mi cada vez más, y las ganas de morir, que había perdido al creer que estaba al borde de la muerte, regresaron.

Ya me faltaba menos para llegar, y el árbol, que ya se veía grande desde lo lejos, era increíblemente gigante, sin dudarlo corrí los últimos metros que me faltaban para llegar, y al encontrarme de frente con el árbol, pude notar lo inmensamente grande y fuerte que se veía su tronco. Algunos rayos de luz se colaban entre las largas ramas que caían y algunas llegaban hasta el suelo, el viento, las movía provocando sonidos tan relajantes, que me hicieron sentir en el cielo.

Tomé mi celular y lo desbloqueé, después de mucho tiempo, volví a ver una foto de mi familia completa, en el cumpleaños de mi padre, el año anterior. Nos habíamos reunido en casa, pero él no lo sabía, mamá, Ash y yo habíamos organizado todo. Al entrar a la casa, y al vernos a todos a mi padre se le iluminaron sus hermosos ojos aguamarina, y su sonrisa adornada con pecas en sus mejillas, era más grande que la casa entera.

A veces me costaba verme en el espejo, me dolía hacerlo, veía a la versión femenina de mi padre. Todos siempre nos decían que éramos idénticos. Papá siempre fue un hombre muy buen mozo, y yo, heredé la mayoría de sus rasgos, su cabello pelirrojo, sus labios finitos, sus gigantescas pestañas, sus pequitas, entre otras cualidades, salvo los ojos, que esos, había tenido la suerte de heredarlos Ashley, que era el calco de mamá, rubia, labios carnosos, nariz pequeñita, pero los ojos verdes que le pertenecían, los había heredado yo.

Una lágrima se me escapó, pero rápidamente la saqué. Debía ser fuerte.

Los mensajes comenzaron a llegar, pensé que aquí no habría señal, pero veo claramente que me equivoqué. Tenía miles y miles de mensajes, de Daphne, de Amelia, de las chicas, hasta Dren había enviado unos cuantos mensajes. No quise leerlos, no quería volver a deprimirme.

Toda la mañana me la pasé allí, y parte de la siesta también. Leí un poco el libro que Alice me había regalado cuando cumplí quince, también escuché algo de música. Y decidí que era hora de regresar, debía conseguir un trabajo. Rápido.  

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